Tres muertos

De las cinco citas que anteceden a la última novela de Manuel Machuca, me quedo con las tres primeras: «La vida de los otros es solo lo que nos quieren contar» (Felipe Benítez Reyes), «Las historias solo existen del todo cuando alguien las escribe» (Javier Cercas) y «Las únicas cosas verdaderamente reales […] son las que uno inventa». Si a eso añadimos la carta inicial del narrador, fechada un 28 de diciembre (desconozco si con intención de sumar algo de desconcierto a la aureola de realidad de lo que contará a continuación), es inevitable que interpretemos este Tres muertos como una rendición de cuentas, un exorcismo a través de la escritura de los males que aquejan una vida. Una vida, por recordada, inventada; por escrita, auténtica; y que solo se explica examinándola desde ángulos distintos y complementarios.

La fórmula elegida en este caso no es otra que el soliloquio de tres personajes pertenecientes a una misma familia, de tres generaciones distintas, que, remontándose al pasado, realizan un recorrido concienzudo y crítico hacia la muerte, presente en cada caso en la figura de un fallecido con el que comparten, en ocasiones, apellidos, pero, sobre todo, recuerdos. Algunos de esos recuerdos, de esas vivencias, nos serán, pues, contadas desde distintos puntos de vista, confirmando así la dificultad de consignar la verdad objetiva de ningún hecho.

En primer lugar, y con la solvencia que caracteriza a Machuca, «La mujer del capitán Esmeralda» se dirige a una oyente, Dolores, que no interviene en ningún momento pero cuya presencia se adivina en las apelaciones continuas de la voz narradora (el mismo sistema adoptará en los capítulos siguientes), para contar los orígenes familiares y, sobre todo, para hacernos saber de las condiciones de la mujer a principios de siglo, pues la crítica social, presente en otras novelas de Machuca, se hace presente con fuerza en esta obra de carácter biográfico ambientada en una España que tristemente nos recuerda en muchos aspectos a la de hoy.

La dureza de su relato, no solo por sufrir la guerra civil sola y con dos niños a cuestas en los miserables corralones de la calle Feria, sino por pasar de la vida regalada de la burguesía de Granada a ser la «esposa» de un policía con el que apenas llega a cohabitar, se nos transmite, sin embargo, con la nitidez de una voz personalísima forjada en la fortaleza y también, aunque suene triste, el sentimiento de culpa como una losa que impide el avance y la libertad, sin olvidar el conformismo propio de una época en la que quedaba aún mucho camino por recorrer en el terreno de la igualdad de sexos. De hecho, el cambio de mentalidad no se produce tampoco en la siguiente generación, como se comprueba en el soliloquio de «La hija del Cabal», pronunciado en este caso, tras el fallecimiento de un antiguo novio, ante un muerto en vida: su esposo enfermo, un hombre que no la merece y que «obliga», en cierta manera, a la mujer a abandonar a sus hijos a un terreno exento de cariño para dedicarse a la heroica tarea de sacarlos a flote; algo que la dignifica aún más a nuestros ojos (sobre todo conociendo, a través del relato de su propia madre, lo mucho que tuvo que luchar para lograr su holgada posición), aunque su propia familia la juzgue de un modo más duro según sus propias vivencias.

El tercer capítulo, titulado «Hijos del agobio», nos llega bajo una voz masculina, que se corresponde con aquella primera que abrió el libro bajo forma epistolar, en la que se atisban muchos datos autobiográficos y quizás el tono más desesperado, pues, a pesar del propósito de perdón que planea en el discurso de cada uno de ellos, en el que insisten tanto el autor como algunos críticos, mi lectura percibe, especialmente en este último (quizás por la simpatía que conceden ciertas concomitancias existenciales), una rabia indiscutible, aunque también el orgullo por la triunfal conquista de algo que las dos voces anteriores no consiguen: hacer con su vida lo que le viene en gana, elaborar su propio proyecto, lejos del peso de los condicionantes, las imposiciones familiares y las opiniones ajenas.

Sería, quizás, injusto terminar este comentario con un sabor amargo. Los protagonistas de Tres muertos son un ejemplo de amor (y de amor propio) y destacan por su capacidad de lucha y de superación. Además, no solo hay reproches y recuerdos negativos en esta novela. De hecho, termina, en uno de sus muchos paratextos, con una canción de Rosendo que invita «A remar», afición que comparten tanto el autor como uno de los protagonistas del libro y que ejemplifica como pocas el ansia de libertad; y unas palabras de Pessoa que resumen a la perfección el trabajo documental y técnico de la novela: «Te apareces ante mí y soy, por fin, feliz porque he regresado, gracias al recuerdo, a la única verdad, que es la literatura». Y, con eso, yo solo puedo estar de acuerdo.

Elena Marqués

Manuel Machuca (Sevilla, 1963) debutó como novelista con Aquel viernes de julio (2013), a la que siguió El guacamayo rojo (2014). Con Tres mil viajes al sur llega a ser finalista del Premio Ateneo de Sevilla en 2015. Ha publicado relatos en las antologías Relatos de farmacéuticos (2006) e Hidra verde (2015) y colaborado como articulista en Cambio 16 y Cuadernos para el diálogo. En 1997 obtuvo el Premio Periodístico de la Fundación Avenzoar.

 

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