Trigo limpio

La verdad es que no sé por dónde empezar. Porque la novela ganadora del Premio Biblioteca Breve 2021 es tan ambiciosa, compleja y a la vez hipnótica que todo lo que diga en estas pocas líneas no alcanzará a explicar ni levemente lo que he experimentado en el camino.

Simplificando mucho, Trigo limpio, del hasta ahora casi desconocido Juan Manuel Gil (tan desconocido para mí que yo, cada vez que lo nombraba, le cambiaba el apellido por otro también monosilábico: desde aquí le pido perdón), narra a retazos, fragmentariamente, la historia de unos preadolescentes almerienses de los años noventa, esto es, sus aventuras, sus días de verano, sus temores, sus gamberradas, la relación con sus padres, sus sueños sin límites («Habíamos visto tantas películas en el vídeo comunitario del barrio, que nuestros deseos se antojaban infinitos»), sus valores (fundamental: la lealtad)… Todo ello desde la perspectiva de un narrador-escritor que, animado (¿?), no sé cuántos años después, por uno de los miembros del grupo, decide recuperar lo irrecuperable. Y puesto que ese cronista sin nombre (tampoco lo tienen los otros dos componentes de la pandilla; solo Simón cuenta con él, e incluso con más de uno) comparte con el autor de la novela patria y publicaciones (se menciona el anterior libro de Gil, El hombre bajo el agua); explica el proceso de investigación y elaboración del libro que se está escribiendo; alude a consejos y recomendaciones de su editora, a errores propios del creador («lo habitual es precipitarnos hacia un pequeño caos cuya principal consecuencia es el extravío»); y realiza continuas referencias-homenaje a obras literarias anteriores (el Lazarillo, La familia de Pascual Duarte, La Regenta...), sería factible hablar de un ejercicio de autoficción con altas dosis de juego metaliterario que en principio podría espantar a algunos lectores. A unos porque el asunto les interesa poco; a otros porque, aun interesándoles, ya han leído, o han creído leer, mucho parecido.

Pero ya digo yo que no, que en absoluto. Que la forma de narrar de este joven andaluz atrapa desde el minuto cero y uno no puede dejar de preguntarse cuál es el truco para que ese en principio inextricable puzle, donde se intercalan tiempos distintos e historias y voces ajenas que otros se hacen propias, parezca fácil y nos haga saltar de pieza en pieza (¿de pasadizo en pasadizo?) sostenidos por un lenguaje fresco, metafórico, en ocasiones lírico (preciosa la sinestesia «la negra razón de sus ojeras», o el símil «La vida es tan imprecisable como una manguera a presión que se te escurre de las manos»), con una adjetivación acertada y acerada (se escucha el «apostólico silencio» tanto como ese otro silencio «que a nosotros nos parecía exótico»), caracterizaciones que dan cuenta de una excelente capacidad de observación (me hago bien a la idea de «ese amigo silencioso que todo lo miraba con ojos de asesino tímido»), y un tono medio irónico, medio nostálgico (pero la nostalgia, «esa peligrosa jalea real que lo suele pringar todo», siempre es medida), en el que el lector ha de poner de su parte y ejercer una fascinante tarea detectivesca.

De hecho, la obra tiene sus puntos oscuros que hay que resolver, entrevistas a personajes secundarios (pero ¿quién dice la verdad?) para salir del laberinto, llamadas inesperadas, mensajes contradictorios, citas que no se cumplen, pistas que no conducen a nada, infinitos hilos de los que tirar, y una hermosa teoría de pasadizos que también se refleja en la propia estructura de la novela y se explica definitivamente (aunque se apunta antes) en la «Nota del autor» con la que concluye el libro.

La novela dibuja, además, con natural destreza los lugares de la infancia, que nos son comunes, al menos a quienes nos acercamos por generación (de Gil me separa una década, pero posiblemente a él lo separen siglos del niño de hoy), y nos pasea por plazas verdes, playas de cantos redondos, descampados, edificios en ruinas, campamentos de verano, patios de colegio, devolviéndonos así los ojos con que, curiosos y desconfiados al mismo tiempo, los recorrimos alguna vez.

Desde luego, la obra lo contiene todo. O todo lo que a mí me gusta. Reflexiona sobre las trampas de la memoria, la construcción de la realidad de la misma forma que se construyen los recuerdos (los «recuerdos desenjaulados»), la distancia entre lo que fuimos y lo que somos y lo que dejamos de ser, la formación de la identidad, la imposibilidad de volver, la importancia del punto de vista y la perspectiva, la magia de la literatura, la (in)existencia de la verdad, la apropiación de vidas ajenas, el deseo de contar, los límites a veces imperceptibles entre realidad y ficción, con «esa mecánica que se impone en el mundo onírico»... En fin, que quien se haya leído mi novela El juego de la invención ya habrá comprobado mis gustos por esos asuntos de nada en los que a algunos nos va la vida.

Porque, en el fondo, de lo que trata esta obra es de esas fuerzas, esas historias, esos personajes que nos sacan a flote y nos animan a seguir respirando. De la creación y del poder de la palabra (también en otros usos más peligrosos y manipuladores) no solo para transformarnos y hacernos felices, sino para contener un mundo, para contenerlo todo.

Y es que, como a este narrador tan peculiar capaz de reproducir diálogos de lo más real (la historia de Huáscar se desarrolla siempre así, pero hay otros muchos), «el tipo de novela que más me gusta nunca es trigo limpio. [...] Creo que para que una historia arraigue en el pecho de cualquier lector, es conveniente no trillar, no aventar el grano hasta el punto de dejarlo solo, inmaculado, lucido. Las pequeñas piedras, la tierra, el polvo, las espigas y otras semillas han de estar ahí, junto al trigo. Porque si no, cómo va a brotar el desconcierto, dónde se va a guarecer el misterio, de qué manera se va a enturbiar la verdadera emoción». Desde luego está claro que lo híbrido, lo impuro, lo contradictorio, también si nos referimos a personajes, y sobre todo si nos referimos a ellos, es mucho más atrayente y fértil que un ordenado jardín en primavera. Que la poesía se alimenta de dolor, y la novela muchas veces de drama. Aunque el ingenio de Juan Manuel Gil pueda hacer que una escena realmente dramática (estoy pensando en la aventura de los Fascinados) se torne cómica y nos dibuje una buena sonrisa.

En fin, que, para terminar, puede que yo interprete a mi manera, y de nuevo de una manera muy simple, la teoría de los pasadizos que se expone en esta novela; pero que el libro nos conduce siempre a lugares inesperados o nos guía hasta otros textos es cosa tan cierta como que la nieve arde. Yo solo puedo decir que, en mi caso, la lectura de Trigo limpio me empuja a conocer todo lo que ha escrito hasta el momento este escritor almeriense, y posiblemente todo lo que escribirá a partir de ahora. Aquí lo espero.

Elena Marqués

Juan Manuel Gil (Almería, 1979), licenciado en Filología Hispánica, formó parte de la primera promoción de residentes de la Fundación Antonio Gala. Con su primer libro, Guía inútil de un naufragio (2004), obtuvo el Premio Andalucía Joven de Poesía. Desde entonces se ha centrado en la novela y ha publicado, además de esta, Inopia (2008), Las islas vertebradas (2017) y Un hombre bajo el agua (2019). Es autor también de dos volúmenes de difícil clasificación: Mi padre y yo. Un westernHipstamatic 100.

 

 

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