Para explicar la nieve

Tras una solvente y extensa andadura lírica avalada por importantes galardones (premios Gerardo Diego, Jaime Gil de Biedma, Tardor, Kutxa-Ciudad de Irún…), con Para explicar la nieve obtuvo Santos Domínguez el Ángaro de Poesía en 2009.

Ya el título representa la misma esencia de la indagación creativa («he intentado saber, / he atravesado el bosque intentando saber», cavila en «Nueve de lunas», ya casi al final de su recorrido), pues la nieve que preside la obra desde el inicial «El reino del cielo», al igual que la poesía y que otras realidades y preguntas incorpóreas que irán apareciendo en el texto («¿Quién traduce un relámpago?»), no precisa de una explicación racional, como tampoco tiene finalidad salvo su propio existir. La nieve, en ocasiones sublimada en niebla, o en forma de lluvia, se limita a caer. Y, en su breve y morosa trayectoria (son muchas las referencias a esa lentitud y sosiego), simboliza la levedad e intrascendencia del ser humano, su esencia caduca, pues todo el poemario vibra atenazado por «la cuchilla afilada del péndulo del tiempo». Pero no solo identificado este con la blanca muerte de la nieve, sino con el tiempo antes de la existencia («un tiempo sin tiempo ni palabras», «despojado el mundo de su hora») y la vida en perpetuo renacer (en «Lenta claridad» se habla de «las aves sucesivas, / las repetidas flores del almendro»). De ahí que el poemario termine precisamente con el verso «Herido por el humo, de los álamos vengo», que nos remite al inicio del libro y a una lectura que no acaba.

Así que el autor, consciente de la dificultad de intentar fijar en palabras lo inefable y lo inestable del misterio del hombre («lo que dejan vacío, aire o agua que tiemblan, / no lo alcanza la mano ni lo miden los ojos», explica en «Marca de agua», título que remite ya de por sí a una realidad confusa); sabedor también de que la reconstrucción del recuerdo y la memoria precisa de secretas fórmulas irracionales y que es complicado remontarse al origen de las cosas («¿de dónde vino entonces / la raíz de los pájaros?»), que se trata más bien de una función de traducción o trasvase entre códigos muy distintos y distantes («alguien los interpreta / desde el tiempo remoto en que el fuego era un árbol», recuerda en «Composición de lugar»), salva este obstáculo poniendo los ojos en la hondura de lo elemental («que en tus campos quemados resucite algún día / la sencilla liturgia de la vida»), así como en la contemplación y la espera, pues dichas actitudes espirituales dan el fruto esperado y cabal de la palabra exacta, tal como hace notar en «Alquimias del recuerdo» al decir: «Y esperar que entre todas las voces / o pájaros o números / haya uno que te nombre, indiferente, / con la voz sustantiva de una flecha precisa».

Y, como marco, utiliza Santos Domínguez una naturaleza crepuscular o nocturna claramente humanizada («Respiración de la tarde» se titula uno de los poemas). Se trata de un espacio en ocasiones pacífico, como el locus amoenus renacentista, el edén bíblico o el paraíso de la infancia, donde sopla el viento y brota «un manantial oculto de agua secreta y clara» (¿no resuenan aquí ecos de la poesía religiosa áurea?); donde los pájaros (son varias las especies que atraviesan el texto) se erigen en símbolo tanto de la libertad, consustancial a sus alas, como de la fugacidad de la vida, representada en la rapidez del vuelo («con el pájaro en zaga / de espacios sin raíces»); donde casi los únicos sonidos que se escuchan son el canto animal y el propio e ingénito silencio, término repetido como un mantra necesario, así como, siguiendo la tradición platónica, manifestada en otras referencias que apuntan a esa corriente filosófica («en vértigos de humo, en la idea del pez»), los perfectos acordes de la armonía celeste (con «y otra música blanca baja de las estrellas» concluye el poema «Noche de agosto»; y «en la garganta musical del mundo / brilla el pinar con su trazado armónico» recuerda en «Pinar de Valsaín»). En esa naturaleza de atmósfera sosegada y, a la vez, melancólica y ambigua, poblada de sombras como las que se reflejan en la mítica caverna, asistiremos a los cambios provocados por las distintas horas del día y por el acontecer cíclico y ritual de las estaciones, si bien las alusiones a diciembre, generador natural de la nieve, serán las más numerosas.

Por ello el color y la luz son centrales en estos versos, desde el blanco del meteoro, el vacío de la ausencia y el silencio de la muerte («y hoy has vuelto / desde tu nada blanca […] o esa pericia blanca / con que la tarde junta los recuerdos / en el silencio lento de la nieve»; «el territorio blanco, callado de la muerte») al azul de las miradas que remiten a lo primigenio, a lo puro y a la noche, junto a los violetas y a los rojos del crepúsculo, a los plateados del frío, al negro de la oscuridad, donde, a la manera valenteana[1], sitúa el poeta el origen frutal de la vida («nombro en la tierra oscura la semilla […] nombro también el denso latido de la noche»).

Y para representar esa pugna de la vida emergiendo desde la apariencia de la nada se sirve de imágenes vívidas de elementos contrapuestos y hermosos trasvases con base en la sinestesia, de múltiples enumeraciones (léase «Muda medusa, vórtice», de ecos machadianos) de tendencia binaria y elegante cadencia, lo que remarca su equilibrio y sus reminiscencias clásicas, tanto en la métrica de arte mayor (hay profusión de alejandrinos) como en los recursos fónicos y retóricos de repetición.

Por otra parte, en Para explicar la nieve resuenan las voces de Bécquer, Juan Ramón, Vallejo o Huidobro, entre otros, así como de Calderón, con el topos de la vida como sueño, y los místicos, pues el concepto de vuelo como medio de conocimiento y acercamiento a la Verdad, sea esta Dios o «el origen confuso de la vida», queda patente, entre otros, en «Noción de vuelo» y «Con una rama de olivo». En ambos poemas las referencias naturales («higueras y cipreses», «un campo de palmeras», «que a la sombra del dátil beban gacelas lentas») apuntan al Cantar de los cantares; y versos como «que en alto vuelo blanco de fuga en desamparo / crezca una luz de almendro / de palomas que suban por la vía dolorosa» no parecen de nuevo sino huellas de San Juan de la Cruz.

Por todo ello Para explicar la nieve constituye un sincero intento de convertir a la Poesía, a través de la perfecta asunción de la tradición y la investigación de nuevas fórmulas expresivas, en un medio trascendente de conocimiento. Y puede decirse que Santos Domínguez logra el propósito con un libro profundo, claro y hermoso como la misma nieve en su interminable y natural caída.

Elena Marqués

Santos Domínguez Ramos (Cáceres, 1955), poeta, catedrático de Literatura y crítico, es autor, entre otros, de Tres retratos del frío, Premio Gerardo Diego 2004; Díptico del infierno, Premio Jaime Gil de Biedma 2005; y El dueño del eclipse, Premio Ciudad de Badajoz 2013. Dirige la revista Encuentro de lecturas y colabora en distintos diarios y revistas nacionales e internacionales.



[1] Influencia del orensano se intuye también en la importancia concedida al término «centro» y a la «cima del canto» en versos como los que inician el poema «Pinar de Valsaín»: «En donde canta el mirlo, en la memoria / o en el verde del pino que lo oculta, / crece la luz del mundo». Y continúa: «Ajeno al tiempo, […] prende la plenitud crepuscular del canto». Tampoco puede pasarse por alto el verso «y esta almendra de luz alimenta los días» que nos recuerda a la mandorla de Valente.

 

Para explicar la nieve

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