Naturaleza

En un libro, todo debe significar, y las cinco citas elegidas como preludio a Naturaleza, primer poemario de José Iglesias, nos dan muchas pistas de lo que vamos a encontrar en él.

Ya aviso que, en contra de lo que anuncia el título, no hay flores ni árboles aquí, ni atardeceres, ni la presencia tan socorrida del mar; no recuerdo que brille la luna en ninguno de los textos. O sí, pero lo que asoma es, en el poema «COVID-19», la luna roja de los idus de marzo, que solo presagia desgracias, una luna de sangre que reaparece en el poema «Nada». Con ese nombre, imaginaos el contenido. O sea, todos esos elementos que se nos vienen a la cabeza cuando escuchamos la palabra «naturaleza», y que «tan bien» suelen lucir en un poema, no se muestran ni por casualidad. De hecho, así lo anuncia Iglesias como parte de su poética: «Pienso abatir de un golpe seco al poeta / —incluso a ti si hicieras falta— / cada vez que use, por ejemplo, la palabra / "primavera" o "luna" o "firmamento" o "lágrima / para escribir sobre el amor como si fuera un anuncio / de la empresa de perfumes Lancôme».

Pero volvamos al inicio, a esa cita de Raymond Carver que sentencia que «cuando nos movemos hacia cualquier zona del pasado se ponen en marcha las cadenas y tira de nosotros, implacablemente», lo que nos conduce, también implacablemente, a la segunda cita, esta de Pizarnik, que nos habla de la función de la poesía para exorcizar, conjurar y reparar.

No sé si Iglesias escribe poesía para hablar de su pasado, exorcizarlo, conjurarlo y, aunque eso resulte difícil, repararlo, o, en su defecto, inventarlo (porque el recuerdo es también, y sobre todo, creación). Sí puedo afirmar, porque de esa manera lo define su autor, que afronta este libro como un ejercicio de autoficción, que algunas de las 33 composiciones de Naturaleza se nutren de hechos autobiográficos (aparecen referencias a su familia, a sucesos reales que conozco de primera mano, a su cuento premiado «¿Y hacia dónde vais?», así como al acto de la escritura y a su necesidad de escribir), pero siempre para poetizarlos o ficcionalizarlos.

Y es que, aunque estemos ante un texto lírico, hay muchos elementos narrativos aquí, con una historia y, sobre todo, con el planteamiento de una escena, ya sea en un solo plano o en planos sucesivos yuxtapuestos. En esas escenas se muestra también un espacio muy concreto, generalmente urbano, de barrio obrero de los años ochenta del que hace un retrato acertadísimo, donde vive toda una «dinastía de extrarradio», junto a otras que se suceden en un hotel o en una habitación de alquiler como un signo de permanente provisionalidad, más aquellas que se desarrollan en la carretera, en el camino, en un lugar de tránsito. Y, como no podía ser de otra manera, alguna parece extraída de esos cuentos de narradores americanos que el poeta tanto admira, como, por ejemplo, en el poema «Pinchazo», donde «piensa en una ventana abierta hacia el jardín, / un jardín donde pastaba una manada de rocines altos y blancos»; o en el titulado «Fuera», en el que se nos describe una casa y a cuyo último verso asoma alguien que «permanece ahí, a la espera», como permanecemos todos nosotros inmersos en su misma desolación, pues, aunque no hay nada objetivo, esa es la atmósfera que consigue crear en sus poemas, en los que intuimos que algo importante está pasando aunque no siempre lleguemos a identificarlo. Solo podemos atender a la impresión que nos dejan esas escenas que siempre apuntan a algo distinto, que parecen esconder un significado oculto que se devela en el final, dándonos la clave, poniendo al descubierto ese cuadro, esa foto fija, como símbolo de una carencia.

A mí Naturaleza me ha servido, en primer lugar, para conocer un poco más a Pepe Iglesias, pero un Pepe Iglesias que poco tiene que ver con la cara que habitualmente muestra. El poeta que vamos a encontrar aquí es bastante más oscuro, no en el sentido de críptico, sino en el sentido de que se manifiesta, en general, en un tono amargo, decepcionado.

Sin embargo, tampoco podría decir que asuma una fórmula trágica, lo que confirma la buena elección de otras dos citas que aparecen al principio: una de Stephen Hawking, «la vida sería trágica si no fuera graciosa», que hace leer este libro con una predisposición a buscar algo de humor, aunque este sea humor negro, o más bien una burla desencantada o resignada a aceptar el mundo tal como es; y otra de Jimi Hendrix recordando que todo va a salir bien, lema que Pepe repite al final, en su último poema, titulado precisamente «Naturaleza», un poema mucho más tranquilizador que los precedentes que nos deja con buen sabor de boca y con la sensación de que ese camino recorrido desde el «Baile» de la primera parte, pasando por el «Éxtasis» de la segunda, desemboca en el «Silencio» amable de la esperanza.

