Ninguna parte

Conocí al autor de Ninguna parte a través de otra poeta amiga, María José Collado, en La Isla de Siltolá, donde al autor presentó esta obra y Motivos personales, y, aunque era la primera vez que escuchaba a José Luis Morante (por supuesto, ya aprovechamos Lola Almeyda y yo para invitarlo a La Inopia, donde se nos ofreció una segunda oportunidad de gozar de sus conocimientos y su conversación), tuve la sensación de que lo conocía de toda la vida; que su voz, amable y sincera, es de las que se vierten desde el corazón; e incluso (tengo que confesarlo) sentí cierta envidia de sus alumnos, por su amenidad y lo sencillo que te hace parecer todo. Porque también leerlo se convierte en un acto natural tras el que se sale más sabio y más conforme.

Sé que a estos libros los precede una amplia y concienzuda producción, versos que aún no han caído en mis manos y que quizás me ayudaran a entender mejor la tesitura de su voz y el camino seguido hasta aquí, pues ignoro si sus poemas anteriores eran, como estos, tan personales y profundos, tan limpios y despojados de hojarasca, tan preocupados por el paso del tiempo y sus estragos.

Mucho de eso hay en la primera sección de Ninguna parte, «Patologías», que él mismo explica como fruto de una experiencia propia. En ellos encontramos reflexiones sobre la vejez (Vista cansada), la enfermedad (Alzheimer), la muerte misma (Ahogados), en versos donde predominan los elementos binarios, a veces opuestos como modo efectivo de expresar la duda, la dificultad de elegir y decidir («No sé qué itinerario me conviene, / si el que deja constancia de huellas conocidas / o el que las traza por primera vez»). Formalmente sus periodos, largos en ocasiones, se distribuyen en abundancia de endecasílabos y heptasílabos, lo que confiere un tono clásico y de cierta solemnidad a lo cotidiano, a los objetos que nos rodean y que pueden convertirse en motivo de reflexión y, por ende, en centro del poema (Fármacos). Pero, junto a ello, observamos también una clara tendencia hacia el aforismo, especialmente como colofón estrófico y signo de su interés por la brevedad, de la que también nos habló José Luis durante la presentación (Motivos personales es precisamente un rico compendio de aforismos del que hablaré en otro momento) y que confirma con su cultivo del haiku, en el que destaca como pocos.

En la segunda parte, «Deshielo», imperan los poemas dirigidos a una segunda persona en los que tampoco falta el yo. Es el caso de Retrato, Amanecida, Carta a Dublín, Náufrago, Celos, Rostros de Jano (¿por qué aparece el dios de las puertas, de los principios y los finales?), Silencio…, hasta llegar a un nosotros en Nueva York (abundan las referencias urbanas en este tramo) o Castro, uno de mis poemas preferidos, que concluye con esta gran verdad: «la historia se repite. / Somos polvo; la primavera pasa».

Como no podía de ser de otra manera, en «Piedra caliza (epitafios)» es donde se concentran los poemas más breves, como si las palabras, al otro lado, en el silencio de la muerte, perdieran su utilidad, pues «Nada sucede aquí; / nada sucede»…

Y para finalizar, en la última parte del libro, bajo el epígrafe «Y todo lo demás», el poeta, en ese oficio artesano al que se aplica, deambula, bracea como un náufrago que muestra «la impotencia del trazo / que jamás te contiene», hace Balance de su vida, desgrana de un modo indirecto su poética (quizás sea el poema E-mail el que mejor la resuma) hasta concluir en ese Palabras sueltas que puede ser el final obligado del difícil trabajo del escritor, del que indaga en el lenguaje para intentar transmitir lo inefable, lo que transcurre en el interior de sí y, en fin, en el resto de los hombres; del que siempre busca «un lugar / para empezar de nuevo». Aunque ese lugar resulte ser Ninguna parte: un espacio de luces y sombras, de reflexión y aceptación, de lucidez y melancolía. Un espacio, con permiso de Otero, fieramente humano.

Elena Marqués

José Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956) ha sido profesor de Ciencias Sociales en distintos institutos, en uno de los cuales creó la revista Luna llena y coordinó Prima Littera. La antología Mapa de ruta (Maillot Amarillo, 2010) compendia su obra poética formada por siete libros con reconocimientos como el Premio Luis Cernuda, el Internacional de Poesía San Juan de la Cruz o el Hermanos Argensola. Entre sus obras en prosa destacan el diario Reencuentros, el libro de entrevistas Palabras adentro, y Protagonistas y secundarios, selección de artículos y reseñas sobre poesía contemporánea. Ha publicado también los libros de aforismos Mejores días (2009) y Motivos personales. (2015).

Es responsable del blog «Puentes de Papel».

 

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