Las señales que hacemos en los mapas

El título del libro de Laura Casielles Las señales que hacemos en los mapas ya nos prepara para un viaje. Un recorrido por distintas ciudades de Marruecos y por distintos estados del alma, según anticipa la cita, tan noventayochista, de Sánchez Piñol: «El paisaje que un hombre ve, ojos afuera, acostumbra a ser el reflejo de lo que esconde, ojos adentro», pues, por supuesto, el mapa que traza no se reduce a un plano geográfico de papel, sino que se convierte en una pintura de carne y hueso.

La vida real se nos presenta a través de la arquitectura urbana, de la narración de la vida diaria, de escenas sencillas y esenciales como comer aceitunas, del color y la luz, del olor de cada barrio y del pan, de la música que emana de la misma construcción del verso, de riqueza y variedad obvias, apoyado en continuas anáforas y paralelismos, en estructuras bimembres que acentúan la dualidad y el tono de salmodia y sirven, a la vez, como expresión de un tiempo distinto fuera del tiempo y de la prisa, un tiempo papable y equilibrado con sus rutinarios amaneceres y sus ritos cotidianos.

En efecto, esa dicotomía continua que se apoya formalmente en los recursos de repetición, ese «enfrentamiento» entre el paisaje y el hombre, el nómada y el sedentario, lo autóctono y lo extranjero, nos conciencia de estar situados en una frontera, «en un puerto / entre dos continentes» —el poema «Tánger (II)» se subtitula precisamente «Entre una cosa y la otra»; y el dedicado a Alhucemas, «Hoja perenne versus los nombres del poder»— que no es tal, sino revelación de las múltiples facetas del mundo y sus formas de expresarlo. En este extenso camino de las palabras, cada paso es de por sí un viaje donde el Verbo tiende sus puentes —«la hermosura de un puente / está en que hay dos orillas», dice en «Río Draa. Manifiesto»— para que conozcamos «el corazón de todas las ciudades / en su común idioma» —al «Idioma» se dedica «Rabat VII»—, para que entendamos que «se viaja / para encontrar umbrales» como se escribe poesía para derribar barreras y plantear preguntas. Para mostrar al peregrino-lector esas señales que devienen símbolos por la propia esencia de la travesía, signos y runas que el paisaje devuelve y el ojo siente e interpreta. Para confirmar que lo importante es el camino —véase al respecto el poema-epílogo—, que el camino es el vivir y es el camino el ser, y de ahí que, leídas Las señales…, no se cierre el poemario, sino que se complete con siete postales-poemas visuales más «La historia desde el punto de vista de los nómadas», prolongando, de ese modo, nuestro vagar abierto, nuestro aprendizaje del desasimiento.

Porque Casielles tiene la capacidad, a través de su versificación libre y su invitación a olvidar la rigidez del rumbo, de hacernos partícipes de su absoluta libertad y confianza —«en una mano, / en una intuición, / en una estrella»—, de hacernos sentir como en casa, acogidos, no extranjeros, aunque son muchos los turistas que se inmiscuyen por sus páginas. Cada poema, que, bajo el título de un topónimo, rubrica un significativo subtítulo, nos abraza como la ciudad que representa, como los habitantes que por ella deambulan. Aquellos que, en su quehacer cotidiano, fundan la ciudad todos los días, pues son ellos, antes que los reyes y los conquistadores, quienes las construyen, y nosotros quienes las re-construimos al leerlas, quienes las descubrimos al devastar las capas arqueológicas que cubren su historia para exponer, con ello, el significado real de la palabra patria, de la palabra hogar, de la Palabra, en suma, como lazo que une, no como nudo que ahoga.

Pero no todo es armonía en este libro sensual y profundo, que «la pauta también abre sendas / para el desgarro» y se recogen algunos poemas verdaderamente duros —léase «Azaghar. Suerte»—, recuerdos de dramas personales y colectivos, víctimas, hechos actuales regados por la sangre. Y se alza la voz reivindicativa del movimiento ciudadano y se llega, en un viaje circular, al punto de partida a través de la repetición de los mismos versos: «Te dices (me digo) que es urgente decidir / hacia qué lado queremos tratar de inclinar / la balanza de las palabras».

Nos queda claro que, para Casielles, el fiel apunta a la palabra con sentido, a la comunicación y al encuentro, a la lectura e interpretación de señales donde otros no encuentran sino ruido. (O silencio). A trazar en nuestro mapa personal nuevos trayectos en un camino, también el de la Poesía, que no termina nunca.

Elena Marqués

Laura Casielles (Pola de Siero, Asturias, 1986) es licenciada en Periodismo y Filosofía y máster en Estudios Árabes e Islámicos Contemporáneos. Como poeta ha publicado Soldado que huye (Hesperya, 2008); Los idiomas comunes (Hiperión, 2010), galardonado con el Premio Nacional de Poesía Joven en 2011; Las señales que hacemos en los mapas (Libros de la Herida, 2014); y Breve historia de algunas cosas (4 de agosto, 2017).

Las señales que hacemos en los mapas

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