Silencio: se escribe

El viernes 12 de enero, en medio de un frío glaciar del que nos costó un buen rato recuperarnos («en ocasiones veo pingüinos», dijo alguien entre los témpanos), se presentó, en el salón de actos de la Facultad de Ciencias de la Educación, un libro colectivo en el que tengo el honor de figurar, en esta ocasión con un relato titulado Renacuajos que empieza tal que así:

«Las historias infelices suceden en cualquier momento. No hay ninguna regla escrita sobre ese asunto. Ni sobre ese asunto ni sobre casi nada que merezca la pena. Los arces. Los veranos en la playa. Las hermanas mellizas. Las buenas digestiones. (A ciertas edades es lo único que importa.) Por ejemplo, lo de Lucía ocurrió en primavera. Las tardes se eternizaban como una mala película. El cielo cambiaba de repente del azul al naranja como si hubiera estallado una bomba sin dejar caer los edificios. (Tampoco hubiera ocurrido nada. La ciudad era fea). A veces se ponía gris y se precipitaba un chaparrón inesperado que hacía brincar a los transeúntes como perritos de feria. Entraban ganas de lanzarles un hueso desde la terraza y ver su reacción».

Y luego un trecho más hasta que al final…

No, no voy a adelantaros la resolución del cuento. Solo que el volumen es producto de un curso de creación, de extensión universitaria, en el que participé el año pasado. Y, aunque aún no he podido leerlo, auguro me espera un rato agradable, pues hasta el mismo profesor, que es bastante exigente, se atrevió a decir que habíamos sido un buen grupo, con cierto nivelito, así que creo que podemos darnos por satisfechos. Ya más adelante, cuando saque un rato, os comentare qué me ha parecido.

Porque la verdad es que prefiero esperar un tiempo y quedarme con las palabras que fuimos pronunciando a medida que se nos invitaba a subir al estrado. La mayoría quisimos compartir qué nos había aportado el curso, qué habíamos aprendido. Y, sobre todo, quién nos había dado vela en este entierro de las letras.

Yo esta vez me decanté por no meterme en berenjenales filosóficos, no hablar de vocaciones ni llamadas, de esa necesidad de inventar historias que supera a la de respirar o alimentarse, porque confieso que escribir cada vez me sirve menos para conocerme a mí misma o indagar en los recovecos del alma humana. Así que resumí diciendo:

«... puedo decir que el único motivo que encuentro para escribir es que lo disfruto, me divierto, se me pasan las horas sin darme cuenta, y me sirve para matar el tiempo y no pensar demasiado en esas preocupaciones que a todos nos acucian a diario. Y no creo que este sea un motivo menos noble que otros. Que con lo que esbozo no trato especialmente de explicarme nada, de expresar cosas novedosas y profundas, trascendentes, porque eso lo hacen muchos bastante mejor que yo. Simplemente pretendo disfrutar, casi tanto como de las nuevas lecturas, y por eso decidí apuntarme al curso: para descubrir nuevos autores, nuevos libros, nuevas técnicas, y tener un reto semanal de escritura con el que pasar mejor las tardes. Unas veces lo habré hecho mejor, otras peor; pero en todos los casos ha sido una buena experiencia».

Eso es tan cierto como que hoy es lunes y que el mes de enero se acaba y que he retomado una novela de la que había perdido por accidente buena parte (como más de la mitad) y no por ello pretendo abandonarla a su suerte. Precisamente Hipólito G. Navarro confesó eso mismo de su Las medusas de Niza y solo con pensar que me parezco a él en tales peripecias informáticas ya me siento un poco más escritora.

Pero esto no acaba ahí. Resulta que, aparte de la pérdida del texto, mi ordenador sufre una enfermedad que se manifiesta aleatoriamente aunque no por ello deja de ser molestísima. Y es que la mayor parte del tiempo dejan de funcionar varias teclas fundamentales para no parecer del todo una ignorante. Nada menos que la hache, la ge (aún podía dedicarme a juanramonear) y el acento agudo, además de la que debe cumplir religiosamente con la función de borrar. A ver cómo se construye un texto en condiciones con tales mimbres y sin perder demasiado los nervios.

