Los ojos vendados

Con Los ojos vendados inicio mi aproximación a la escritora estadounidense Siri Hustvedt. Se trata, además, de su ópera prima, publicada en 1992 y reeditada recientemente por Seix Barral. De hecho, algunos elementos con los que he tropezado en su lectura me parecen un poco bisoños (detecto cierto apresuramiento en la conclusión), aunque son muchas más las cualidades que los puntos débiles de esta novela que, siguiendo los dictados de la contemporaneidad, o más bien la posmodernidad, se construye de una forma fragmentaria y con una voz poderosa y singular, eficaz, valiente y femenina.

Nos encontramos ante una protagonista joven, en formación, trasunto de la escritora en algunos aspectos (su nombre, Iris, resulta de una inversión del de la autora; y ambas, de Minnesota, estudian literatura en la Universidad de Columbia, lo que remite de algún modo al subgénero tan en boga de la autoficción), que se enfrenta, en la ya de por sí caótica ciudad de Nueva York, a la no menos complicada tarea de sobrevivir por medio de extravagantes empleos (las alusiones continuas a los apuros económicos que atraviesa se complementan con la visión real de su casi dramática indigencia en algunos momentos)[1] y, lo que es aún más complejo, a construir su identidad. A través del encuentro con sucesivos hombres, extraños e inquietantes, del mundo de la cultura y el arte, incluso alguno bastante equívoco en apariencia y sexualidad (me refiero en concreto a Paris, cuyo nombre solo puede ser un nuevo fingimiento), desde el señor Morning, dedicado a reconstruir la figura de una mujer muerta por medio de la descripción de algunos de sus objetos personales («estoy husmeando en la esencia misma del mundo inanimado. Algo así como una antropología del presente», afirma), hasta el profesor Rose, que, literalmente, la llevará a arrancarse la venda de los ojos[2], Iris Vegan indaga en sí misma, tropezando a cada instante, atravesando etapas duras de dolor, enfermedad y confusión. A esa sensación de desconcierto contribuyen la propia estructura del libro, cuyos capítulos, numerados del «Uno» al «Cuatro», bien podían considerarse como relatos independientes; la ambigüedad que se extiende sobre el orden de los acontecimientos y en la interpretación que de ellos hace la misma protagonista; algunas de las máscaras que esta elige para camuflarse (el apellido que utiliza ante el señor Morning; el disfraz de Klaus, que apunta a una posible ambigüedad sexual como punto obligado en la construcción de la personalidad); y el clima de la costa este, con su calor asfixiante de agosto, la lluvia desquiciada de los otoños y la nieve persistente del invierno, que consigue transmitirnos la autora en sus plásticas descripciones de espacios y sensaciones y como trasunto de su propio malestar físico, al que también presta una necesaria atención como componente importante de la trama. A esta atmósfera de confusión se suma que la narradora, en primera persona, está remontándose al pasado (ocho años han transcurrido desde entonces). O sea, que cuenta desde el movedizo terreno del recuerdo.

Uno de los momentos más significativos de esa desorientación personal en la que Iris se desenvuelve se produce en su contacto con George, «un artista que tomaba fotografías», cuando, tras hacerle un retrato fragmentado e irreal (así lo aprecia ella), la protagonista no solo no se reconoce, sino que su contemplación le provoca esa abertura (como «un agujero negro» lo describe en varias ocasiones) hacia el abismo en el que termina sumergiéndose[3]. Ese episodio, que culmina en un hospital psiquiátrico, es narrado como una verdadera bajada a los infiernos que, de hecho, la conduce a un endeudamiento económico difícil de asumir y que continúa en el deambular por la noche y sus garitos, en su transformación en voyeur y en su absoluta degradación moral, como el mismo George en su persecución artística y el protagonista infantil de la novela que traduce.

