Manifiesto por la lectura

El opúsculo Manifiesto por la lectura, del fenómeno literario (entiéndase en el buen sentido) Irene Vallejo, fue concebido como preámbulo de un Pacto por el Libro demandado por el sector. Algo que dice mucho de nuestro país, que haya que incitarnos a sumergirnos en un texto y recordar las múltiples ventajas que un acto tan simple nos reporta. Aunque no quiero tirar muchas piedras a nuestro tejado porque imagino que no somos los españoles los únicos a los que hay que «obligar» a pasar, una tras otra, las páginas de cualquier obra, existiendo Netflix, HBO y tantas plataformas de entretenimiento (y cito a Vallejo: «Guy Debord afirmó que nuestro tiempo nos empuja a ser más espectadores que lectores»; algo, creo, constatado y constatable) y esa nueva escala según la cual no eres nadie si no tienes opinión sobre Gambito de dama o The Crown, por poner un ejemplo aunque tengo otros, como Marx (Groucho, claro) tenía sus principios, variables según el gusto del interlocutor. Pero, como decía Sáenz de Buruaga al terminar la emisión de las noticias, «así son las cosas y así se las hemos contado».

Por eso, y también para ser fiel a la verdad, me gustaría hacer notar y celebrar que las cifras de lectores van aumentando cada año según los baremos que esa misma Federación de Gremios de Editores de España que realiza a Vallejo el encargo de redactar tan entusiasta declaración de amor nos aporta. Posiblemente esos datos presentados por la FGEE, que son de 2019, habrán mejorado el año que intentamos dejar atrás, pues el confinamiento nos ha anclado en casa en compañía de nuestras estanterías; y si, como comenta la antropóloga Michèle Petit (eso está recogido en el Manifiesto, no es de mi cosecha, ni mucho menos), después de una catástrofe los hombres nos refugiamos en los libros como lugar donde reconstruirnos, 2020, annus horribilis y catastrófico donde los haya, ha debido lanzarnos a ellos de cabeza.

Bueno, a lo que iba. En este texto de apenas sesenta páginas Vallejo vuelve a hablarnos de ese pequeño-gran invento que nos salva, sobre todo de nosotros mismos, y que existe porque, recuerda, aunque somos una especie frágil, gozamos de dos facultades poderosísimas e inagotables, la imaginación y el lenguaje, lo que nos lleva a explicarnos con historias, a poder vivir en distintos universos, a elevarnos sobre nuestras carencias, a aprender a dialogar (lo que repercutirá en la sociedad y en una mejor vida democrática), a entender al otro, a ser otro.[1]

Yo, sin embargo, que no soy en absoluto optimista, veo que todo este hermoso discurso hábilmente dispuesto para convencernos de que haríamos bien en recuperar o reforzar el hábito lector peca de cierta ingenuidad, como la de concederle a la belleza un poder que, desgraciadamente, nadie ha demostrado aún que tenga; la de otorgarle a la palabra una potencia mayor que la de cualquier ejército. Es un tópico referirse a los versos de Celaya y no lo haré. Solo expondré aquí algunas de esas ventajas (también obvias para mí, pero que no deben serlo tanto si hay que recordarlas), destacadas por Irene (sé que referirse a un autor de esa manera no es fórmula adecuada, pero me gusta pronunciar así su nombre, pues es el de mi hija, y es griego, como el mío, y significa algo que nos hace mucha falta), que aporta la lectura, como el retraso en la aparición de enfermedades degenerativas como el alzhéimer; un mejor desarrollo neurocognitivo que se manifiesta en una mayor claridad de expresión y superiores rendimientos académicos (en un mundo tan utilitario, solo eso debería bastar para convencernos); la recuperación, en estos tiempos acelerados, del placer de la calma; el conocimiento de todos nuestros conocimientos, pensamientos y experiencias de todas las épocas, de toda nuestra Historia; y, por qué no, el movimiento de nuestras conciencias, la llama de la revolución (así he entendido yo la cita de García Lorca), de la resistencia, y la esperanza en el futuro.

En fin, que, como devoradora de palabras que soy, y generadora de textos que se perderán en la noche de los tiempos, me alegra haber iniciado el año con esta obra que deseo tenga la difusión que el tema merece y cuaje de verdad en ese Pacto por el Libro y la Lectura que la Cultura necesita.

Elena Marqués

Irene Vallejo (Zaragoza, 1979), doctora en Filología Clásica por las universidades de Zaragoza y Florencia, es autora de las novelas La luzsepultada y El silbido del arquero. También ha cultivado la literatura infantil y juvenil. Colabora con el periódico Heraldo de Aragón. Fruto de ese trabajo ha publicado dos libros recopilatorios de sus columnas semanales, El pasado que te espera y Alguien habló de nosotros. Con El infinito en un junco, su ensayo literario sobre el origen de la escritura y los libros, ha recibido, entre otros, el Premio Ojo Crítico de Narrativa.

 



[1] Me encanta la cita elegida de Vargas Llosa para alumbrar este último punto: «la vida, injusta, nos obliga a ser siempre los mismos, cuando quisiéramos ser muchos, tantos como requerirían para aplacarse los incandescentes deseos de que estamos poseídos».

 

Manifiesto por la lectura

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