Y tú ¿de quién eres?

El miércoles me enteré por la prensa de que había quedado finalista en el XXI Premio de Novela Fernando Lara, certamen al que envié mi novela El estúpido caso del Lycée Charlemagne diez minutos antes de que acabara el plazo, como quien dice. Yo me reí cuando mi marido me lo propuso, y, aun sabiendo que no llegaría muy lejos, encuaderné mis copias y allá que fueron. Al fin y al cabo, ya había quedado en posición parecida en el I Certamen de Novela «Ciudad Galdós» unos años antes. Tan mala no podía ser.

No hablaré del espacio en el que se celebró la gala de entrega de premios, espectacular por cuanto ocupaba varias salas del Palacio Gótico del Alcázar de Sevilla, mundialmente conocido por Juego de tronos más que por haber sido residencia de Alfonso X el Sabio o Pedro I de Castilla. Al llegar me entregaron un sobre con el sitio en el que me sentaría en la cena, y ya el esquema lo decía todo, pues mi mesa estaba marcada en el filo mismo de la cartulina, como diciendo «escóndete bajo los arrayanes, si los hubiere, que no te queremos ni ver». Coincidí en la entrada con varios políticos. Los periodistas casi me apartaron a empujones para sacarlos a ellos en la instantánea mientras yo, pobre y mísera y desconocidísima finalista, supuestamente co-protagonista de esa fiesta literaria, trastabillaba sobre el empedrado del Patio del Crucero, donde sirvieron los canapés y anunciaron enseguida (todo parecía correr mucha prisa) que debíamos pasar a los salones contiguos.

A mi mesa fronteriza con el espacio donde seguramente habite el olvido se sentaban otros cuatro sufridores, encantadores y nerviosos a pesar de conocer con qué bueyes arábamos, y aún no habíamos degustado la Crepineta de Salmón Marinado Rellena de Crema de Puerros y Langostinos (así con mayúscula, saltándose todas las normas académicas) cuando se produjo la primera escabechina, en la que, imagino por mi nombre femenino, que empleaban no sé por qué de pseudónimo de mí misma, quedé aún en el escenario.

No podría decir en qué orden se desencadenaron los acontecimientos, si en ese momento nos requirieron la quiniela rellena con el que creíamos iba a ser el resultado final (para mayor burla), o nos retiraron ya el segundo plato sin casi hincarle el diente, o fue comiendo aquel postre de helado encerrado en una bola de chocolate dorado que solo podría elaborar con éxito en Máster Chef el más avezado sucedáneo de Harry Potter, o después de conceder los premios de biografía Antonio Domínguez Ortiz y el de estudios humanísticos Manuel Alvar; pero allí fuimos cayendo uno por uno hasta quedar la novela de uno de nuestros vecinos de mesa, Miguel Izu, más la que resultó ganadora, que esa sí se ocultaba bajo el sencillo pseudónimo (tanto Elena Marqués Núñez, tanto Elena Marqués Núñez. ¿A quién se le ocurre?) Jorge Maura.

Pero no es eso lo que quería contar, pues ahí no cabía la sorpresa, sino que, después de las emocionadas palabras de agradecimiento de la ganadora (no he entrecomillado el adjetivo, pero los que me leáis, tontos no sois), nos despidieron y levantaron los manteles, como diría don Miguel, y en todo ese tiempo nadie, ni de la Fundación Lara, convocante del concurso que nos reunía, ni del jurado se acercó a felicitarnos o a saber quiénes éramos. Con un «Y tú ¿de quién eres?» a lo No me pises, que llevo chanclas para conocer qué novela habíamos enviado a participar en la farsa hubiera sido suficiente. No sé cómo el guionista del acto, que demostró tanta pericia en cada escena, olvidó ese pequeño detalle que hubiera dejado al elenco como un grupo de personas con algo semejante a las buenas formas, la cortesía o la educación.

En fin, la base 8.ª del concurso dice que «Editorial Planeta se reserva el derecho de obtener la cesión para la explotación en cualquier modalidad de las obras que, presentadas al Concurso (y dale con poner mayúsculas por todas partes) y no habiendo sido galardonadas con el primer premio, pudieran interesarle, siempre que comunique al autor correspondiente dicha decisión en el plazo máximo de 90 días hábiles a contar desde la fecha en que se haga público el fallo del Premio». No sé si a Miguel Izu, Francisco Javier Rodríguez Pascual, Manuel Barrera Benítez o a Pascual Huedo Dordá les habrán quedado ganas de tratar con quienes no quieren demasiado trato. Yo os animo a conocerlos y leerlos y desde mi ventana les deseo todo lo mejor, pues no dudo que cuatro novelas que han llegado tan lejos merecen ser disfrutadas por quienes de verdad busquen en la literatura algo más que un buen negocio.

Elena Marqués

Y tú ¿de quién eres?

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