Velocidad de los jardines

Casi treinta años después de su publicación, aún seguimos leyendo Velocidad de los jardines; un libro inaugural de lo que el mismo autor denomina «postcuento» o «anticuento» o un lugar donde se superan fórmulas gastadas y se abren ventanas con vistas a. Un experimento exitoso.

Se inicia este compendio con un preludio autobiográfico añadido a esta nueva edición de Páginas de Espuma (la primera, en Anagrama, es de 1992) bautizado como «Zoótropo», en el que, como la máquina estroboscópica de Holner, se suceden imágenes-flashes de unos años, los ochenta, de cambios tecnológicos, culturales, estéticos y existenciales; una etapa fundamental en la vida del autor, de sus lectores y de todo ser pensante donde se nos situarán hitos tan importantes como el paso de la adolescencia a la adultez, los recuerdos de la infancia y sus dulzuras y la nostalgia que dejan[1], las arenas movedizas que se atraviesan cuando uno se plantea qué quiere (o puede) hacer con su vida después de haber transitado siempre «entre elecciones simples».

Y, en el caso de Tizón (así lo cuenta con la perspectiva de hoy y el entusiasmo de ayer), elige fracasar a lo grande y la escritura se erige en salida, o entrada, o al menos grieta por la que colarse adónde con unas imágenes en las que el verbo se hace peso y carne y te toca y te emociona por el acierto y la facilidad y naturalidad con que parecen haber surgido, como una flor tropical en Finlandia, como si tuviera derecho a estar ahí y ya no nos extrañe. Símiles inesperados, metáforas luminosas, metonimias y adjetivos sorprendentes, pero que nacen exactos y frescos en «un híbrido entre prosa y verso, entre narración y sonambulismo», nos asaltan desde las primeras páginas, nos asombran hasta que se nos hacen habituales y empezamos a comprender que, más que contarnos algo, estos cuentos pretenden envolvernos en una rara atmósfera y dejarnos sensaciones en absoluto pálidas.

Porque también en este prólogo nos ilumina el autor hablándonos de su poética; nos adelanta rasgos de su estilo («las enumeraciones caóticas son tu manera de inventariar lo existente»); su rendición a las asociaciones de ideas, al concepto de correspondencia baudelariana, al simbolismo efervescente como origen de sus imágenes a menudo surrealistas (frases como «olía a medicamentos maltrechos, a bombillas fusiladas» me recuerdan a la máquina de coser sobre la mesa de operaciones de Lautréamont); la necesidad, o la obligación, de la elipsis; la forma caótica de escribir arrastrado por «esa tos de palabras». La fe y el entusiasmo como motores. Y eso es algo que se nota y se transmite.

Tras ese proemio zootrópico se inicia el «verdadero» (aunque esta edición también lo es) Velocidad de los jardines, con una «Carta a Nabokov» que nos será de más provecho si conocemos su referente (Ada o el ardor, ese libro), aunque no dejaremos de disfrutar de sus reflexiones sobre la memoria y la muerte (o la no-muerte), su profundo lirismo, su rara ensoñación como preámbulo pseudoliterario al resto de cuentos que nos embarcan en viajes algo alucinados e interminables en trenes veloces con departamentos y planes de un futuro que no existe o coches que conducen al pasado y rápidos paisajes al otro lado del cristal. En ese vaivén de un viaje perpetuo (¿no es eso la vida?), en esa provisionalidad, en esos traslados al terreno resbaladizo de la memoria, habla de amores vírgenes y fiestas en el gimnasio del instituto y descubrimientos («La vida intermitente»), de personajes que nos provocan ternura por su vulnerabilidad y desconcierto, por su «aire de precariedad», con una voz personal que no deja jamás indiferente, que se rinde al fragmento porque, al fin y al cabo, rotos e inconexos (aunque siempre hay un hilo) nos llegan los recuerdos. Que lucha con el lenguaje, esa cortina de baño entre vapores, y que acaba venciéndolo, sometiéndolo a una aparente libertad poética, a un juego sinestésico, a una prosopopeya de todo lo inanimado, que cobra vida propia, a una simpatía de cuerdas y/o de contrarios donde impera el oxímoron. Nada que ver con la definición que aparece en «Villa Borghese»: «Un jardín es un bosque razonado». No, aquí no parece domesticado nada, y mucho menos los parterres.

Desde luego, el ritmo de estos cuentos es una mezcla de bosque y jardín. Como un esqueje de jazz en una sinfonía. Son cuentos para leer en voz alta, como un poema (es que hay mucha poesía aquí); para escanciar con sus innumerables pausas. Y son, también, cuentos para ver, para palpar, perfectamente sensoriales, en los que prácticamente no existe argumento y, si existe, es una pura excusa, ni siquiera una concesión a los lectores. Lo que importa, como ya he dicho, es la atmósfera que crea, entre onírica y fantástica; la sensación que nos deja, tan difícil de describir que solo podríamos echar mano de su propio lenguaje y ni siquiera, porque, citando el último cuento, precisamente «Velocidad de los jardines», «se trataba de una luz incomprensible. Siendo así que la adolescencia consiste en ese aire que no es posible explicarse».

Yo tampoco sé muy bien explicarlo. Casi mejor que lo lean.

Elena Marqués

Eloy Tizón (Madrid, 1964) es autor de tres libros de relatos: Técnicas de iluminación (2013), Parpadeos (2006) y Velocidad de los jardines (1992, 2017); y de tres novelas: La voz cantante (2004), Labia (2001) y Seda salvaje (1995), además del libro de ensayos literarios Herido leve. Treinta años de memoria lectora (2019). Ha sido incluido entre los mejores narradores europeos en la antología Best European Fiction 2013, prologada por John Banville. Sus obras han sido traducidas a diferentes idiomas y forman parte de numerosas antologías.

 



[1] Dejo al respecto una cita de «Austin»: «—Por Cristo, que alguien me diga adónde van a parar los altos días claros, mi infancia ligera, mi juventud despreocupada. Era tan fácil ser pequeño y traer notas. El pequeño Austin con su pequeño lápiz rojo. ¿Es que existe en algún sitio una especie de depósito de residuos donde alguien almacena alegremente nuestros momentos dichosos?».

 

Velocidad de los jardines

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