Los ángeles fríos

Superada la cuestión bizantina del sexo de los ángeles, no imaginaba que su temperatura pudiera plantear también alguna controversia. De hecho, habría apostado por cierta calidez ingénita a la esencia espiritual de estos servidores de lo divino.

Por eso, el solo título del último libro de poemas de Rosario Troncoso apunta a mucho de lo que encontraremos en él. Como reza la contracubierta, la poeta nos va a situar en un espacio limítrofe («somos almas fronterizas», comenta en «Ghosting») entre esos dos elementos cernudianos de la realidad y el deseo. Habrá que recorrer la totalidad de sus páginas para saber si existe, en la eterna y desigual contienda, un ganador.

Yo creo que lo hay, y es el lector al encontrarse con una existencia que le atañe, con una búsqueda que no acaba, con una cotidianidad que lo traspasa y que trasciende lo nombrado. Léase, por ejemplo, «Un olvido», símbolo de tantos olvidos; léase «Tardes de visita», triste y veraz cuadro de lo que nos aguarda en la vejez.

Con la sincera aspiración de apuntar a la verdad (aunque a veces la poeta finja y sonría y disimule el fuego, como hace en «Instinto»; aunque intente engañar a Dios en «Que ames tú» al negar la melancolía), Troncoso nos sumerge en una emoción honda, en un temblor (es un término, junto a sus derivados, muy presente en el libro) que no se desborda en grito, sino en aceptación y madurez (por dos veces se repite el sintagma «en la calma» en su primer poema); dos elementos que solo el Tiempo, ese «caprichoso verdugo de los pájaros» al que dedica especialmente su poema homónimo, trae consigo.

De ahí que podamos afirmar que es el Tiempo uno de los protagonistas del libro (no es casual que se inicie con el poema «Las edades del sol»), el hilo conductor que teje la red personal donde se balancean en equilibrio un yo y un tú (a veces un «nosotros») en los que la distancia se hace física, según se comprueba en la aparición, en ese mismo poema, de sus correlatos posesivos en el primer y el último versos respectivamente. El tiempo, esa realidad efímera (léase «Carnaval», con mayor atención, si cabe, su colofón: «Lo más perfecto, lo único importante, / es tan inconsistente y fugaz / como la huella de su sueño»), inevitable y repetida, establece sus límites y sus finales («Otra vez agosto en pedazos», explica en «En las raíces») y se hace presente en un pasado ya pasado (léase «Visión») que trae consigo la frialdad (no pase esto desapercibido) de la desmemoria, frente a la calidez («Para ella tu calor», «Cuánto frío de pronto») del amor.

Sin embargo, de ese transcurrir irrecuperable en el que no faltan alusiones a la pérdida y la derrota, a la fragilidad, emerge una poeta fortalecida. Léase al respecto, por ejemplo, uno de los pocos textos con apariencia de prosa que intercala en este libro, «Los tiempos perdidos», de los que se dice que «el frío los conserva para que brillen en el cielo limpio y nocturno. Saber mirar hacia arriba es un arte que se aprende con el tiempo, cuando se agotan el impulso y la inocencia. Alzar la vista, trascender la tierra, es cuestión de habilidad e instinto, como florecer» (el subrayado es mío, aunque es digno de remarcar todo el texto).

La reproducción de estos versos me sirve para confirmar que técnicamente hay composiciones impecables en las que fondo y forma constituyen un solo organismo, como el haz y el envés de una hoja. La pulcritud en la elección de los términos dentro de un mismo campo semántico consigue crear el ámbito donde se desarrollará el poema, con referencias a la apariencia y la desaparición que se observa en títulos como «Ghosting», «Visión» o «Luz virtual» y en determinados términos («espectro», «disuelve» o «parece») que nos recuerdan de nuevo el territorio inestable en el que nos movemos.

La exactitud léxica se desenvuelve en poemas breves, incluso en fórmulas cercanas al haiku (el poema «Plegaria» concluye con uno), a las que se suman estructuras sintácticas sencillas que a veces se interrumpen («Para qué la piel») o se deslizan por un infinitivo impersonal que, como tal, nos incluye («Brillar un solo día [...] Ser de nuevo redonda», recuerda en «La niña de las fotos»; «Acertar siempre en las sospechas», en «Sordidez», quizás, valga la redundancia, su poema más sórdido), así como con frases nominales que, en su valiente desnudez, perfilan un estado de ánimo, como en el caso de «Inventario», más fórmulas bimembres, frecuentes en los Relámpagos (Norbanova, 2019) de la autora («Un relámpago» se llama un brevísimo poema sobre nuestra común orfandad), que en ocasiones suman y en otras niegan, y que en cualquier caso ofrecen buenas perlas filosóficas. Todos estos recursos sirven para expresar las contradicciones en las que vivimos, las que hacen a Troncoso decir que apenas somos una «sombra perpleja» que proyectan nuestros huesos angélicos[1].

Y, ante esta realidad, ¿cuál es la solución que adopta Troncoso? El refugio del silencio, espacio para la reflexión y el aprendizaje.

