Los recuerdos de Facebook

Hace doce años que Facebook entró en nuestras vidas. Y, si quitamos la parte negativa, como que sirve para creerse que uno no está solo cuando lo que hace es acumular cientos de amigos virtuales a los que apenas conoce; para permitirse ciertos desahogos que, a la postre, resultan tan molestos; para que la gente acabe peleando por quítame allá una opinión política o para presumir de vacaciones felices colgando fotos con sonrisa profidén, en algunos otros asuntos es ciertamente útil. Por ejemplo, para avisarte de los cumpleaños de todo el mundo y quedar como una reina y sustituir esa frágil memoria que, no solo por la edad, sino por las múltiples ocupaciones en que generalmente nos desenvolvemos, se nos debilita.

Hoy, la red social me ha querido recordar que, tal día como este (san Fernando para más señas, patrón de mi ciudad), recogía hace seis años mi primer premio en Granada por un relato que ahora, si leyera, seguro no me gustaría; pero que me ayudó a creerme por un momento que podía conseguirlo.

Sí, hoy hace seis años que hablaba por primera vez en público para agradecer que un jurado considerara lo que escribía de cierto interés; que, con la boca seca y un vestido que ya no me cabe, leía un fragmento ante un auditorio sonriente que me felicitaba por haber llegado allí, mi primer escalón, sin imaginar que tiempo después presentaría una novelita, y después otra, y que incluso me lanzaría a escribir poesía y a ganar también algún premio en ese género que sigo considerando tan complejo. Que prologaría más de un libro y sería la editora literaria de otro; que participaría en antologías y me sentaría, abanico en mano, en una caseta en la Feria del Libro a firmar ejemplares.

Quien lo ve desde fuera puede pensar «qué suerte», pues todo lo enumerado hasta ahora resulta agradable, no lo niego; incluso para gente como yo a la que le gusta poco hablar y que por eso escribe. Por eso y porque es la mejor forma de no estar solo, de crearse amigos-personajes virtuales que acaban por hacerte compañía, a los que les tomas cariño, ya sean generales, poetas desdichadas o pintores de medio pelo.

Me siento afortunada de lo vivido en estos seis años y espero que aún queden más libros por presentar, no sé si algún otro premio del que disfrutar; pero, por encima de todo, muchas palabras que combinar y defender en unos tiempos en que la lengua española se ve tan maltratada en nuestra tierra; en que el oficio de corrector (sale mi otra faceta) se ve inútil o se ignora, pues todo el mundo sabe escribir, o eso cree, o simplemente piensa que un texto se entiende sin un solo signo de puntuación. No digo yo que no, pero para eso existen: para marcar las pautas de respiración, para crear una estructura, para señalar la dependencia de unas oraciones con respecto a otras y que el texto en cuestión no solo lo comprenda el que lo ha escrito (eso va de suyo, pues de su pluma sale), sino cualquier receptor medio con dos dedos de frente aquí y al otro lado del Atlántico, donde nuestro idioma se cuida y se respeta mucho más. «La lengua de Cervantes», se dice con orgullo. Y a veces uno suspira pensando «si don Miguel levantara la cabeza...».

Pero no, a pesar de mi afición por los fantasmas (ficticios siempre), dejaremos a nuestro autor más universal en paz y nos quedaremos aquí, en 2016, y disfrutaremos de él y de cada una de sus citas literarias; seguiremos escribiendo y «probando suerte» o más bien dejándonos la piel en este oficio maravilloso que no ha de morir (espero que el de corrector tampoco), pues siempre habrá quien necesite escuchar versos perversos sobre la cubierta azul de un barco a la deriva, o la historia del preso de la 314 y sus manías matemáticas, o la de la frívola Armandita Leal, señora de Casal, que tanto juego ha dado y que aún hoy andará viendo, desde el lindero de su jardín, a una salamandra riente vomitando sus enseres por las fauces abiertas.

