Mi niñera fue la bruja Avería

Con Mi niñera fue la bruja Avería nos enfrentamos, más que a un libro de poemas, a una forma de estar en el mundo. Yo diría, más bien, a una forma de expresar el malestar con el mundo, donde su autora dice naufragar pues (y utilizo sus propias palabras), al parecer, «la deriva no termina nunca».

Yo tengo claro que es en la literatura, y especialmente en la poesía, en este tipo de poesía, donde NoLita Ruiz, y también Carmen Rodríguez, que creo trasparece bastante en este libro, encuentran su lugar y dejan de estar desubicadas, desnortadas; es aquí donde Carmen abandona el extrañamiento para, con la voz de NoLita, encontrarse en su salsa, pues, a pesar de no ver al mundo como un paraíso terrenal, no tiene ninguna intención de escapar de sus garras, sino dejarse caer en sus muchas tentaciones definitorias.

Nacida en los setenta, la pertenencia a esa generación, además de en el título de su nuevo libro, se le nota a Carmen en su manera personalísima de escribir. Es una forma fresca, desenfadada, absolutamente libre, con muchas dosis de ironía e incuso de gamberrismo, inmersa en la realidad cotidiana, con referencias continuas a la Sevilla que conoce, de la calle José Gestoso, la Feria de Abril y la Alfalfa de los noventa, pero también a la sombra nostálgica del Empire State (como dice en un poema, «Veo que Nueva York sigue ahí, puede que yo también») y de esta modernidad en la que nos desenvolvemos entre marcas de cosméticos, programas de televisión y el séptimo arte, muy presente en el libro.

Formado por cincuenta composiciones, el poemario no se divide en partes o secciones, sino que se presenta como un continuum, una sucesión de versos que responden a fórmulas muy distintas, con mucha experimentación, mucho doble sentido, mucho juego verbal y tipográfico.

Así, en el aspecto formal, asistimos a la descomposición de palabras en sílabas, a la elaboración de listados de términos con sonidos semejantes. NoLita Ruiz maneja con sabiduría y originalidad una serie de recursos donde no faltan la paradoja como base; la repetición, tanto fónica como sintáctica, con rimas en eco y paralelismos por doquier; la rara adjetivación, en ocasiones hiperbólica y/o surrealista; la concatenación de ideas como en un brainstorming que a veces parece responder a un proceso de escritura automática. Encontramos también en ella una tendencia bastante generalizada a la fragmentación, a un ritmo entrecortado que NoLita misma describe como parte de su poética en el poema «Ru(t)ina poética». Y son, por último, también dignos de mención las metáforas y comparaciones de toda índole, gráficas como ellas solas; y un lenguaje en el que, curiosamente, se mezcla un registro bastante familiar con términos elevados para los que a veces hace falta recurrir al diccionario.

He hablado un poco superficialmente de la forma; en cuanto a los temas, giran en torno a esa alma femenina en que el yo poético del libro se encarna. Un yo poético que se mira a sí mismo, a veces para reírse de él, en otras ocasiones para compadecerse y darse ánimos, o simplemente para describirse. Pero ese yo poético de Mi niñera fue la bruja Avería es eminentemente femenino (no he dicho feminista, que también), y en su mentalidad y su sensibilidad nos reconocemos especialmente las lectoras.

Pero volvamos a los temas. Hay poemas dedicados a llevar, o no, una vida convencional, en la que en cada momento se hace lo que se espera que se haga, como en «Esperancita por decidir», que trata sobre algo tan trascendente como quién o qué resuelve nuestro futuro; hay referencias al paso del tiempo, ese enemigo invencible; hay versos dedicados a la vida en pareja, pero también a la vida en soledad; hay una clara preocupación por el amor y su reverso.

Y a este respecto me gustaría destacar el tono de «La reina se casó con el pretendiente que menos le atraía…», pues, después de una descripción de dos personas muy libres que no dejan de ser cada una la que es, termina con el verso «Amor verdadero». Ahí lo dejo, sin querer aclarar si es un poema «serio», si hay que leerlo en sentido recto, o atravesado por la ironía; un recurso, por cierto, que ya he comentado que controla, junto al humor y el afán desmitificador. Léase al respecto «Barbie bungalow» o «Crónica de una foto de familia en el whatsapp».

Para finalizar, me gustaría referirme al último poema, donde por fin aparece la bruja Avería a través de su famosísima frase, convertida en cita, «¡Qué mala! ¡Pero qué mala soy!», que los que frecuentábamos La bola de cristal tan bien conocemos, y que yo interpreto como una concesión-burla a la poesía medida, a quien pide rima, así como una confirmación de que NoLita Ruiz prefiere la risa a la rendición.

Elena Marqués

Carmen Rodríguez (Sevilla, 1977), doctora en Filología Inglesa, ha traducido el libro de Eva Brann La música de La República: ensayos sobre las conversaciones de Sócrates y los escritos de Platón (Universitat de Valéncia, 2016), algunos artículos en la revista La torre del virrey; ha participado como coautora en los libros Humour and Tragedy in Ireland (Universidad de Málaga); tiene artículos en Clepsydra: revista de estudios de género y teoría feminista y Zero Dark City. Oceánide. 8 (2016); y como investigadora ha sido responsable del proyecto «La imagen de Andalucía en el cine contemporáneo» del Centro de Estudios Andaluces. Es autora del poemario Manhattan cani (Ediciones en Huida, 2017).

 

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