Las flores del bien

Lo confieso: yo soy la primera que prefiero para mis relatos protagonistas malvados, problemáticos, locos, suicidas. Antihéroes cuyas vidas no son ejemplo de nada, pero dan mucho de sí a la hora de crear un conflicto, de elaborar la trama. El mal atrae, querámoslo o no reconocer, al tiempo que asusta. Si no, no existirían los thriller ni el género de terror, ni triunfarían películas como El silencio de los corderos o la saga de Freddy Kruegger.

Hoy, sin embargo, tengo el placer de hablar de un hermoso y sencillo proyecto que trata de rescatar personajes admirables, y a veces desconocidos, que han destacado por todo lo contrario: por su inclinación al bien. Son héroes anónimos que han contribuido con su hacer a mantener la fe en el hombre; que han colaborado a la reconstrucción de este templo que es el mundo, tan dañado y tan indefenso, tan falto de flores que lo hermoseen y aromen.

Y, aunque existe una publicación, reconocida en el II Premio del Libro Ateneo Riojano, que los recoge (me refiero tanto a los retratos de hombres y mujeres como Isaac Achi, sacerdote en Nigeria que salvó a muchos de sus fieles en un atentado islamista durante la misa de Navidad de 2011; Irene Sendler, «el ángel del gueto de Varsovia»; o Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz en 1994 por su trabajo en favor de la democracia y los derechos humanos en Birmania; como a los poemas que autores tan conocidos como José Cercas, Begoña Abad o Laura Giordani les dedican), es una de esas obras que hay que contemplar en directo en cualquiera de sus exposiciones itinerantes para poder apreciarla en su completo significado, pues la idea de sus impulsores, la poeta María del Pilar Gorricho y el pintor Cecilio Barragán, es que con tablas y poemas se vaya construyendo un gran muro, un enorme templo en el que sean Las flores del bien los únicos protagonistas. «[...] se trata» —se explica en la memoria del proyecto— «de rescatar para el ejemplo cívico a personas anónimas cuyos hechos se hayan destacado en la ayuda a los demás, o aquellas otras cuyos sufrimientos han sido tan grandes que alivian los nuestros al empequeñecerlos».

Pero, además, esta obra viva, pues irá creciendo a medida que se sumen protagonistas reales y artistas que los evoquen, es tan interesante porque con ella el concepto de héroe adquiere su verdadera significación. No sólo aparecen hombres y mujeres que, para salvar vidas, arriesgan la suya, sino también aquellos que destacan por realizar bien su labor (José Múgica, expresidente de Uruguay, ejemplo de austeridad y de trabajo por la reconciliación) o por sufrir a causa de su valentía (Ana Orantes, víctima de los malos tratos, quemada por su marido en 1997 tras denunciarlo ante las cámaras de televisión); o por, a través del estudio y la escritura, intentar el diálogo entre civilizaciones (es el caso de Fátima Mernissi).

Yo he tenido la suerte de encontrarme con Pilar y Cecilio y conocer de primera mano este deseo convertido en realidad. He llegado justo en el momento en que a la memoria de Paolo Borselino, juez antimafia asesinado en 1992 que antepuso el coraje al miedo; Juan Trujillano, sacerdote dedicado a los niños marginados; o Benazir Bhutto, primera mujer que ocupó un cargo dirigente en el mundo musulmán, se unían dos nuevos personajes anónimos de los que especialmente me conmovió la historia del palestino Ismail Khatib, que donó los órganos de su hijo asesinado por un soldado israelí y salvó así la vida de seis personas, cuatro de ellas judías; y que mantiene un centro para niños de todas las confesiones para que aprendan a vivir en paz. Conocerlo, ver su rostro en la tabla realizada por Guillermo Moreno y en el documental El corazón de Yenín me ha inspirado algunos versos que aquí os dejo, aunque sé que este pequeño homenaje nada es para lo que una generosidad como la suya se merece.

Te conozco, Ismail

Te conozco, Ismail. Tu corazón y Ahmed recorren todas

las calles de Yenín con los brazos en alto.

Pides paz como un hombre que sabe el sacrificio de la bala,

lo que cuestan los juegos en medio de la guerra,

cómo estallan los rostros morenos de los niños.

Pides paz como un hombre que reparte la carne de su carne,

el corazón, la luz, una mochila blanca para ir al colegio.

Como aquel que cosecha con el canto, que acaricia las risas de los hijos que también son sus hijos.

Atraviesas, por estrechar las manos,

el mar que brama olvido entre el Jordán, el yeso y las artemias.

(Un cuerpo es solo un grano de arena en el desierto, mas ninguna muralla podría detenerte.)

 

Y aunque tus ojos tracen un cauce sobre el pómulo, nos salva tu palabra.

Eres el nuevo Cristo que comparte el fruto de su vientre,

cuajado con las lágrimas maternas y el tubo que oxigena el pulmón de Israel.

 

Todo cuerpo es un cuerpo y es la sangre regando las aceras,

un pecho abierto en una flor amarga y párpados oscuros y de sal.

Todo cuerpo recorre ese camino de latido y sollozo.

 

Púlsanos con tu mano. Pronuncia la palabra que redima.

Frene el arma certera la boca de los niños

que algún día crecerán levantando tu voz.

Elena Marqués

 

Las flores del bien

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