Eso es lo que espero: que, si Facebook nos sigue acompañando, me recuerde esta singladura tan hermosa que empecé hace seis años con nuevos personajes que aún duermen esperando la mano que los mueva.

Elena Marqués

Los recuerdos de Facebook

Recuerdo o ilusiòn?

Precioso, Elena. Qué placer leerte. Y qué paladeo de toda tú en tu palabra. Pero uno ya tiene una edad y no se resigna a meter ya el facebook en el desván de los trastos y de los baúles polvorientos. Para mí el facebook es aún un juguete brillante con mecanismos ocultos que me sorprende cada día y me pone cara de niño iluso e ilusionado... !! Qué se le va a hacer, no tengo remedio!!

Nuevo comentario

Los libros que leo

La España vacía

Que uno escriba un libro y el título que elige de encabezamiento acabe por acuñarse para describir una realidad, nada más y nada menos que para nombrar a un país dentro de otro país, debe darte un subidón como autor. Lo importante, creo yo, es que el término no termine por mal utilizarse; y que,...
Leer más

Los mejores días

No recuerdo ahora quién dijo, a mediados del siglo XX, en un momento en que se cuestionaba el futuro de la novela, que, mientras existiera la familia, dicha fórmula narrativa seguiría presente. Que esta es fuente primera de inspiración lo confirma Magalí Etchebarne en Los mejores días, pues, aunque...
Leer más

1922

Parece que hace una eternidad cuando, en el cinquagésimo primer encuentro de la Tertulia Gastro-literaria El Caldero, tuvimos la suerte de conocer a Isaac Páez a través de su novela Nowhere man (Ediciones En Huida, 2017), con la que, por cierto, fue finalista en 2014 del prestigioso Premio...
Leer más

Los relatos del padre Brown

Dejar que se asome a esta ventana del siglo XXI una figura tan anacrónica como la del padre Brown, el famoso curita-detective de Essex creado por Chesterton, puede resultar extraño; pero es que, angustiada como me sentía a veces por el confinamiento y las malas noticias, me he visto impelida a...
Leer más

Otra vida por vivir

No recuerdo si había leído alguna crítica sobre Otra vida por vivir, de Theodor Kallifatides, o, como por arte de magia, apareció el libro entre esas recomendaciones que se te ofrecen por el mero hecho de andar siempre curioseando por los estantes virtuales de internet. La cuestión es que he...
Leer más

El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo

De vez en cuando, entre ficción y ficción, resulta conveniente volver los ojos a la realidad. Porque esta, como siempre, y según reza el dicho, suele superar a aquellas. Así, la lectura de El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo, el amenísimo estudio de Irene Vallejo...
Leer más

Como si existiese el perdón

Siguiendo la recomendación del escritor Ignacio Arrabal, con quien comparto amistad y gustos literarios, me he bebido de un solo trago Como si existiese el perdón; una pequeña gran novela de la escritora argentina Mariana Travacio que nos traslada, a través de escuetos capítulos y con un estilo...
Leer más

El padre-hijo (de Sharon Olds)

Nunca me he atrevido a reseñar a Iván Onia. La razón es bien simple. No hay que leer lo que alguien, sorprendido e incapaz de transmitir mínimamente la punta del asombro, dice sobre Iván. Hay que leer a Iván, cada uno de sus libros. Hay que escucharlo. A mí me gusta verlo en directo, con su acento...
Leer más

No entres dócilmente en esa noche quieta

No sé si adentrarse en un autor con tan larga trayectoria a partir de su última publicación sea lo más adecuado. Ignorar su obra anterior, la que lo ha conducido hasta aquí, priva de herramientas para conocerlo, para contextualizarlo, para analizarlo. Sin embargo, sospecho que este No entres...
Leer más

El loco de la calle

Con Sevilla como protagonista, inmortalizada en un barrio popular en torno a una inexistente pero simbólica plaza Cervantes (quién sino el creador del más insigne cuerdo de la literatura para presidir estas narraciones) que se extiende, como un pequeño y universal microcosmos, bajo un mismo cielo,...
Leer más