Nowhere Man

Como «La verdad no hay quien la trague», según la cita de Céline que encabeza este viaje; y la mentira y la huida son los elementos sobre los que gira la vida ficticia de Fernando Bautista, pseudoescritor (ojo al dato), abrimos la novela con reparo, sin saber si ese Nowhere Man, ese hombre de ninguna parte, nos va a conducir a algún puerto, independientemente de que sea bueno, malo, seguro o nos veamos naufragando en el proceloso océano de las páginas impresas. Porque a veces, cuando se nos anuncia un compendio de episodios erráticos, o un personaje de ese calibre, que se dedica a vagar de un sitio a otro sin destino ni paz, nos encontramos con eso, una sucesión de pasos improvisados en que alternan anécdotas divertidas con caídas en picado porque mantener la atención a partir de un peregrinar estrambótico y bizantino no se consigue así como así. Yo he de decir, sin embargo, que no hay tal cosas en esta novela, sino que el viaje merece, y mucho, la pena, aunque no conduzca a nada sino al punto de partida; y que todo el mérito se lo lleva nuestro desastrado protagonista, creado por el jovencísimo Isaac Páez, al que es difícil atribuir algún calificativo positivo (me refiero al personaje, no al autor) salvo su extraordinaria verbosidad y su exuberante imaginación (aunque esas también son cualidades del segundo).

Nos encontramos ante una novela picaresca en pleno siglo XXI. Nada más natural dentro de la tradición literaria que la creó y en un país que la confirma en sus noticieros cada día. Su protagonista anuncia en el minuto uno que ha perdido todo su dinero, que nunca duerme y que piensa en huir. Nos pone en antecedentes de su fracasado matrimonio, sus nulas relaciones familiares, su odio al vecindario y prácticamente a la humanidad. Abomina de los teléfonos, de la arena, de la mala educación, de los niños. Parece que solo con los locos (ojo al dato) se siente a gusto («al menos los locos no tiene maldad, solo ilusiones imposibles, pulsiones ilegales o imágenes que no concuerdan con la realidad»). Con esos mimbres es normal que se plantee un cambio. Y allá que se marcha a Suiza como primer destino.

Pero quien no es feliz en un sitio no consigue nada trasladándose de lugar. Es ley de vida del eterno insatisfecho. Y en ese trayecto entre distintos países europeos y por oficios inmundos iremos ahondando en su insatisfacción y su bellaquería, conociendo sus pocos escrúpulos, su nula capacidad de afecto, su falta de ética, su imposibilidad casi innata de cumplir un compromiso, su racismo exacerbado, su inclinación por el sexo; todo ello en un lenguaje sencillo, ingenioso, fluido, irreverente, grosero, tal como le corresponde al prenda que lo blande en ese monólogo ininterrumpido y reflexivo que ocupa toda la obra y que parece un intento de tirar por tierra todo lo políticamente correcto que suele caber en cierta literatura. Precisamente la que más lectores (o compradores) tiene, que pondrán el grito en el cielo cuando vean que Fernando Bautista califica a los inmigrantes del norte de África de mustafás y bajarán los ojos avergonzados cuando se sientan reflejados en párrafos como este: «La gente a la hora de morir es más indigna que nunca, hablan del arrepentimiento y del tiempo perdido, cuando lo cierto es que se pasan la mayor parte de sus vidas sin hacer nada, se dedican en exclusiva a encender la televisión, comer, procrear mal y pronto, fastidiar al prójimo y dejar que cada día pase sin más».

No puedo dejar de referirme a las continuas comparaciones («Las calles parecían un hermoso infierno en bancarrota»), los brillantes símiles a los que se entrega la voz narrativa, las imágenes vivas que nos entrega («Dadle a un niño una maqueta de la catedral de Burgos, a ver cuánto tarda en pisotearla») y el ataque a todos nuestros sentidos: el olfato («y me senté en la parte trasera junto a una anciana que apestaba a sudor y a aliento nauseabundo»), el oído («la puta limpiadora se ponía a cantar coplas folclóricas o a silbar como uno de esos pajarracos tropicales»), e incluso el sentido de la vergüenza («Parece que todo el mundo admira y ama a sus enfermos, pero después, a la hora de la verdad, les falta tiempo para contratar a una inmigrante y que se ella quien recoja las babas y la mierda del idolatrado familiar enfermo»). Vamos, que la criatura no deja títere con cabeza.

Yo aconsejo leer esta novela con detenimiento, disfrutarla, viajar con Fernando Bautista por su particular infierno y atender a ciertas pistas que el autor, sabiamente, nos deja, pues bajo ese aparente desorden en que todo se desenvuelve hay una estructura bien construida que nos anuncia y nos conduce de la mano hasta el único final posible.

Y no puedo decir nada más sobre este tema. Ya me lo agradeceréis.

P.D. Como veis, no me he manifestado sobre la dignidad y la posible cualidad de entrañable que le atribuye al personaje la solapa del libro. Prefiero que lo descubráis por vosotros mismos.

Elena Marqués

Isaac Páez (Sevilla, 1984) es licenciado en Historia y profesor de enseñanza secundaria. Ha publicado hasta la fecha los poemarios Entre la oscuridad y la química, Contrato a tiempo perdido (XV Premio de poesía Universidad de Sevilla), Harmon Avenue (Ed. Cartonera & Digital), Hijos del euríbor (Ediciones en Huida) y 1922 (Premio de Poesía Antonio Gala). En 2009 fue finalista del premio Adonáis. En narrativa resultó ganador del Premio Andalucía Joven de Narrativa 2012 por la novela Disparos al aire (Berenice editorial) y en enero del 2014 fue finalista de la LXX edición del Premio Nadal con esta novela.

Nowhere Man

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