Un fin de semana perfecto (porque yo soy más chula que Benicio del Toro y Tim Robbins juntos)

El cambio de hora favorece que al paso por Villanueva de Gállego el sol tiña de manchas rojas y melancólicas el cielo y el viaje en tren avance entre la bruma del ocaso. Parece mentira que hayan transcurrido apenas sesenta horas desde que salimos de Sevilla y en ese tiempo haya tenido ocasión de conocer a Vicente Marco y su «desorden de los números cardinales»; la magnífica organización de un certamen que alcanza su decimoséptima edición sin titubeos y con mucha calidad; monasterios y cartujas que urge rescatar para que no afinquen en ellos ni la humedad ni los fantasmas; la historia de Miguel Servet, natural de Villanueva de Sigena, quemado en la hoguera por sus desavenencias con Calvino y su empeño en defender su verdad.

Es difícil saber por dónde empezar, pues nada ha fallado salvo Renfe. Teníamos reservada habitación en una casa rural  donde nos han cuidado y nos hemos sentido como en casa. El acto de la entrega de premios en el restaurante Monegros fue de lo más amistoso y tuvimos oportunidad de conocer a la escritora de Lanaja Cristina Grande, que presentó su libro Flores de calabaza. Junto a ese me traje en la maleta otros muchos que el editor Óscar Sipán nos regaló. Libros de Tropo Editores, cuidados, mimados como él, con su eterna sonrisa, solo es capaz de hacer.

Cuando nos tocó el turno a los ganadores, yo ya sabía que recibiría el segundo premio porque Vicente Marco es demasiado grande para competir con él. Grande en todos los sentidos. (Bueno, no en todos, que igual yo soy un poco más alta...) Después de la entrega de diplomas, entrevistas y fotos, nos tomamos una copa en el Dublín, ya ambientado para las próximas fiestas de Hallowen, de las que prefiero no opinar, que para algunas cosas una es muy españolita.

No diré lo que dormimos esa noche para no escandalizar a nadie, pero sí que despertar, como quien dice, en el Torzal de la Coveta nos sumergió en un paisaje distinto que seguro da para más de un relato, así como la visita que hicimos a la casa natal de Miguel Servet y al monasterio de Sigena, poblado por las monjas de una orden que desconocíamos pero que nos dio para bromear, tanto por su extraña vestimenta como por su «receptividad».

Yo, además, tuve la suerte de gozar de la compañía de mi amiga escritora Cristina Cifuentes (no esa que todos estaréis pensando, por Dios, que una es muy decente y ya tiene bastantes políticos que encontrarse por los patios), que se unió a nuestro periplo del sábado y a la que despedimos junto a la laguna de Sariñena con su cámara fotográfica siempre dispuesta a captar los mejores momentos de la maravillosa geografía de Aragón. Nosotros, mientras tanto, subimos con nuestro magnífico anfitrión (gracias, Isaías) a La Gabarda para disfrutar del atardecer en su circo rocoso. Una imagen más que me llevo para mi colección de recuerdos felices.

El domingo visitamos la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes. La impresión es difícil de describir. Los frescos de fray Manuel Bayeu nos dejaron boquiabiertos, y la posibilidad de que se pierdan en unos años si no se procede a una restauración a conciencia debería quitar el sueño a más de uno, especialmente a las administraciones. Una joya del XVIII en el páramo blanquecino de Los Monegros con una historia intensa donde no faltan las referencias a Goya y su conversión por dos años en balneario.

Nos quedaba aún la visita más emotiva, que fue al centro de interpretación de la guerra civil en Robres, donde tuvimos la suerte de «pillar» una exposición temporal que, entre otras cosas, recuperaba algunas cartas de despedida de condenados a sus familias. Destacaba en aquella negrura una postal infantil con la que uno de ellos felicitaba a su hija por su cumpleaños. Creo que todos bajamos las escaleras sin mirarnos por el mismo motivo.

Y, después de ese silencio, otro mayor al vigilar el paisaje desde una de las trincheras que conformaron el tristemente célebre frente de Aragón, donde en un solo rato pudimos experimentar lo terrible de la incertidumbre y la soledad.

¿Qué añadir después de esto? Será mejor quedarnos también en silencio mientras terminamos el recorrido hasta Zaragoza y dejamos atrás, como reza la página oficial de Turismo, «El desierto vivo de Europa»; un lugar al que volveremos, seguro, porque, como dije al recoger mi premio, lo que la Literatura ha unido, es difícil que nada lo separe. Ni siquiera la lluvia.

Muchas gracias a todos.

Elena Marqués

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