Bueno, pues no es por echarme flores, pero he adoptado un sistema que por ahora me sirve y que es el siguiente: escribo lo que el capitidisminuido teclado me deja (apretando los dientes ante tanta errata junta), y luego recupero, remontando por las procelosas páginas del documento, las letras perdidas, las selecciono, las copio, y las voy restituyendo allá donde se requieren. Eso lleva un tiempo y una paciencia de los que no sabía que estaba dotada, de lo que se deduce que, a pesar de mi interés por frivolizar en la presentación del libro del día 12, lo mío ha de definirse definitivamente como vocación, como necesidad real, pues estoy dispuesta, aunque me lleve más tiempo de la cuenta y hasta tanto sustituya mi PC por otro que se avenga a reproducir todas las letras sin dificultad, a continuar con el incómodo procedimiento así se me caigan los ojos.

Por tanto, y mientras sí y mientras no, ruego paciencia si tardo un poco en contestar cualquier mensaje y me recluyo, como siempre digo y nunca hago, para reescribir las páginas perdidas y cumplir con el compromiso de tener la novela a tiempo, no tanto para el editor como para mí, que incluso con tanta dificultad añadida cada vez disfruto más metiéndome en estos berenjenales literarios.

Elena Marqués

Silencio: se escribe

No se encontraron comentarios.

Nuevo comentario

Los libros que leo

No entres dócilmente en esa noche quieta

No sé si adentrarse en un autor con tan larga trayectoria a partir de su última publicación sea lo más adecuado. Ignorar su obra anterior, la que lo ha conducido hasta aquí, priva de herramientas para conocerlo, para contextualizarlo, para analizarlo. Sin embargo, sospecho que este No entres...
Leer más

El loco de la calle

Con Sevilla como protagonista, inmortalizada en un barrio popular en torno a una inexistente pero simbólica plaza Cervantes (quién sino el creador del más insigne cuerdo de la literatura para presidir estas narraciones) que se extiende, como un pequeño y universal microcosmos, bajo un mismo cielo,...
Leer más

Keith Landdon. Memorias no autorizadas

Entre las últimas novedades literarias, donde siempre se cuela algún texto primerizo que jamás debería haberse publicado, he tenido la enorme fortuna de encontrarme con Raül Vaca Rey y su Keith Landdon. Memorias no autorizadas; una novela sincera, innovadora, arriesgada, tanto en su formato como en...
Leer más

Ai(m)ée

Tras la imagen del mudo grito que preside la cubierta del libro, diseñada por el mismo Florencio Luque quién sabe si para retratar a la protagonista de este poemario, se reproduce el quejido en sí de la voz poética: un soliloquio ante el oído del psicoanalista en que el lector quisiera convertirse....
Leer más

Secreta luz

Treinta poemas. Treinta poemas bastan para comprobar que Victoria León no solo domina la poesía y conoce la tradición poética (el ritmo clásico de endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos, así como las referencias a Dante en el título de uno de los poemas, más otras alusiones grecolatinas en...
Leer más

Los ojos vendados

Con Los ojos vendados inicio mi aproximación a la escritora estadounidense Siri Hustvedt. Se trata, además, de su ópera prima, publicada en 1992 y reeditada recientemente por Seix Barral. De hecho, algunos elementos con los que he tropezado en su lectura me parecen un poco bisoños (detecto cierto...
Leer más

El año de la luna azul

Tras Cartas a Siracusa (Arcopress, 2015), Lucía Feliu regresa a la escena literaria con un nuevo thriller que nos sumerge en una acción trepidante desde las primeras líneas. De hecho, comienza Feliu la narración in media res, en un punto especialmente intrigante en el desarrollo de la historia,...
Leer más

La memoria donde ardía

Aunque la cita de Antonio Porchia «Quien ha visto vaciarse todo, casi sabe de qué se llena todo» precede al primero de los cuentos de La memoria donde ardía (Páginas de Espuma, 2019), bien podía servir de frontispicio al corpus completo del último libro de Socorro Venegas; un volumen atravesado por...
Leer más

Áspera seda de la muerte

Que vamos a adentrarnos en una «historia sobre mujeres» lo anuncia el escueto preámbulo con que se inicia el último libro de Francisco Gallardo, Áspera seda de la muerte, obra con la que obtuvo el XXI Premio de Novela Ciudad de Badajoz, así como que se nos recluirá en un espacio amurallado (buena...
Leer más

Sobre los huesos de los muertos

Resulta difícil juzgar a un autor, en este caso autora, por una sola obra. Especialmente cuando a dicha autora acaban de concederle el premio Nobel y, aunque la novela tiene sus muchos puntos encomiables, tampoco te parece perfecta. También cuando, leyendo lo que se dice de ella (me refiero a Sobre...
Leer más