Para que me imagines

Decir que la vida es un viaje no es nada novedoso. A los lectores españoles la peregrinatio vitae nos remonta a Gonzalo de Berceo y, cómo no, a Jorge Manrique, con sus célebres versos «este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar». En ambos casos se nos avisa de que solo estamos de paso («cuanto aquí vevimos, en ageno moramos», recuerda el monje riojano) y se nos anuncia con claridad el punto de llegada, el destino final de tan trabajosa andadura («la nuestra romería estonz la acabamos / cuando a Paraíso las almas enviamos»).

Literariamente podemos pensar que es un tema más que explotado, agotado, centro de muchísimas obras, desde los poemas homéricos a través del Mediterráneo, pasando por el recorrido de Dante entre los círculos infernales hasta el célebre paseo, el 16 de junio de 1904, de Leopold Bloom, todo Dublín bajo sus pies. A esos míticos recorridos se añade esa literatura de viajes que tanta fuerza cobra en el siglo XVIII y que sigue dando frutos, concebida más bien en su función formadora del individuo y/o por mera ansia de conocimiento (al «viaje de aprendizaje» remite la cita de Tavares que antecede al texto), que no es tampoco poca cosa, pero que no deja de apuntar a un topos bien manido.

Debo confesar, sin embargo, que el itinerario trazado en Para que me imagines por el joven escritor Nicolás Pacheco me ha concedido unos momentos de lectura tan placenteros como fructíferos, y mucho ha tenido que ver su original planteamiento dialógico y lírico.

Ya en la nota preliminar el autor advierte de su intención de volcar en estas páginas viajeras «experiencias literarias alegres y tranquilas. Aunque —avisa— todas dejan sus señales». Y son esas señales infligidas por las cinco ciudades cuyos perfiles apenas se esbozan (Bogotá, Berlín, Bruselas, Bucarest y Buenos Aires) sobre las que Pacheco, con lenguaje sencillo, pulcra elegancia y un estilo que trasluce su destino poético, traza estos fragmentos, fijándose, como Robert Walser, famoso paseante que también campa entre los paratextos del libro, en «lo más humilde y más pequeño». El propio autor nos confiesa algo más adelante el procedimiento que va a seguir: «viajo hacia fuera de mí para terminar en el centro, en el nudo de las cosas que a todos nos tocan». Un descubrimiento del otro desde el periplo interior de la mirada reflexiva.

Porque Nicolás Pacheco, que aprendió a enfocar la realidad con los ojos de un director de cine, lector de esos relatos y esos versos que han retratado, descifrado y comprendido los lugares que está recorriendo con nosotros, invocados continuamente por su deseo de que lo imaginemos (lo que nos sumerge en un viaje más profundo por quimérico), sabe en estas páginas renunciar a la razón para abandonarse a la sensibilidad y escuchar el verdadero lenguaje de los espacios.

Así, pertrechado de buenas dosis de humildad, se detiene en inmigrantes (¿qué mejor representación del homo viator?) que deben cambiar de nombre al entrar en una Europa frágil que les da la bienvenida, en vendedores ambulantes (el subrayado es mío) que deciden pararse a librar sus batallas jugando vespertinas partidas de ajedrez, en transexuales con denominaciones virginales que han de enfrentarse tristemente a «la moral colombiana y el horror del campo»; se demora en barrios derribados o en guetos en el corazón de Flandes donde descubre la negra esencia de las ciudades; en paisajes de ventanas que aún guardan «la oportunidad del encuentro y la posibilidad del amor».

Porque es, sobre todo, el olvidado lugar de los afectos «analógicos» («Bucarest huele al pueblo de mi infancia; a gallinas de corral y leche recién ordeñada»), de la incomunicación y los silencios, el que asalta a cada instante al escritor (y, como se ha dicho, por sus continuas llamadas de atención a la imaginación del lector, a nosotros mismos); la necesidad de purificarse de esas máscaras que nos calamos (pues su trabajo no deja de ser eso, «como la vida que se levanta en los platós de cine donde algunos, unos pocos, jugamos a construir engaños») y de enfrentar el presente y la limpia libertad para extenderla a un futuro verdaderamente humano, simple y desnudo («la narrativa del cuerpo libre»), que rehúya el consumismo y se duela de la destrucción de la naturaleza.

