Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto

El viernes, en lugar del debate electoral a siete, número que se me hace diabólico por mucho que sea símbolo de la perfección, decidimos en casa, siguiendo una reciente tradición teniendo en cuenta que la película apenas tiene dos años, ver una de las últimas animaciones de Pixar, Coco, que se desarrolla precisamente en el Día de los Muertos. No tengo que recordar que esa factoría estadounidense no da nunca puntada sin hilo, y, a quien tiene las defensas bajas, sus creaciones terminan por asestarle un buen golpe entre la mandíbula y la conciencia. Yo lloro sistemáticamente con esta cinta ambientada en un pequeño pueblo mexicano y con Up sin necesidad de verlas, solo con recordar sus títulos y algunas escenas que deberían entrar a formar parte de lo mejor del cine clásico.

Dos son las cosas que me encantan de esta película: la Música, que esta sea el centro, la vocación de su entrañable protagonista (el momento en que toca para nosotros por primera vez la guitarra siguiendo-sintiendo la melodía con los ojos cerrados es pura emoción, y a quien no se le erice el vello es que está muerto o es un ladrillo), pues el tema de la eterna lucha entre sueño y realidad es algo que me quita el ídem; y un asunto que a todos, seguro, nos trae por la calle de la amargura: qué será de nosotros cuando demos con nuestros huesos en el camposanto. Quién nos llorará. O, desarrollando algo más la idea, la conciencia de que solo terminaremos de morir cuando ya nadie nos recuerde, lo que nos prolonga la vida apenas una generación más, la de nuestros nietos si llegamos a tenerlos. A partir de ahí, nuestra desaparición será real, cuando, al mirar nuestros rostros en las fotografías, nadie sepa ponernos nombre.

Eso es lo que empuja a muchos a quedarse en la tierra a través de sus obras; un propósito encomiable si se consigue el objetivo de perdurar por la calidad o trascendencia de estas. Aunque más bien opino, en esta hoguera de las vanidades en que nos movemos (mira, Tom Wolfe, uno que murió el año pasado y no sabemos hasta cuándo se leerán sus libros), que la mayoría de los que escriben (pongo ese caso porque es el que más cerca tengo, aunque no estoy segura de conocerlo realmente) lo hacen para alcanzar el reconocimiento ahora, para recibir lisonjas y elogios solo por levantarse y colgar en Instagram o en Facebook su gracieta o su drama diario. Porque hay que reconocer que, como vi no hace mucho precisamente en una de esas redes, o esta vez, sin que sirva de precedente, lo hemos comentado en directo unos cuantos amigos, se establece en este mundo un cambalache interesado de «hoy te reseño yo a ti; mañana devuélveme la alabanza» que termina por convertirse en un intercambio de favores y resta objetividad al elemento crítico. Y, además, en un círculo cerrado e impenetrable que no siempre reúne a las mejores plumas.

Esto me lleva a introducir aquí una sugerencia o recomendación: la lectura del libro de ensayos de Pedro Salinas El defensor, concretamente aquel fragmento en que recuerda que la crítica literaria podría ser un importante orientador para el lector si cumpliera con la función que se le supone, así como dos de los capítulos de este compendio con los que estoy completamente de acuerdo: «Defensa de la lectura» y «Defensa de la minoría literaria». Ya don Pedro por esas fechas (el libro es de 1948) se preocupaba seriamente por el desprecio con que la cultura de la prisa y la utilidad trataba al idioma. Y a la literatura. Si el pobre levantara la cabeza, se volvía a recostar en su nicho del cementerio de San Juan de Puerto Rico. Tierra, por cierto, que le inspiró sus más importantes ensayos. Precisamente porque, tras su estancia en universidades estadounidenses, volvió a escuchar la melodía de su idioma natal, acariciada, además, por la suavidad de los aires antillanos.

