Raíces y puntas

A riesgo de quedar como una palurda, reconozco el recelo con que me acerqué a este libro. El nombre, cosas del subconsciente, me remitía a unos anuncios de los setenta (ya ha llovido) de un champú que, por cierto, se ha volatilizado del siempre delicado mundo de los estantes de las perfumerías. Ni por asomo se me hubiera ocurrido que tras ese título se recogía un buen número de los artículos y/o entradas del periodista y escritor gaditano Alejandro Luque que aparecieron, entre 2007 y 2013, en su homónimo blog.

El recorrido que hace por el mundo, desde Nueva York a Grecia, pasando por los caminos inescrutables de Murakami, a pesar de que han transcurrido algunos años, sigue estando vigente; y nos ofrece, aunque del modo fragmentario que se le presupone a un sitio web de esas características, la lúcida (re)construcción de momentos clave de la historia contemporánea, especialmente en ese difícil espacio dedicado a la cultura y, en buena parte, en ese también complicado lugar que es nuestro país.

Igualmente vivo sigue el casi siempre cariñoso recuerdo a esos personajes, algunos pintorescos, que Alejandro ha tenido la fortuna de conocer en su doble condición de informador y literato, y que incluso ya nos han abandonado, tanto del ámbito de la poesía y la política como del flamenco y otros intentos musicales (léase, por ejemplo, Los del Río, que, en este caso, y por lo visto, continúan bien vivos camino de Torrevieja).

Es difícil destacar, entre tantas reflexiones, alguna de sus piezas. Todas están escritas con pulcritud y conocimiento de causa; con, como diría Arguiñano, fundamento; con respeto y a la vez con un ingrediente que siempre agradezco y no todos los escritores dominan: la ironía, el sentido del humor, ese aire de crítica revestida de simpatía con que se dice mucho más de lo que se cuenta.

Quizás no haya podido disfrutarlas (a las entradas me refiero) como debiera por mi absoluto desconocimiento de algunos de sus referentes; algo a lo que Luque, en su más corta vida, sí que ha conseguido llegar desde su puesto «privilegiado» de observador de la realidad en «la atalaya» de la sección de cultura de un periódico.

He de confesar que he envidiado desde su inicial visita a Cracovia hasta esa deambulación por distintas partes de Italia, su cine y sus paisajes como pequeños fragmentos de ese gran género que es para mí la literatura de viajes; su familiaridad con personajes a los que puede referirse solo con el nombre de pila y que me son tan lejanos como la composición del polietileno o la forma adecuada de hacer esferificaciones con agar-agar; su agilidad para resolver acertadamente en dos palabras la opinión sobre cualquier cosa (en «cosa» incluyo, por qué no, esa prolífica categoría de los best-seller); su cubanía, su gaditanía; su codearse desenfadado entre la Cosecha del 50 y la Generación Nocilla; su conocimiento concienzudo de cada uno de los aspectos que toca, no solo por oficio, que se nota domina y defiende, sino por pasión y responsabilidad; y su punto poético, que también soy capaz de descubrirle en el modo «recuerdo» que a veces adopta y en ciertas descripciones salpicadas de topónimos homéricos.

Pero, siguiendo con las confesiones, con lo que más he disfrutado ha sido con su pregón de clausura del III Festival de Perfopoesía de Sevilla allá por el año 2010, posiblemente por sentirme atañida por frases tan acertadamente divertidas como:

«Los malos poetas, para empezar, ignoramos absolutamente la tradición y nos dejamos deslumbrar por todo lo que se presente bajo el envoltorio de lo novedoso.

Los malos poetas nos pasamos la vida leyéndonos los unos a los otros, en una infinita rueda masturbatoria, y para nosotros los clásicos no son sino el apaño de emergencia cuando el papel higiénico se acaba.

Los malos poetas no conocemos la goma de borrar ni la papelera, ni el fuego redentor de la chimenea.

Los malos poetas no conocemos el miedo a la imprenta.

Los malos poetas no conocemos el miedo al justiciero paso del tiempo.

Los malos poetas estamos vacunados contra el miedo escénico.

Los malos poetas nunca sabemos cuándo parar en un recital.

Los malos poetas aburrimos al lucero del alba hablando de poesía, preferiblemente la nuestra».

Pues, para no decir yo a continuación nada que estropee el momento, con esto termino (y con el agradecimiento especial a Alejandro Luque por estas palabras que me han permitido volver sin casi darme cuenta a uno de mis temas preferidos).

Elena Marqués

Alejandro Luque (Cádiz, 1974) es periodista y escritor. Desde 2005 es redactor de Cultura del diario El Correo de Andalucía. Ha sido subdirector de la revista de literatura y pensamiento Caleta y dirigido numerosos talleres, foros y jornadas culturales en la provincia de Cádiz.
Autor del poemario Armas gemelas (2003), la novela Calle de la soledad antigua (2006) y la colección de relatos La defensa siciliana (2006), obtuvo el IV Premio Alfonso de Cossío de Relatos Cortos. Ha publicado la antología de poetas gaditanos La Plata fundida (1997); la biografía del cantaor Juan Farina, titulada Que me quiten lo bailao (2000); Palabras mayores (2004), que analiza la amistad entre Jorge Luis Borges y Fernando Quiñones; y Viaje a la Sicilia con un guía ciego (2007), traducido en 2009 al italiano.

 

 

 

 

Raíces y puntas

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