Variaciones y reincidencias (1978-2018)

Bajo el título Variaciones y reincidencias (1978-2018) se reúne prácticamente la obra completa del poeta paraeño Javier Salvago; una labor de cuarenta años en la que, a pesar del paso del tiempo, lo encontramos y reconocemos siempre.

Porque, para Salvago, la escritura corre en paralelo con la vida (léase «Correcciones»), por lo que en estos versos encontramos mucho de su biografía. Él utiliza el verso para explicar y explicarse (la máxima de Spinoza «conócete a ti mismo» resuena en alguno de sus epigramas); para, como Machado, «conversar con el hombre / que dentro de ti habita», especialmente en Volverlo a intentar (1989), donde confiesa su intención de «escribir, sobre mi propia vida, / mi versión de la vida retirada» «buscando siempre la precisa». Con ese «precisa» se refiere, por supuesto, a la palabra exacta, a la clara rosa juanramoniana.

Enamorado de la métrica tradicional y del verso directo exento de retórica, de imaginería escasa y sencilla, Salvago se decanta por la narrativa de lo cotidiano, presente en amplias y acertadísimas enumeraciones e incluso en títulos que remiten al género novelístico («Prólogo», «Epílogo»), como el mejor modo de acercarnos a los temas universales: el amor y el desamor, el desengaño de la vida malgastada (Una mala vida la tiene cualquiera, confirma en sus poemas recogidos en 2004), el paso del tiempo y el camino hacia la muerte, pues lo nuestro no es sino «pasar. / Y todos pasaremos. / Y todo pasará». De hecho, es el tiempo el que retrata al poeta en distintos momentos de su existencia, como se comprueba en los títulos En la perfecta edad (1982), Los mejores años (1991) o La vejez del poeta (Últimos poemas), y es el tiempo el que plasma la sociedad en la que crece («papá y sus recuerdos de la guerra, / mamá y sus peroles, sus misas, / sus rosarios, sus zurcidos») y en la que vive; una sociedad urbana y deshumanizada, rutinaria, ajena («Como todos, un día descubrí que este mundo / lo estaban decorando sin contar con mi gusto»), que conduce inevitablemente a esa soledad que existe más allá de los poemas y los tangos (léase al respecto «No es nada, pero duele») y que desemboca en el olvido y en la nada.

De ahí que un estilo desenfadado, a la vez que desencantado, si como tal pueden definirse las formas de un escritor, acentuado en el pesimismo de sus últimos poemas, preside todo el libro, construido sobre juegos de palabras («En política y amor / no faltará quien se venda, / siempre, al mejor impostor»); figuras anafóricas y paralelismos como manifestación de esa vida que se repite incansable; términos coloquiales que reproducen la forma de hablar de unos años y una juventud concretos, pues «cada edad es un mundo. Cada tiempo / juzga de otra manera la existencia / y exige otra actitud y otras palabras»; refranes populares, parodias-variaciones de textos anteriores (intercala con cierta frecuencia versos ajenos señalados tipográficamente)...

Sin embargo, bajo esa apariencia en ocasiones prosaica vibra un lirismo verdadero teñido de nostalgia, una mirada que a veces idealiza el pasado, con sus juegos, su ternura y sus posibilidades intactas, con sus sueños y sus castillos en el aire y la latencia de la aventura en el paraíso de la infancia, en la Arcadia de su casa en el pueblo, a la que regresa en algunos poemas de Ulises (1996), mientras en otras ocasiones, renegando de la máxima manriqueña de «cualquiera tiempo pasado / fue mejor», se aposenta en el conformismo de la edad, en la paz de la madurez, en cierta misantropía. En la aceptación de la trampa de que, al fin y al cabo, en una de sus frecuentes apropiaciones-variaciones, «la vida es sueño» y «en el teatro del mundo / todos somos personajes / de un solo actor: el ser único».

Tampoco faltan concreciones de su poética, o, lo que es lo mismo, una manifestación de su relación amor/odio (dicho con todas las reservas) con la escritura. «La culpa es de este oficio», confiesa, que es un vicio que va perdiendo la emoción de los primeros besos/versos y que debe desembocar, como anuncia la cita de Juan Ramón en Nada importa nada (2011), en el no-escribir.

