Las prisas y yo

Sé que las prisas son malas consejeras. (También que la vida iba en serio, pero ese es otro asunto). Especialmente en esto de la literatura, donde no hay que precipitarse. Los textos llevan su tiempo. Cada uno precisa sus correcciones y sus mimos, su reposo, sus ocho ojos ven mejor que cuatro. Hay quienes trabajan bien a contrarreloj. Otros prefieren la carrera de fondo. Yo aún no sé por qué me inclino, aunque la cuestión es que, cuando las tareas se acumulan, es preciso establecer prioridades o hacerlas todas. Resolver con técnica. Leer algunos capítulos en diagonal. Buscar el tiempo donde no lo hay, si bien, ahora que los días son más largos y ha brotado por fin el azahar, parece que aquel se extiende y que las horas tienen ochenta y tres minutos. También parece que emplearlo en otra cosa que no sea pasear del brazo perezoso de la primavera es un absoluto despilfarro.

La cuestión es que acabo de terminar una novela y ahora llega ese instante terrible, después de un trabajo intenso, de dejarla escapar. Hasta este momento ha sido tu criatura. La tenías bajo control. Mientras la repasabas por enésima vez, has repuesto varias comas donde antes las suprimiste. Has antepuesto uno o dos adjetivos que boqueaban detrás de un nombre. Has leído el sintagma en voz alta para comprobar sus efectos. Has llegado a la conclusión de que estos, los efectos, eran absolutamente perniciosos. Has borrado diez locuciones. Has cambiado el tiempo verbal de dos o tres párrafos. Has retornado de nuevo al presente. Te has dado cuenta de que el protagonista conserva en el capítulo 53 su apellido original, que cambiaste hace exactamente tres meses y nueve días cuando dos de los pares de ojos te lo sugirió. Has vuelto a quitar las comas que repusiste después de haberlas suprimido. Has luchado a brazo partido con un buen puñado de adverbios. Y, de repente, la envías con los dedillos cruzados y solo te queda la opción (aunque qué opción más deliciosa) de aguardar en tu correo las pruebas de la cubierta, el libro maquetado en el que buscar aquellos gazapos que a pesar de los ocho ojos y el mimo se han deslizado en un descuido, de aguardar el prólogo y seguir las instrucciones del editor, de llenar esa espera con aquellos otros trabajos que asumiste y que dejaste a medias por esa cuestión acuciante de los plazos...

En fin. Todo esto para decir que en esas estamos. Siempre en medio de algo. La mejor manera, a mi entender (y tomo prestado el título de un libro maravilloso de la poeta y amiga Ana Isabel Alvea), de hallarme yo en el mundo.

Elena Marqués

Las prisas y yo

«Las prisas y yo»

Qué poquito hace que hablamos de las prisas, de trabajar a contrarreloj y de lo importante que es dejar reposar lo escrito... En fin, mucha suerte con tu nueva novela. Besos y a descansar. Ya te toca.

igual

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