Poco que contar

Últimamente tengo poco que decir. Las vacaciones las he pasado en familia, observando conductas y comportamientos demasiado conocidos como para aprender algo nuevo; leyendo por las noches a Oscar Wilde y de mañana las veintitantas novelas de un certamen literario de cuyo jurado formo parte; reuniéndome a almorzar, tomar café, cenar, y saliendo a realizar las compras de rigor a pesar de que cada vez me gusta menos y no le veo demasiado sentido. Ni siquiera a lo de tomar café; mucho menos a lo de masacrar roscones de Reyes en busca de un nuevo detalle que sumar al botín.

Los días se suceden inalterables, uno detrás de otro, con las calles iluminadas y atestadas, con colas en la administración de la Lotería (aún queda una posibilidad de hacerse rico) y en las cajas de Zara y de Stradivarius e imagino que en las de muchas más tiendas que nos suministran una ropa demasiado parecida y, dado lo escueto de nuestros bolsillos, de calidad discutible.

Pero quiero detenerme en esa tarea por la que he pasado de puntillas: la lectura de las novelas a las que me he enfrentado con gran satisfacción, pues, a pesar de que soy consciente de que parte de lo que se escribe y se publica (seguramente mis propias páginas, de las que a ratos me siento orgullosa y otras me arrepiento) merecería alimentar más de una hoguera, he llegado a la conclusión de que también hay bastante genio suelto y por revelar: diamantes en bruto que saben contar historias, dramáticas, distópicas, cómicas…; que paren sus personajes con conocimiento de causa, con sangre y huesos verdaderos, con un lenguaje que nos habla al oído y nos remueve y conmueve según el alcance de lo narrado y nuestra propia actitud ante lo dicho y descubierto.

Y eso que me enfrenté a ello con prevención, pensando en que con seguridad empezaría a desechar novelas a la cuarta página, o que me iba a aburrir; que, influida por mi oficio correctivo, me iba a ensimismar en los errores más que a apreciar los aciertos.

En estos días en que se ha fallado el premio Nadal y los Reyes Magos se han esforzado por que leamos las últimas novedades, pero todos las mismas (sin menospreciar a los autores obligados, y a los consagrados, y a los recomendados, y, por qué no, también a los amigos que acaban de publicar), he tenido la suerte de enfrentarme a varias joyas de las que quizás nadie más que yo, y el resto de los miembros del jurado, pueda disfrutar. Y eso sería una verdadera lástima.

Pero a lo que quiero llegar es a plantearme por qué tenemos esa necesidad de inventar vidas diferentes a las nuestras. Porque está claro que no es por afán de notoriedad (muchos son los llamados y pocos los elegidos), y mucho menos con la vana esperanza de ganar dinero (aquí podríamos plantar unas risas), sino porque lo necesitamos desde la cuna, desde que nos contaron los cuentos de los hermanos Grimm y luego nos regalaron los libros de Enid Blyton y un poco después, o casi a la vez, navegamos cual piratas de Salgari, y así hasta que los más pobres de historias propias (ya he adelantado en qué han consistido mis vacaciones, y así casi siempre) escuchan de repente en su cabeza, mucho antes de que le diagnostiquen algún tipo de locura, una voz que les dicta casi sin errores el principio de una novela, los nombres sonoros de varios de sus personajes, la escarpada descripción de la ribera donde finalmente se resolverá el augurado crimen. No es locura, ni sueño; no es un capricho momentáneo ni un tratamiento para dormir mejor. Es algo tan normal como lavarse los ojos y cortarse las uñas antes de que se nos encarnen en los dedos y nos duelan. Es parte de nuestra vida. Es la Vida.

Contar y escuchar historias a la luz quejumbrosa de las hogueras primitivas, leerlas y escribirlas acodados en un escritorio con olor a madera y a barniz, a folio inmaculado y a goma de borrar. La mayor felicidad acechando al abrir con deseo una página. ¿Qué más se puede pedir?

Pues eso: felices lecturas.

Elena Marqués

Poco que contar

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