Lunes

Desde que se publicara el Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declaró el estado de alarma, parece que nos hemos sumergido en una extrañísima irrealidad, en una película de ciencia ficción, en una distopía de la que esperábamos despertar en algún momento para continuar con nuestras rutinas y nuestras vidas como si nada. De hecho, si ahora estamos así, creo, humildemente, es porque hemos sido poco humildes, porque nos sentimos intocables, poderosos, lejos de toda catástrofe, cuando está demostrado que el hombre es un saco de piel y huesos que se derrumba a las primeras de cambio.

Por desgracia, nada más real que los fallecidos en la pandemia, los familiares rotos por no poder acompañarlos en el tránsito, los sanitarios desbordados y sin protección enfrentando sin armas lo desconocido, las residencias de ancianos arrasadas por algo peor que un tsunami, las críticas y contracríticas a la criticable gestión del Gobierno. Y, desde luego, nada más real que el miedo, esa incontrolable sensación capaz de hacernos decir cosas espantosas. Como sugerir a un trabajador esencial que se ha encargado de que a los más o menos felizmente confinados no nos falte de nada mientras nos dedicábamos a fabricar farolillos con que adornar el balcón para la Feria imaginaria que se vaya de su casa por ser posible foco de infección. Quiero achacar ese tipo de memez por parte de cualquier convecino poco empático al temor real de que un agente infeccioso microscópico que se propaga con la misma facilidad que los bulos se cebe en él o en su entorno, no a la maldad intrínseca del ser humano, que da para demasiados capítulos de un libro no tanto de ciencia ficción como de terror stephenkinguesco.

Yo no soy hipocondriaca y reconozco que no he caído en la neurosis obsesiva de ver el peligro en todas partes. Aparte de que, siguiendo obediente las instrucciones, he evitado en lo posible las salidas, y hasta cuando he bajado la basura me he sentido fuera de la ley.

La cuestión es que hoy, 27 de abril, cuarenta y tantos días después de que la pesadilla empezara a concretarse, que ya se había desatado mucho tiempo atrás en, para nosotros (y siguiendo con remedos cinematográficos), una galaxia muy, muy lejana, comenzamos a sentir que las cosas pueden regresar a su cauce como están volviendo en otras partes del mundo. Ayer se abrieron las puertas de las casas para que los niños salieran un poco a la calle; el día 2 de mayo, si todo va bien («facciamo finta che…»), por fin sacaremos nuestros chandalitos (los que aún quepamos en ellos) para poder caminar y/o hacer deporte. Se plantea desde hace un tiempo cómo será la famosa desescalada, palabra inexistente hasta ayer mismo que ahora se ha convertido en una de las más empleadas por la ilusión que contiene, como «vacaciones», «verano» o «viaje»; términos que, por el contrario, se van oscureciendo pues los vemos lejanos e improbables. Como si ya no fueran de este mundo.

Porque, cuando hablamos de «normalidad», nos damos cuenta de que es un concepto por redefinir. Si la normalidad va a significar que tendremos que llevar mascarillas y guantes para siempre o durante una semana, como en un destierro pronunciado por Peter Pan; que no podremos apretujarnos en los asientos de un vuelo de Ryanair; que en el cine será imposible compartir palomitas o que para ir a la playa habrá que encapsularse en metacrilato…

Es cierto que el ser humano tiene una capacidad de adaptación que admira o que asusta, según sea el ánimo con que uno lo enfrente. Hemos sobrevivido a guerras, a otras epidemias, a catástrofes naturales, a pavorosos ataques terroristas. Hemos ajustado nuestras costumbres y aprendido a viajar con cien mililitros de champú, que ya digo yo que no da para mucho si tu hija ha decidido portar la cabellera de Pocahontas. Pero eso de no poder abrazarse cuando uno vuelve de una estancia en el extranjero y de guardar la distancia social, lo que parece un oxímoron de lo más obvio, a los más besucones (y los mediterráneos lo somos un poquito) nos va a costar un rato.

En fin, todo se andará. En mi caso me gustaría que la normalidad me devolviera las ganas de escribir, que es algo que me ha abandonado durante el confinamiento mientras asistía al entusiasmo creativo de mi entorno.

Yo me alegro de que algunos hayan podido invertir su tiempo en iniciar una novela o terminar un poemario (no sé si después nos alegraremos de verdad, y si habrá papel suficiente en el Planeta para todo lo escrito en estos días), pero a mí las noticias diarias me han nublado el entendimiento, si es que alguna vez lo he tenido despejado, y he preferido dedicarme a otras tareas, entre las que incluyo la limpieza de cristales y la ingesta de biscochos hechos por nuestra Pocahontas particular. Y, por supuesto, y como habéis comprobado en lunes anteriores y seguiréis comprobando mientras me dure el ánimo, leyendo, que es el mejor modo, aunque parezca mentira, de despertar a la extrañísima realidad.

Elena Marqués

 

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