Libros y felicidad(es)

Creo que no lo he hecho nunca. Eso de seleccionar los libros que más me han gustado durante el año. Y este 2020 que por fin acaba, en el que, como he comentado en más de una ocasión, he leído por encima de mis posibilidades porque a mi insomnio habitual se ha sumado el ocasionado por la pandemia y el confinamiento (noches enteras sin pegar un ojo, lo confieso, y dedicada a lo que mejor se puede hacer en esos casos), me parece un buen momento para sumarme a la costumbre, pues, a lo tonto, consultando los cuadernos donde apunto los títulos de los que he dado cuenta, han caído por ahora 92, y aún quedan días hasta ese último en que nos atragantaremos nuevamente con las uvas y brindaremos conel unánime deseo de que esta pesadilla al fin nos dé una tregua.

Ignoro cómo hacéis vosotros para decidir entre unos y otros. Algunos los agrupáis por géneros. A mí me gustaría hacerlo por sensaciones, o por vivencias, o por las lágrimas derramadas, o por los tirones de orejas. No sé. A ver cómo salgo de esta.

Sí me gustaría comentar que, a estas alturas, mi último encuentro ha sido con el primer Llamazares, el de Memoria de la nieve en la edición de Nørdica (véase en breve no-reseña en la consulta del Doctor Goodfellow), y que empecé enero con otro poemario premiado allá por 2009, Para explicar la nieve, de Santos Domínguez, y que ambos me han hecho detenerme, lo que ya es de por sí una cualidad, y reflexionar sobre la memoria, el tiempo, nuestra calidad efímera y, sobre todo, sobre la sencillez de la belleza y las emociones que esta suscita.

En poesía el 2020 me ha traído también el reencuentro con Olga Orozco, cuyas Obras completas devoré con los ojos como platos, y a alguno de cuyos poemas vuelvo con frecuencia porque comulgo con su búsqueda espiritual, ontológica, existencial y metafísica a través de la escritura; de la misma manera que esa pregunta eterna que todos nos hacemos sobre nuestras elecciones y su trascendencia, aquello que no existe porque jamás tomamos ese camino, me ha hecho disfrutar de Theodor Kallifatides y su Otra vida por vivir, especialmente por ese descubrimiento final (no quiero lecturas políticas entre líneas con lo que voy a decir) de la lengua como patria, que es, para mí, la única existente, junto a ese otro país más real aún que conforman los libros.

Por eso (ya sé que lo estabais esperando y que en eso no soy original) destaco también el ensayo El infinito en un junco, de Irene Vallejo, tan reconocido y premiado con razón, por los conocimientos que me ha aportado y por su confirmación de que, como decía Borges, sigue siendo ese pequeño objeto lleno de letras el más asombroso instrumento creado por el hombre.

Y, ya que seguimos con la prosa, aunque no se escapa a nadie el carácter elegíaco, creo que una de las lecturas que más me han marcado en este año ha sido No entres dócilmente en esa noche quieta, de Ricardo Menéndez Salmón, por su vivisección de la eternamente conflictiva relación padre-hijo y sus extraordinarias reflexiones sobre la necesidad de escribir para establecer un orden dentro del caos que es la vida. Y capítulo aparte se merece Si esto es un hombre de Primo Levi, que he postergado durante años porque sabía que solo habría sufrimiento en su interior pero que debo recomendar como un tratado sobre la condición humana y su dignidad.

Por último, no pueden faltar en esta lista (sí, he decidido que con diez títulos basta) algunos libros de relatos que me han gustado especialmente, y he de decir que todos ellos vienen del otro lado del Atlántico. Por una parte, La memoria donde ardía, de Socorro Venegas, un libro doloroso pero importante en el tratamiento desde puntos de vista inusitados del tema de la maternidad; Las voladoras, de Mónica Ojeda, tan mágico, tan increíble en su conjunción de belleza y violencia; y El boxeador polaco, de Eduardo Halfon, que me recomendó mi amigo Carlos Torrero, excelente escritor y aún mejor lector, y que me dejó con ganas de leer más de él.

Sé que se me quedan muchos textos por el camino, que últimamente he envidiado la forma de escribir de Olga Merino con La forastera, que he dejado atrás a Iván Onia con El hijo (de Sharon Old) aunque él ya sabe, que qué decir de Lobo Antunes o de Iris Murdoch (El mar, el mar), o incluso de un libro recomendado desde México, Diles que son cadáveres, de Jordi Soler, con el que no se te cae la sonrisa de la boca, con la falta que nos hace; pero en algún momento hay que poner punto final y empezar a preparar las lecturas del próximo año. Ya ha tomado nota de algunas de vuestras recomendaciones, que son la mejor manera de felicitar las fiestas. Yo lo hago con poca convicción, pero me parece feo despedirme sin desearos que paséis estos días como podáis, que ya vendrán tiempos mejores. Y que, mientras sí y mientras no, hay cosas que solo los libros pueden curar.

Elena Marqués

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