Ni Real, ni Academia

Me quejo de vicio. Con la cantidad de motivos que me da el trabajo para sacar trapos sucios a mi ventana sin demasiado esfuerzo. La última, y no he tenido que escarbar mucho, escuchar una expresión despectiva como «esos de la..., no voy ni a decir Real, ni tampoco los voy a calificar de académicos» pronunciada por una persona a la que más le valía quedarse en su casa leyendo periódicos mismamente y que, por el contrario, se deja caer para defender el uso de la mayúscula en la palabra «rey» con una revista que no sé qué autoridad puede tener (por lo visto, más que la Academia) y que concluye «Por lo tanto, puedes optar por escribir rey con minúscula o Rey con mayúscula, según tus sentimientos monárquicos y lo actualizadas que tengas las normas de ortografía».

Yo presumo de tenerlas actualizadas (al fin y al cabo, es mi trabajo), y sobre los sentimientos monárquicos nada tengo que decir por estos lares; pero esa prerrogativa de que cada disciplina (en concreto algunas; todo el mundo sabe, por supuesto, que me estoy refiriendo a la noble rama del Derecho) dignifique los términos que crea lo merecen con una improcedente versal es tan obsoleta como los calzoncillos largos. Además de que, por esa regla de tres, los físicos escribirían «electrón» con mayúscula y los cocineros auparían el «pan rallao» a la categoría de un semidiós (ingrediente fundamental de la croqueta, ese manjar que no es de este mundo), y para mí que a nadie le parece una buena fórmula de comunicarse.

Quizás la mejor manera de hacerlo, el requisito adecuado para hablar sin meter demasiado la pata, es informarse previamente del asunto por tratar, elegir con cuidado la documentación que va a emplearse (no creo conveniente utilizar vídeos sobre ortografía con los acentos en busca y captura) y recordar, antes de criticar la introducción de ciertos términos en el diccionario (por cierto, *cocreta no aparece en él, por mucho que la gente saliera a criticarlo convirtiéndose así en protagonista indiscutible de ese fenómeno que ahora llaman «posverdad»), que en absoluto somos los únicos hablantes de español que hay en el planeta Tierra, y que los trabajos que emite la Real Academia pertenecen a todas las academias de la lengua española, desde Chile hasta Filipinas, así como que no somos el ombligo del mundo. Ese desprecio a someterse a ciertas normas que algunos consideran, por lo visto, la verdadera democracia es bastante estúpido. Nunca en la vida se me ocurriría imponer mi criterio a un técnico que dedica su vida a estudiar cualquier materia. Para la defensa ante un juez, uno suele recurrir a un abogado; para hacer obras en su casa, a un arquitecto; para que la lavadora vuelva a funcionar, a un especialista en esos aparatos misteriosos que nos facilitan la vida con solo apretar un botón. Sin embargo, hay una línea generalizada que tiene a despreciar a la Academia de la Lengua arguyendo que eso que hablamos es de todos, lo construimos entre todos, evoluciona a nuestro paso.

No niego esa verdad, pero tampoco podemos recoger firmas para eliminar palabras o acepciones porque nos incomodan pues igual, cuando aparezcan en un texto clásico, no sabremos dónde acudir para conocer su significado. La lengua no se hace a golpe de decreto. Bastante tenemos con someternos a desdoblar sustantivos para visualizarnos cuando las noticias nos sorprenden (bueno, lo peor es que no nos sorprenden) cada día con crímenes machistas que está claro que no remiten, cuando se nos muestran estadísticas desfavorables al nombramiento de mujeres directivas, cuando se echa a las trabajadoras de sus puestos en el momento en que deciden embarazarse. Como la semana anterior (léase la entrada J'accuse), me remito al dicho del huevo y la gallina: qué es antes, la realidad o su nombre. Además de que, volviendo a los dichosos desdobles, es imposible mantener un discurso en tales términos y nuestros políticos terminan agotados y sometidos al final a utilizar el masculino plural genérico, lo que quiere decir que en el fondo creen en su existencia.

Siempre recuerdo una arenga de cierta figura en campaña dirigiéndose a los ciudadanos y las ciudadanas, los españoles y las españolas, los andaluces y las andaluzas, incluso a los jóvenes y las *jóvenas, para terminar diciendo «por eso pido a los andaluces que voten al partido» tal, con lo cual automáticamente quedé excluida de entre sus electores, pues está claro que, si en un discurso con todos sus perejiles genéricos (sé que no significa lo que pretendo, pero se me entiende) dejo de desdoblar, el término que aparece en masculino tiene más huevos que todos nosotros juntos. Qué queréis que os diga. Me sentí harto discriminada. Solo por eso estoy por poner todas las letras de mi nombre en mayúscula acudiendo a otro eslogan famoso: «porque yo lo valgo».

Elena Marqués

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