Por ello no puede ser más acertada la cita de Sònia Hernández en «Los tiempos perdidos», «Es en el silencio donde mejor me reconozco», pues, aunque en ocasiones «la voz de dentro asusta», hay que escucharla.

Posiblemente sea por ello, y por la ternura de su faceta de madre, inextricablemente unida a la condición de poeta, por lo que estos ángeles fríos de Rosario Troncoso concluyen con el silencio del sueño infantil en el poema «Helena», con cuyos últimos versos y la recomendación de que no dejen de leer esta pequeña joya podría bien terminar esta reseña: «Helena nunca quiere dormir sola. / Acaricio sus manos / y entonces todo calla de repente».

Elena Marqués

Rosario Troncoso (Cádiz, 1978), poeta, editora y profesora de Lengua y Literatura Españolas, colabora habitualmente en diversos medios de comunicación y escribe artículos en Diario Bahía de Cádiz o en La Voz del Sur. Directora de las revistas El ático de los gatos y El ático de los gatitos, ha publicado, entre otros, Huir de los domingos (Padilla, 2006), Nuestra orilla salvaje (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2017) y Relámpagos (Norbanova Editores, 2019).



[1] Son muchas las alusiones a ese concepto platónico de la sombra. Basten estos dos ejemplos: «se empeña mi sombra en bailar con un cadáver»; «atados a las sombras conocidas / creemos respirar».

 

Los ángeles fríos

No se encontraron comentarios.

Nuevo comentario

Los libros que leo

El aire de Chanel

Que a mí el mundo de la moda me interesa más bien poco no tengo ni que decirlo. Basta verme andar por esas calles de Dios con pantalones heredados de mis hijas, camisetas agujereadas por el gato y el pelo siempre cortado y/o recogido en función exclusivamente de mi comodidad. Los zapatos, ni los...
Leer más

Yo, mentira

«Antes observaba los coches que paraban a nuestro lado en los semáforos y me asustaban esas parejas que no hablaban entre sí. Solía reírme de ellas para disimular. Ahora, en el nuestro, la única voz que suena por encima de la radio es la del GPS palpitando desde los altavoces». Con estas palabras...
Leer más

Historia de una novela

Que Thomas Wolfe es uno de los escritores más grandes del siglo xx nadie lo pone en duda. Que es posible conocerlo más o menos bien a través de su obra, extensa a pesar de su corta vida, tampoco se nos esconde. («Como ya he dicho, tengo la convicción de que todo trabajo creativo serio debe ser en...
Leer más

Eterno amor

Que el manejo de la brevedad es un don lo estoy comprobando en estos días. Y que la concentración poética solo puede ser beneficiosa para un texto como este. Es admirable la forma de encerrar, en unos pocos términos bien elegidos, todo un universo; de describir, por ejemplo, con cuatro pinceladas...
Leer más

"Al final del miedo", de Cecilia Eudave, o cómo sortear el vacío

Hace poco, en una charla con cuentistas de la talla de Andrés Neuman, Antonio Ortuño, Eloy Tizón y José Ovejero, alguno de los asistentes se interesó por la fórmula para trabajar un libro de relatos, si estos podían ser independientes o era recomendable (aunque nunca hay reglas, eso está claro)...
Leer más

Salir, salir, salir...

Soy especialista en tristezas. En ocultarlas. En intentar sortearlas. Como buena (o mala) parte de la humanidad, he tomado Prozac. Me he sentido sobrepasada por las circunstancias. Con absolutas ganas de morirme. Pero posiblemente, aunque lo hubiera intentado, no habría sido capaz de escribir un...
Leer más

Contra la España vacía (que no contra España)

«Entiendo mis libros como parte de un esfuerzo centenario por explicar el país en el que vivo», comenta Del Molino en su introducción a Contra la España vacía. Muchas vidas le harían falta al escritor y periodista aragonés para poner algo en claro. Aunque pienso que en este último ensayo disipa...
Leer más

Aunque pensemos como Celaya

La entrada en un nuevo año siempre resulta ilusionante. No pregunten por qué, pero tendemos a celebrar un simple giro en el calendario como si fuera a traer la solución definitiva a nuestros asuntos. (Léase al respecto el primer poema de este libro que pretendo reseñar). Pero en esta ocasión el...
Leer más

¿Por qué no te callas?

En un mundo lleno de ruido, bien nos viene que alguien, de vez en cuando, nos haga callar. Porque posiblemente muchos de nosotros, pseudoescritores, pseudopoetas, casi pseudópodos en muchos aspectos por eso de arrastrarnos para que nos echen cuenta, somos los que más sobramos en esto de escribir y...
Leer más

Canción. Noticia de un secuestro (y II)

Conocí a Eduardo Halfon a través de su libro de relatos El boxeador polaco y la recomendación de mi amigo Carlos Torrero. Andábamos (o todo lo contrario) confinados por la pandemia y su lectura me permitió viajar entre Belgrado y la música de Milan Ravic, entre el Halfon escritor y el Eduardo...
Leer más