Pero lo más valioso del libro, aparte de la originalidad y fuerza de las imágenes, del estilo y la voz de la autora, que ya auguraban su trayectoria y sus premios, son las profundas reflexiones sobre temas como la construcción de la personalidad, en la que concede gran importancia al nombre como signo de identidad (en la invención del apellido Davidsen para «protegerse», en esa mentira preliminar, ve «el inicio de todo, una especie de puerta a mi inestabilidad»), el miedo a la verdad y a la locura, la inseguridad, el sufrimiento, el dolor, la crueldad, el peso de la memoria en los objetos, la aprehensión del conocimiento a través de sus signos fragmentados, la comunicación (ninguno de los hombres con los que tropieza se expresa y se muestra con claridad, y la oración «estaba convencida de que sólo si era capaz de verbalizar mi enfermedad en todos sus aspectos podría facilitar a un oído entrenado la pista para sanarme» no puede ser más clarificadora), el amor, o más bien el deseo, la soledad entre la multitud (una sensación, si se me permite, muy neoyorkina)... Y uno de mis temas favoritos: las nubladas fronteras entre realidad y ficción, los inciertos paralelismos entre la literatura y lo que sucede fuera de ella (¿no hay una clara correspondencia entre el Klaus del libro alemán y el que recorre disfrazado de hombre el último capítulo de este libro?). No es gratuito que la protagonista dedique parte de su tiempo a la escritura del ensayo Ficciones dentro de la ficción: El destino de la Dorothea Brooke de George Eliot, ni que sus migrañas le produzcan alucinaciones sobre las que, dice, «mientras suceden estoy convencida de ver la verdad». Ni que a veces nos distinga si está dormida o despierta, si inventa o recuerda. Si no es todo producto de su imaginación.

«Tendría que habérmela contado (la historia) directamente en lugar de hacerlo a base de insinuaciones», dice en un momento dado Iris Vegan. Sin embargo, eso es lo que precisamente hace Siri Hustvedt en el libro Los ojos vendados: insinuarnos que la verdad no existe y que nosotros solo nos limitamos a interpretarla. Y también, por supuesto, que somos seres fragmentados, ambiguos e inaprensibles («el hecho es que la señora O. no era una sola persona, sino muchas, y nadie sabía quién era en un momento dado»). Y la fórmula elegida por la escritora de Minnesota es la más acertada al subrayar la única verdad de esa realidad cambiante y poliédrica.

Elena Marqués

Siri Hustvedt (Northfield, 1955), poeta, novelista y ensayista, premio Princesa de Asturias de las Letras 2019, es autora, entre otras, de la novela El hechizo de Lily Dahl (1996), Todo cuanto amé (2003) y Recuerdos del futuro (2019). Los ojos vendados es su primera obra de ficción.



[1] Por otra parte, no creo que sean impensados los trabajos que realiza la protagonista, pues en ellos actúa como intérprete, tanto al tratar de describir los objetos que le ofrece el señor Morning como en la tarea de traducir la novela alemana conjuntamente con el profesor Rose. De esta manera, tanto ella como la autora se convierten en intermediarias entre distintas realidades a través de la escritura. Tampoco creo que sea casual que el tema del azar, de los encuentros casuales, aparezca en un libro de la compañera de Paul Auster, a quien hace más de un guiño en esta obra.

[2] De ahí el título de la obra. Iris Vegan se mantiene con los ojos vendados hasta el último capítulo, cuando físicamente consigue arrancarse ese fular que, aunque en principio formaba parte de una divertida anécdota, termina con una nueva ruptura dramática y la apertura a otra etapa, que permanecerá ya oculta para el lector, en la vida de la protagonista.

[3] El reconocimiento de esas grietas aparece preludiado en la escena en que Iris se asoma al espejo que debe describir en el primer capítulo («mientras miraba me entraron arcadas y una sensación de desmayo»), como si intentar comprenderse le produjera esa reacción adversa.

 

Los ojos vendados

"desde mi ventana"

Hay ventanas para mirar hacia afuera. Pero hay otras que nos invitan a mirar su adentro. Las luces de mi ventana penetran hasta mi cama, se pegan a mi pel. Algunas huelen a jazmines, otras me acarician. Amo a mi ventana, la que se abre por las mañanas, la que cierra sus ojos por las noches descubriendo mis dolores de viejo. La de la soledad también me cobija. Es el espacio en mi cama y en él me refugio cuando cierro la ventana para pensar en ti. No quiero vivir sin ventanas

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