Nombre entre nombres

Definir la poesía actual resulta complicado o, si se quiere, completamente inútil. Si uno indaga entre las últimas publicaciones (para eso no todas las «librerías» sirven), descubre, de una parte, cierta tendencia a la brevedad y al silencio (piénsese en el renacimiento del aforismo y la actualización del haiku); de otra, especialmente entre los más jóvenes, un deseo de integrar, o no, en los moldes del verso, la vida moderna y su lenguaje siguiendo la estela de la poesía de la experiencia; de otra, una inclinación, también natural, al neobarroquismo... El péndulo se mueve entre la poesía intimista y comunicativa, entre la sencillez y el manierismo, y se alzan voces inclasificables y/o espurias como reflejo del mundo singularmente ecléctico y polifónico que nos ha tocado vivir.

Yo disfruto mucho con esos poemas epatantes que me golpean la boca del estómago, con las imágenes surrealistas donde sigue respirando el pez de Lorca; pero no renuncio a la voz sosegada e intemporal de autores como Jacobo Cortines, quien, con Nombre entre nombres, nos sumerge en una poesía de ecos elegantes y sencillos donde el predominio del endecasílabo y la cuidada prosodia imprimen el ritmo clásico que nos ayuda a fijar nuestra atención en lo esencial, pues es en los temas eternamente humanos, la soledad, la ausencia, la muerte, el tiempo (léase el poema «Olas de ayer») y la eternidad, en los que el poeta se centra, así el ubi sunt con que nos da las «Buenas noches» como colofón de sus «Ausencias» («¡Ellos ayer tan míos! Me pregunto / ¿dónde están?, ¿dónde estoy?») o la pesadilla de la muerte en los poemas que ejercen de «Contrapunto» frente a la serenidad del resto.

Nombre entre nombres va precedido de un tríptico («Escenarios», «Ausencias» y «Contrapuntos») que apunta al poema-río que da título al libro, como el lenguaje y el tiempo se dirigen a desentrañar, al final de la composición, el nombre que se oculta entre los nombres; pues, como en el Génesis bíblico, es la palabra la que nombra y construye, «y no es posible / vivir sin nombre alguno, pues los nombres / son las cosas, los sitios, los lugares / de la tierra en que existes».

En la primera parte, los pequeños cuadros descriptivos nos muestran a un escritor de profunda sensibilidad, un pintor con los ojos abiertos a la belleza. Desde la composición que abre el libro, «Paseo», que nos invita a contemplar la Bahía enmarcada por los gráciles límites de dos cañas de pescar, nos encontramos con un caminante reflexivo que intenta remontar hacia la tierra esencial. En ese itinerario por caminos diversos recordará a quienes fueron con él y ya han abandonado la escena. Porque no pueden pasarse por alto las referencias calderonianas al teatro del mundo, desde las mismas citas (Juan Ramón, Casanova, Hofmannsthal) que preceden a cada bloque a versos que concluyen en un «pozo sin fondo, sin saber que sueño» o ese «Despertar, recordar…» de reminiscencias platónicas que centra el poema «Ahora».

Hay en este libro cierta tendencia a las estructuras binarias («Una luz rara, más que plata, plomo, / como las hojas, más que verdes, grises»), a la enumeración que toda descripción-pintura de un paisaje precisa («Los tejados, la torre, el castillo, la orilla…»), a ciertos recursos clásicos bien medidos, desde dúctiles hipérbatos hasta mansos epítetos. Tampoco falta, entre sus moldes de expresión, la referencia dialógica («Ahora sé tú quien el discurso sigas [...] Sé tú ya, pues quien hable [...] Te agradezco lo dicho y que me cedas la palabra»), apuntando a un género propio del Renacimiento que se desarrolla aquí en un coloquio interior presidido o acompañado por la naturaleza. De una parte, un campo domesticado por el hombre, ese espacio fronterizo rural en el recuerdo donde no faltan «fábricas y almacenes. Bloques destartalados». De otra, una naturaleza que invade la casa del presente, «el patio maltratado / por el tiempo inclemente y la desidia». Y también una naturaleza que germina hacia el futuro, pues, en este camino literario, humano y ancestral, el poeta recorre desde la niñez hasta el día de hoy, desde la Eva en su paraíso perdido hasta el tiempo actual y un futuro esperanzado hacia el que mira. Un tiempo cíclico en el que «una cosecha [...] a otra sustituye [...] a una generación otra sucede, / pero siempre la tierra / sigue siendo la misma».

Son obvios los homenajes a otros poetas, desde el Alberti de las «arboledas perdidas» al Manuel Machado que describió Granada como «agua oculta que llora», pasando por Muñoz Rojas y Las cosas del campo (donde nunca pasa nada, sino la eternidad) hasta llegar a la casa encendida de Rosales, pues la casa, ese refugio «que luego con los años / quedó deshabitada», esa casa que la memoria imagina y reconstruye como se erige este libro y se levanta el escenario de la obra, centra buena parte del poema «Nombre entre nombres».

La casa y su entorno se describen a veces como un locus amoenus de paz horaciana, con especial incidencia en su jardín secreto, en su espacio interior, en su corazón. Y es allí, a través del rumor de la fuente, el canto de los pájaros y el olor de las flores, donde se convocan todos nuestros sentidos, si bien es la vívida expresión de la luz y sus matices («avanza mayo con su paso firme...») donde mejor nos reconocemos, en ese juego pictórico que acentúa el poeta por su tendencia a hablarnos quedamente en la hora del crepúsculo («todo envuelto en el oro de la tarde que cae»), situándonos con él, y de esa manera, en la distancia intimista de la madurez y la nostalgia.

Llegados a este punto solo me queda recomendar la lectura de este Nombre entre nombres, un canto a la palabra genesíaca, una construcción viva que levanta, al pronunciarse, las eternas enredaderas que abrazarán las paredes de esta singular casa de los campos del Sur.

Elena Marqués

Jacobo Cortines (Lebrija, 1946), profesor, poeta, ensayista, traductor y editor, miembro de la Real Academia Sevillana de las Buenas Letras, es autor, entre otros, de los estudios Escritos sobre Fernando Villalón (1982), Poemas escogidos (1908-1961) de Felipe Cortines Murube (1983) e Itálica famosa. Aproximación a una imagen literaria (1995). Como poeta destacan sus obras Primera entrega (1978), Pasión y paisaje (1983) y Consolaciones, (2004), con el que obtuvo el Premio de la Crítica.

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