Pero, aparte, de la influencia del de Moguer, son muchos los ecos que suenan en estas Variaciones y reincidencias: Dante («En medio del camino de la vida», recuerda «Al cumplir los treinta»); Shakespeare, presente en el poema «Septiembre»; Garcilaso, en su «Glosa» del verso «Echado está por tierra el fundamento»; el mismo Cervantes con su cierre de estrambote («nos fuimos alejando, y no hubo nada»); los escritores místicos («La casa está serena»; «La soledad sonora»); Bécquer, pues él «jamás podrá escribir aquel himno / gigante»; Vicente Aleixandre, en el título parodiado La destrucción o el humor, una de sus armas, junto a la ironía, para sobreponerse a la sordidez de la realidad («Solo el humor me salva», concluye en «Achaques de solitario»), Jorge Guillén, cuyo mundo sí está bien hecho… Asimismo se evoca el eterno debate cernudiano entre la realidad y el deseo; o al Lorca más nostálgico, el Antonio Machado eterno («Hoy como ayer» se titula uno de sus poemas primeros; «Soledades», un conjunto de ellos), el Manuel Machado presente en variaciones (el subrayado es mío) y homenajes; el Miguel Hernández que va de su corazón a sus asuntos como los amigos del poeta «van de sus asuntos al casino»… Y, por supuesto, Jaime Gil de Biedma, quizás una de sus influencias más obvias como representante de la poesía de la experiencia. O Borges (¿o no suena al argentino en este «No hay Creación. Lo creado / y el Creador es lo mismo: / nuestro pintor es su cuadro»?), junto a referencias musicales que van desde The Beatles hasta el tango (tras el verso «de este final de siglo, febril y cambalache» se escucha a Enrique Santos Discépolo), cinematográficas y televisivas («De aquí a la eternidad» o «Aquellos maravillosos años» son nombres de dos de sus poemas).

Y aunque, como he comentado, su ritmo se desenvuelve mayormente en metros tradicionales, con apoyatura en la rima, tanto asonante como consonante, y estrofas clásicas (coplas, canciones, soleares, seguidillas, romances, sextinas provenzales, donde adopta su tono más grave, e incluso la lira, para recrear un «Nocturno» al estilo de la poesía religiosa áurea, o una copla manriqueña titulada, como no puede ser de otra manera, «Ars moriendi», o algún soneto heterodoxo), actualizadas por encabalgamientos y alguna que otra licencia, lo que puede llegar a sorprendernos en un siglo que tiende al versolibrismo, practica Salvago en igual medida el haiku y el tanka por su funcionalidad y su estructura breve, condensada y casi aforística, y renovado o personalizado, en algún caso, con hispánico estrambote o con rimas por soleares.

Quizás, a pesar de lo genérico y/o vago que me pareció el título al principio, ahora lo veo como el que mejor resume el contenido del libro, todo él construido sobre unas constantes temáticas y formales («Las vueltas sobre lo mismo, / las eternas variaciones, las vanas complicaciones / buscando el tiempo perdido», con alusión proustiana incluida), glosas, en algunos casos, de versos ajenos asimilados en su vivencia para trasladarnos una visión personalísima del mundo y sus trampas, de los sueños y su tantálico artificio. Y, por supuesto, para presentarnos al hombre Javier Salvago, quizás un buen retrato de todos los que en él, con sus desengaños tras el camino recorrido, con su sentimiento de haber sido estafado por la vida, nos reconocemos.

Elena Marqués

Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950), guionista de radio y televisión, columnista, escritor y, sobre todo, poeta, ha publicado ocho libros de poemas que han merecido premios como el Luis Cernuda, el Rey Juan Carlos I y el Premio Nacional de la Crítica. Su poesía casi completa está recogida en Variaciones y reincidencias (Renacimiento, 2019). Como prosista se estrenó con Memorias de un antihéroe (Renacimiento, 2007), libro al que ha seguido El purgatorio (Renacimiento, 2014).

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