Rarezas. La literatura no tiene cura

Dejando atrás aquellas primeras aventuras infantiles que tan importantes fueron en la aparición de la enfermedad incurable de la lectura, recuerdo mi afición desatada por la novela, la visión reverencial que tenía de la poesía, el medido disfrute de los dramaturgos auriseculares, el descubrimiento tardío de los cuentos y relatos... y el bostezo que me distorsionaba la boca cuando escuchaba la palabra «ensayo». Este normalmente corría a cargo de un autor sesudo y serio; y el tema que trataba, casi siempre de alguna rama del conocimiento que a mí me interesaba bien poco (filosofía, historia, sociología, economía), tendía a desplegarse en largas oraciones llenas de términos abstrusos e incomprensibles que no facilitaban la tarea.

No hace mucho, sin embargo, estudiando la cuestión genérica en el famoso manual de García Berrio y Huerta Calvo, descubrí que, en el siglo XIX, el diccionario definía el concepto «ensayo» en su primera acepción como «obra literaria didáctica ligera y provisional», y que, en palabras del húngaro Georg Lukács (lo que dice un crítico foráneo siempre va más a misa que las opiniones autóctonas), su uso se ha desvirtuado al perder la modestia y la espontaneidad que caracterizaban el ensayo clásico. O sea, que, según esto, un ensayo no tendría por qué empecinarse en aburrirnos soberanamente, pues no lleva de suyo la obligación de mostrar de esa forma la erudición de su autor. Más bien debería plegarse a la máxima horaciana de prodesse et delectare y olvidarse de sentar cátedra (no dejan de ser visiones personales sobre el mundo; de ahí seguramente lo de «provisional») porque lo que hoy es herejía mañana puede demostrarse por la vía de la ciencia, etcétera.

Es lo que hace, en este Rarezas. La literatura no tiene cura (2019), aparecido en la colección Alerce de la editorial sevillana Maclein y Parker, el escritor Manuel Valderrama Donaire, quien, en un estilo ligero, a la vez que exquisitamente correcto, y con su humor característico, y reconociéndole sus buenas dosis de documentada erudición, analiza, a lo largo de diez capítulos, las distintas enfermedades, extravagancias y singularidades que afectan con mayor virulencia a los escritores, desde el egocentrismo narcisista azuzado hoy por las redes sociales hasta su extremo opuesto de encerrarse en una ¿insana? misantropía. En esa disección de síntomas que apuntan a distintas variedades de locura, carencias afectivas relacionadas con la infancia y otros defectos del carácter, no faltan diagnósticos psiquiátricos con nombres mitológicos (eso a Freud se le dio bastante bien), aficiones peligrosas entre las que el alcohol se erige como protagonista indiscutible y pactos mefistotélicos no siempre con el mismísimo Diablo, como esos relacionados con el síndrome de Estocolmo tan propios entre escritoras a la sombra perpetua de sus letraheridas parejas masculinas.

Yo ya conocía algunas de las anécdotas que aquí se desmenuzan, como la inclinación por el juego de Dostoievski, el trasiego de alcohol de Scott Fitzgerald o Hemingway, la sucia inclinación de Lewis Carroll por las niñas. Estaba al tanto del final por propia mano de Stefan Zweig, la ola de suicidios poswertherianos, la inmolación con bala en la sien de Mariano José de Larra. Aunque imagino que de este salseo autorial estaban bien informados tanto los lectores voraces como los juntaletras de hoy, que podrían llegar a la conclusión de que solo se puede acceder al Olimpo de la posteridad acumulando desviaciones mentales como si los libros se alimentaran únicamente de dolor e irracionalidad.

Desde luego, en locuras, depresiones y bipolaridades los escritores parecen expertos, y ver aquí reunidos el narcisismo de Juan Ramón Jiménez, la esquizofrenia de Ezra Pound y la procacidad del Apollinaire de Las once mil vergas conduce a creer que, en efecto, sobre todo acto de creación planea algo maléfico.

Pienso, por ello, que si este libro se hubiera limitado a enunciar la realidad tal como es; si Manuel Valderrama hubiera sucumbido a la fórmula del ensayo tal como suelen construirse estos, nos habríamos deprimido descubriendo el pesimismo de Camus, habríamos terminado aborreciendo al eterno Peter Pan-James Barrie y minusvalorando a Dumas por contar con una extensa legión de ghostwriter. Sin embargo, la especial forma de escribir de este autor nada raro nos hace recorrer ordenadamente estos desórdenes autodestructivos con una sonrisa perpetua en los labios y aceptar, más felices que resignados, que la hipótesis de la que parte, la existencia de esas rarezas inmanentes a la tarea del escritor, no solo no tiene cura, sino que encontrar una vacuna milagrosa sería un verdadero desastre para la humanidad.

Desde aquí animo, pues, a la lectura de este particular ensayo para conocer los desequilibrios, manías y miserias de nuestros literatos más célebres. Os aseguro que beberéis el libro de un trago, y que posiblemente os abrirá el deseo de seguir leyendo a Valderrama.

Elena Marqués

Manuel Valderrama Donaire (Sevilla, 1967) es licenciado en Filología Inglesa y autor de las novelas El hombre de perfil (PeZsapo, 2014), Uno de los vuestros (PeZsapo, 2016) y Egolatría (La Isla de Siltolá, 2017). Ha participado en revistas como Telegráfica y El ático de los gatos; y, desde 2014, en Canal Sur Radio y R.A.I con la sección «El lector irreverente».

Rarezas. La literatura no tiene cura

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