Javier Tolentino se pregunta en el prólogo por qué Nicolás Pacheco ha escogido estas cinco ciudades. Quizás la elección haya sido fortuita. Tampoco es algo que nos debiera quitar el sueño. En el fondo, parece decirnos el autor, todas las ciudades se resumen en un no-lugar donde perderse y encontrarse, en un soledad compartida y única, en una pregunta sin resolver que nada tiene que ver con los claros itinerarios medievales: «¿Entonces a qué venimos?». Posiblemente, como también recuerda Tolentino al borde de estas páginas, venimos al viaje. Y eso tendría que bastarnos. En este caso, además, un viaje por la belleza: la única moral que nos queda.

Elena Marqués

Nicolás Pacheco (Sevilla, 1980), actor, director de teatro y de cine, recibe el Premio RTVA a la Mejor Creación Andaluza en 2004. Con Jaulas, que estrena en la SEMINCI 2018 de Valladolid, obtiene trece nominaciones, y cuatro galardones en los premios de la Asociación de Escritores Cinematográficos de Andalucía. Para que me imagines representa su debut literario.

Para que me imagines

No se encontraron comentarios.

Nuevo comentario

Los libros que leo

La casa de los gatos

Conocí a Gregorio Verdugo en una tertulia literaria. En «nuestra» tertulia, que es también, y/o sobre todo, una reunión de amigos. Gente que se congrega en torno al «vicio» común de la Literatura. Gente que lee y (alguna) escribe. Todos esperamos de un escritor que cada libro que presente sea mejor...
Leer más

Cenizas y rosas

Escribir sobre el duelo, sobre perder a un padre y sentir al fin el significado de la palabra orfandad, no creo que sea fácil. Y mucho menos si lo que se propone la autora es, además, dejar constancia del más o menos largo tiempo previo en que la vejez impone su exasperante lentitud, sus múltiples...
Leer más

Días de redención

«Los recuerdos se complacen en visitarnos / a su capricho». Así se inicia el poema «María», de Días de redención; un libro en el que de nuevo escuchamos la voz clara a la vez que profunda de Tomás Sánchez; un compendio en el que vuelve sus ojos al piélago de su pasado y recorre, con evidente...
Leer más

Velocidad de los jardines

Casi treinta años después de su publicación, aún seguimos leyendo Velocidad de los jardines; un libro inaugural de lo que el mismo autor denomina «postcuento» o «anticuento» o un lugar donde se superan fórmulas gastadas y se abren ventanas con vistas a. Un experimento exitoso. Se inicia este...
Leer más

Apuntes del natural

Se diría, por el nombre del poemario, que en Apuntes del natural la escritora sotileña Lola Almeyda ha decidido cambiar de armas. Es obvio que no, que sigue empleando la de la palabra. Pero esta vez se le antoja erigirse en creadora y arquitecta; en diosa (aunque «nunca quise ser Dios», pues conoce...
Leer más

La pared del caracol

Desde el principio, el título del nuevo libro de Ana Isabel Alvea me enfrentó a una curiosidad, más que a un misterio. Es lo que tienen las anfibologías. ¿A qué se refiere con La pared del caracol? ¿Al muro que gana el gasterópodo con exasperante lentitud y paciencia, a la tapia por la que resbala...
Leer más

El camino imperfecto

Hace poco, en la consulta del Doctor Goodfellow, mostré mi entusiasmo (creo que lo llamé directamente «enamoramiento») por la escritura del portugués José Luís Peíxoto, en concreto por su Autobiografía; un libro con fondo y hechuras saramaguianos que me hizo disfrutar mucho entre las «estrechas»...
Leer más

Después de muchos inviernos

«Nada empieza en el punto donde creemos que empieza. Las cosas siempre vienen de algún momento anterior, lejos de nosotros, y terminan en un futuro que ni siquiera sospechamos». Hace poco compartí en redes estas palabras de Marian Izaguirre porque creía haber leído algo parecido en algún sitio. Y...
Leer más

Antes del Paraíso

«A mi padre, a mi madre, les faltaba alguna cosa». No es que esta frase sea una de las más brillantes del libro, pero si la traigo aquí, a esta ventana, es porque estoy segura de que a todos nos falta más de una cosa (por eso, como el padre de Jorge en el primer relato, escribimos y, sobre todo,...
Leer más

Bajamares

Por una vez voy a empezar por el principio: por los paratextos que anteceden esta alucinante y alucinada Bajamares de Antonio Tocornal. Porque si las citas de Rulfo y Cristóbal Serra nos sugieren que habremos de sumergirnos en un tiempo y en un espacio profundamente oníricos, la de Francisco de...
Leer más