No sé cómo he llegado a estos lares junto al Fuerte de San Felipe, frente a esa lápida que, al parecer, ha permanecido durante años abandonada a pesar de anunciar la última morada de uno de esos escritores que seguirán viviendo por siempre entre nosotros. La cuestión es, citando otro clásico, y volviendo al inicio de mi reflexión sobre lo efímero de nuestra memoria y de nuestro paso sobre la tierra, que «todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia». Porque esas banalidades que escribimos a diario jamás podrán competir con las Soledades de Góngora ni de Machado; ni con los personajes shakespeareanos, que encarnan a todos los posibles personajes que han poblado y poblarán el mundo; ni con el viaje de don Alonso Quijano y Sancho, a cuya sombra protectora, a la de don Miguel, quizás debiéramos arrimarnos antes que a las de muchos contemporáneos que apenas se limitan a repetir, y peor, algunos episodios arquetípicos (léase al respecto mi entrada «En busca del tema perdido» en el blog Dr. Goodfellow) y a posar, sonrisa en mano, en las sucesivas ferias del libro. También esas fotos se perderán, en la maraña de las redes sociales, como lágrimas en la lluvia.

Elena Marqués

 

 

Los libros que leo

Eva mitocondrial

Desde las páginas del prefacio, en el que he tenido el honor de participar, hasta el extenso canto que cierra el libro, el poemario Eva mitocondrial, de la escritora Reyes García-Doncel, que por primera vez incursiona en el género lírico, se plantea como un viaje a la feminidad, que es como decir...
Leer más

El mar, el mar

Me sumerjo en El mar, el mar tras la lectura de un breve y subjetivo prólogo de Álvaro Pombo en el que nos explica su descubrimiento de Iris Murdoch y, por medio de su obra, de la realidad de su país. Algo que puede resultar extraño no solo porque conocer la realidad a través de la ficción apunta a...
Leer más

Diles que son cadáveres

Que un libro conduce a otro por alguna mágica relación es una afirmación incontestable. Yo, después de conocer Irlanda de la mano de Javier Reverte, me he visto abocada a viajar de nuevo por ese país y, a través de una recomendación amiga que llegaba desde México, a leer a este escritor veracruzano...
Leer más

Canta Irlanda. Un viaje por la Isla Esmeralda

Cuando alguien pronuncia el nombre de Irlanda, lo primero que me viene a la cabeza es el deambular de Leopold Bloom por los barrios de Dublín con una patata en el bolsillo. Que me asalte una referencia literaria antes que un paisaje o un olor específicos puede que se deba a que, desgraciadamente,...
Leer más

La España vacía

Que uno escriba un libro y el título que elige de encabezamiento acabe por acuñarse para describir una realidad, nada más y nada menos que para nombrar a un país dentro de otro país, debe darte un subidón como autor. Lo importante, creo yo, es que el término no termine por mal utilizarse; y que,...
Leer más

Los mejores días

No recuerdo ahora quién dijo, a mediados del siglo XX, en un momento en que se cuestionaba el futuro de la novela, que, mientras existiera la familia, dicha fórmula narrativa seguiría presente. Que esta es fuente primera de inspiración lo confirma Magalí Etchebarne en Los mejores días, pues, aunque...
Leer más

1922

Parece que hace una eternidad cuando, en el cinquagésimo primer encuentro de la Tertulia Gastro-literaria El Caldero, tuvimos la suerte de conocer a Isaac Páez a través de su novela Nowhere man (Ediciones En Huida, 2017), con la que, por cierto, fue finalista en 2014 del prestigioso Premio...
Leer más

Los relatos del padre Brown

Dejar que se asome a esta ventana del siglo XXI una figura tan anacrónica como la del padre Brown, el famoso curita-detective de Essex creado por Chesterton, puede resultar extraño; pero es que, angustiada como me sentía a veces por el confinamiento y las malas noticias, me he visto impelida a...
Leer más

Otra vida por vivir

No recuerdo si había leído alguna crítica sobre Otra vida por vivir, de Theodor Kallifatides, o, como por arte de magia, apareció el libro entre esas recomendaciones que se te ofrecen por el mero hecho de andar siempre curioseando por los estantes virtuales de internet. La cuestión es que he...
Leer más

El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo

De vez en cuando, entre ficción y ficción, resulta conveniente volver los ojos a la realidad. Porque esta, como siempre, y según reza el dicho, suele superar a aquellas. Así, la lectura de El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo, el amenísimo estudio de Irene Vallejo...
Leer más