Pero, sobre todo, además de para conocer un poco más a Pepe, Naturaleza me ha hecho poner los ojos en cuestiones que quizás me hayan pasado hasta ahora desapercibidas, o verlas con una mirada diferente, que es, al fin y al cabo, lo que se le pide a la poesía y en lo que el autor dice encontrarse, pues, como expresa en el poema «Notas», está en ese punto de «aprovechar el viaje al Parque Nacional Yoho para aprender a mirar».

Hay en este libro dolor y soledad, un tema recurrente aunque la voz poética se empeñe constantemente en el diálogo, que también aparece en muchas ocasiones en esas escenas domésticas llenas de trascendencia, aunque estoy pensando más bien en el inicio del poema «Ingmar Bergman», «Envía una señal si puedes oírme», que suena como una llamada de auxilio; o en ese soliloquio de «42 1/2» frente a un doloroso nicho de hormigón.

En lo formal, sus poemas son extensos y en ellos reúne elementos a veces paradójicos, enlazados a través de asociaciones de ideas, como si saltara de un lugar a otro en oraciones aisladas y algo bruscas. De hecho, puede decirse que utiliza un lenguaje prosaico, pero ese ritmo entrecortado, en el que nos presenta una realidad fragmentada (léase, por ejemplo, como caso más significativo el poema «Notas», cuyo título ya lo define), y ese, entre comillas, prosaísmo nos golpean con contundencia y son los adecuados a lo que cuenta.

Otro aspecto que salta a la vista es que Pepe se decanta por dos tipos de versos muy diferentes. Encontraremos versos breves, como fogonazos aislados que recogen a veces enumeraciones caóticas, variopintas y sorpresivas, al reunir o sumar elementos que en apariencia nada tienen que ver unos con otros unidos por un obsesivo polisíndeton, un recurso bastante eficaz para transmitir muchas sensaciones dependiendo del contexto (léase, por ejemplo, «Dolly Varden»); o, por, el contrario, versos muy extensos, versículos que conceden un tono más solemne y a veces adquieren tintes de la salmodia. De hecho, hay poemas que recuerdan a ciertas oraciones o están atravesados por ellas, por el lenguaje que se adopta en el rezo, que, con sus repeticiones que devienen mantras, tienen mucho de conjuro. Pienso, por ejemplo, en las bienaventuranzas del poema «Caballos» («Dichoso mi padre, / con su voluntad de plomo y su latir desconcertante / y su llave dinamométrica también desconcertante. / Dichoso mi padre, / que no conoce el significado de la palabra "ecuménico"»); pienso también en «Dolly Varden» como una eucaristía desacralizada en que se ofrece esa trucha, «la carne hecha adverbio», «santificado sea su vientre pálido», en un Priest Lake del que se dice «tuyo es el reino de los cielos».

Me entusiasma su uso de los símiles, originales y vivos (pongo un ejemplo del poema «Ley Seca»: «Amigos y familiares desfilaron tras su féretro / dentro de veinticuatro limusinas como veinticuatro manchas / en una radiografía de tórax»); el empleo de la anáfora y el paralelismo para conseguir ese ritmo que he comentado; la adjetivación, para la que no encuentro, aunque parezca contradictorio, un adjetivo que lo defina. Vuelvo a poner un ejemplo: «Pero no dejes de señalarme con tu dedo índice y metafísico».

Yo, por supuesto, y ya para terminar, no dejo de señalar, con mi reseña nada metafísica, este libro para vuestras próximas lecturas. Estoy segura de que me lo agradeceréis.

Elena Marqués

José Iglesias Blandón (Sevilla, 1984), escritor, periodista y editor, especialista en literatura norteamericana contemporánea, posee sendos posgrados en Creación Literaria y Escritura Creativa. Gestor cultural y crítico en prensa y radio, ha trabajado para los grupos Vocento, Planeta y Lantia Publishing, e impartido cursos y charlas sobre narrativa en distintas instituciones. Ha sido incluido en múltiples antologías, así como en diversas revistas y exposiciones multidisciplinares. Es autor de la novela Cenzontle (2016) y del volumen de relatos Uno de estos días (2013), cuyo texto «¿Y hacia dónde vais?» ganó el III Concurso de Cuentos «Alberto Fernández Ballesteros».

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