Pausa

Después de tantos días intensos «invertidos» en la Feria del Libro, me merecía un descanso, una pausa en condiciones. No tanto benedettiana, que también («De vez en cuando hay que hacer / una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa/ baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades»), como real, de esas de tumbarse y aburrirse y ver pasar las horas lentas y silenciosas en el reloj y escuchar de fondo los comentarios absurdos, frívolos y puaj de una boda real de segunda pero una boda real al fin y al cabo, con su glamur y su sol y su público entusiasta agitando banderitas británicas. Pero, como es algo que me cuesta, a lo de pararme me refiero, Natura ha decidido enviarme como aviso un buen (mejor dicho, mal) dolor de estómago que me ha tenido cabizbaja y abatida y no termina de despedirse.

Pensando por un momento que el ejercicio (de las letras; el otro no lo practico, y a estas alturas ya no sé si debería) me estaba pasando factura, en estos días prácticamente he descansado de escribir, y eso hace que hoy, lunes, me encuentre, como quien dice, pillada por el toro y sin la entrada correspondiente para colgar, cual pulcra colada de primavera, en el alféizar polvoriento de mi ventana.

Así que me veo casi obligada a eso, a hablaros del polvo acumulado en estanterías al que le he plantado cara este fin de semana aprovechando esa lluvia-maravilla de mi ciudad natal que no invitaba mucho a patear las calles y la acuciante curiosidad por saber qué tesoros encontraría tras la cata arqueológica. Y he de decir que la excavación (en algunas esquinas ha sido verdaderamente eso, una prospección en toda regla) ha tenido resultados sorprendentes. Por ejemplo, no solo he comprobado que atesoro varios libros repetidos (absteneos de comentarios al respecto), sino una montaña mágica (es un decir) sin leer, y eso hace que me plantee seriamente a qué puñetas me estoy dedicando si lo que quiero es eso, leer y escribir y quizás ver bodas reales; a qué tanta salida y entrada para dar a conocer El juego de la invención (aprovecho esta pausa, otra, para la publicidad, pues el viernes vuelve a presentarse en Café de Mayo, y allí os espero para que escuchéis conmigo a un escritor que merece la pena, Antonio Jiménez Casero, y daros cuenta, de paso, de mis dolores de estómago) con lo bien que se está tendida en el sofá palpando los lomos de las últimas adquisiciones, organizándolos con criterios estúpidos de los que cualquier bibliotecario o bibliotecaria (sobre todo estas últimas, simplemente porque hay más) se carcajearía hasta caerse de la silla; recordando pasajes memorables o la historia de cómo llegaron hasta aquí y cuánto tiempo llevaban extraviados en el sindiós de papeles, periódicos y bolsas aún colgadas del perchero; estableciendo el orden en que los atacaré y agradeciendo (qué desagradecida, dirán algunos) que terminen talleres y tertulias para poder leer lo que verdaderamente me apetece o necesito en este momento concreto de mi existir. Incluso libros de Stephen King, que también hay alguno pendiente y llena bien las tardes de holganza y semisiesta y seguro que da menos miedo y/o sorpresa que el telediario de las tres. Y no digamos ver películas sin dormirme en el sofá por puro agotamiento y quién sabe si celebrar el cumpleaños de cierta amiga, que las del 68 es lo que tenemos: que somos estupendas y llegamos al medio siglo y no queremos que se nos vaya la vida tan callando por mucho que adoremos a Manrique y sus coplas de pie quebrado y su castillo en Garcimuñoz.

En fin, que eso quería decir. O no, porque ya expliqué más arriba que me había tomado un descanso (más que de escribir, de pesar, lo confieso) y esto ha salido espontáneo y con el único deseo de que la ventana no quedara cerrada justo ahora, cuando estarán al volver las golondrinas y encañan los trigos y quizás por eso había que jugar e inventar en el Café de Mayo, para celebrar la estación, el mes y el simple hecho de estar vivos.

Elena Marqués

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