Principios lingüísticos

Sin querer ser descortés (o descortesa), y aunque a más de uno lo aburra, sigo pensando que algunos aspirantes a escritor pecan de desfachatados. Me refiero, por supuesto, a la cuestión del cuidado de su herramienta principal, que no es sino la lengua; ese ente comunicativo nada abstracto que planea sobre nuestras cabezas dispuesto a ponernos en los mayores aprietos, como hacer ver a la humanidad que no solo no nos hemos esforzado en aprender unas simples normas de acentuación (simples por sencillas), sino que no leemos un libro que nos ayude a crear argumentos pasables y personajes creíbles. Porque digo yo que, de recorrer con los ojos y la cabeza lo que pasa por literatura en nuestros días, incluyendo lo que posiblemente no trascenderá ni encontrará un hueco en la posteridad, pero sí en las estanterías de cualquier biblioteca que se precie, nos daríamos cuenta de que lo que escribimos no se acerca ni por asomo a lo que otros han hecho antes, y, por mucho que no nos huelan nuestras ventosidades ni nos parezca fea nuestra prole, la lectura nos debe hacer algo más críticos, y ese criterio nos otorga un poco de juicio para discernir lo bueno de lo malo, lo sublime de lo execrable, lo que es un argumento original y lo que no pasa de ser una copia de una copia de una copia de situaciones manidas y sin interés en las que los personajes, planos y sin fuerza, hablan todos igual. Igual que el narrador y el padre o la madre que los parió.

Pero vuelvo a mi tema filológico, ese que nunca pensé, cuando estudié la carrera, que me iba a traer tantos quebraderos de cabeza.

Reconozco que yo cursé Hispánicas más con el deseo de descubrir los entresijos literarios que los lingüísticos, no por falta de interés en el segundo aspecto, sino porque tenía claras las reglas ortográficas y un mínimo de sintaxis, y, por supuesto, cómo enriquecer mi vocabulario. Desde pequeña había aprendido que la segunda persona del plural del imperativo terminaba en –d, y que no la confundiera con el infinitivo para no parecer un cabeza hueca, y colocaba los relativos con soltura. Incluso conocía las particularidades del «cuyo», hoy en vías de extinción. El cuidado de la lengua era ya entonces para mí tan sagrado como el fuego para los pueblos primitivos, de manera que, cuando escribo un whatsapp y el autocorrector me juega la mala pasada de cambiarme una palabra por otra, pido a la tierra que me trague, aun siendo consciente de que todos excusarán el error por las prisas y mi mala vista, que en algunos círculos empieza a ser legendaria.

Lo que quiero decir es que quizás mi retina se resienta no solo por cierta fotofobia que en nada me asemeja a la Nicole Kidman en Los otros, sino porque no me cabe en la cabeza que quienes se hacen pasar por escritores cometan tales errores dentro y fuera de sus libros, pues, en ese acto tan actual de autopromocionarse, decir alguien que está firmando en la Feria del Libro «Venir a verme» me duele casi tanto como la muerte de Gregorio Samsa y Santiago Nasar juntos, pues digo yo que quien en cinco palabras comete dos o tres errores que ya debíamos tener asimilados de Primaria (E.G.B. para los de mi generación) no puede ser tan osado como para escribir un libro entero.

En fin, sé que algunos me tacharán de algo, incluso de pedante; pero, a estas alturas de la novela, me da bastante igual. Camino de los cincuenta, cuando aún hay tantas maravillas literarias que no he tenido tiempo de leer, enfrentarme a algunos textos con errores sistemáticos en ortografía y puntuación hace que me sangren los ojos y me piten los oídos y me pregunte, citando por una vez a Almodóvar, «qué he hecho yo para merecer esto», o a qué se ha dedicado el sistema educativo para dejar pasar tan campante a unos jóvenes que desprecian con alegría e insensatez ese regalo de los siglos que ha pulido una de las lenguas más hermosas y de mejores frutos del mundo mundial.

Desde esta modesta ventana, y sin acritud, ruego, pues, al mundo en general, y al pseudoliterario en particular, que se esmere un poquito en sus asuntos. Que es bonito ser escritor, pero que no solo hay que parecerlo, sino serlo, y que sin saber usar adecuadamente los rudimentos de la palabra no se puede construir una obra. Y creo que esto no puede ser considerado solo una opinión, sino una verdad machadiana como la copa de un olmo seco.

He dicho.

Elena Marqués

Principios lingüísticos

geniaaaalll

Bien...muy bien amiga. Por fin alguien ha puesto el acento donde debe....que hasta los prebostes de ""telefónica"" lo han desterrado de los anuncios publicitarios por asnos......eso haznos el favor de seguir con tus críticas y.opiniones tan acertadas

PRINCIPIOS LINGÜÍSTICOS

Gracias por poner las cosas en su sitio.

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