Lanzarse a «El agua del buitre»

Como muchos de los que braceamos desde hace años en este piélago de la escritura sin demasiado éxito, me considero un ejemplo de buena perdedora. Así que el hecho de que El agua del buitre, el último libro de cuentos de Andrés Ortiz Tafur, vaya dedicado en cuerpo y alma «A los que pierden» me hace sentir el orgullo de participar, de formar parte, junto a sus muchos protagonistas, de sus fantásticas ficciones y un poco, también, de su propia vida. Aunque sea como piedra pateada («Golpe a golpe») mientras recito unos versos de Machado hasta dejar, como tantos otros, de existir.

Quienes hayan leído antes a Ortiz Tafur saben que la sorpresa y el desasosiego les están por lo pronto asegurados. Que el jienense navega al amparo no sé si de Kafka y de Bukowski y, por qué no, de Chagall (léase el final de «La costumbre»), con lecturas en la cabeza de Cortázar (lo detecto en el relato «Las manos», uno de cuyos personajes, por cierto, se llama Julio), Tizón y G. Navarro y el cuento neofantástico aunque con un estilo propio que va madurando con los años (he leído todo lo publicado por él, e incluso algo de lo no publicado). Y que el humor no le desaparece así el narrador lleve muerto un tiempo («Clemente»). Hecho que, por cierto, no nos hace mirarlo (a ese narrador en concreto me refiero) con recelo ni desconfiar de la verdad de su muerte antes incluso de que esta suceda; de conocer cómo se desarrolla la vida sin él (pero nadie hay imprescindible, ¿verdad?, a todos nos llegará el olvido, que eso sí que es la muerte sucedida); de percatarnos de su visible invisibilidad.

Porque detrás de esa cortina de frescura hay mucho dolor, mucha soledad, mucha incomunicación, mucho egoísmo, mucha maldad, mucho amor y desamor, mucha tristeza. Temas (iba a decir actuales, pero ¿no son eternos?) que dan para escribir sesudos tratados o, en este caso, para distribuir en textos simbólicos (esa casa embarrada de «El hundimiento» que habría de algún modo que apuntalar me ha recordado a aquel cenicero flotante de Carlos Frontera en «Transparente y no», de su Andar sin ruido) donde los colchones de 80 euros no terminan de acoplársenos pero nos resistimos a devolverlos y las escenas cotidianas trascienden lo imposible, donde la palabra es capaz de matar (léase «Almería») y el surrealismo y el absurdo campan a sus anchas (hago otro inciso, esta vez para decir que la mujer desnuda de «Teletransportación» me ha recordado a un hombrecillo azul que aparecía por su primer libro, Caminos que conducen a esto, una alucinación que aquí es más deseo que locura) y donde el autor muestra su versatilidad, su facilidad para cambiar el foco y el punto de vista, desde la primera y sentida primera persona a la extrañeza que causa el empleo (poco frecuente, eso es cierto) de la segunda (léase el principio de «Estaciones fuera de servicio», las alusiones al tú que eres tú mismo de «Palabra de honor») o el relativo distanciamiento del narrador omnisciente.

En lo que no cambia Ortiz Tafur es en el lenguaje próximo (a veces coloquial, hasta el punto de que no duda en titular uno de sus cuentos como «Un mundo de mierda»), porque próximos son los personajes que en sus cuentos aparecen («Ballenas en tierra firme, con la boca bien abierta. Eso somos»), próximos sus problemas, próxima su vida, que pasa en un pispás (las alusiones al tiempo, a veces a una velocidad de vértigo, da mucho que pensar, aunque mucho más nos perturbarán los desajustes de dicha dimensión en «Sábado noche», asumidos por su protagonista con fantástica naturalidad), que camina en círculos y es rutinaria y aburrida y se malgasta, y así nos la cuenta a través de una simple anécdota o la repetición de escenas, de conversaciones, sin que tenga que ocurrir nada salvo eso, la vida, que es mucho menos interesante que la literatura pero que, como no puede ser de otra manera, bien que la compone y alimenta.

Por eso quizás «La fosa séptica» me resulta un poco extraño en el conjunto. Por relatar unos hechos, por tener un argumento más sólido que los excrementos de una pobre mujer maltratada y enferma. Y porque la realidad se hace cruda e insoslayable, no se camufla detrás de una aureola de magia ni de amarga amabilidad. No ocurre como en «El bar de abajo», en el que la infidelidad sigue sus propias normas. Las que le confieren las palabras, una detrás de otra, de un pensamiento que se alarga sin decidirse a actuar. La de una sospecha que acaba produciéndose sin que lo absurdo de la situación nos parezca absurdo porque así es la lógica propia del relato, que teje sus normas y sus finales ¿felices? y nos hace comulgar con relaciones de pareja en medio de un cobarde lodazal, vínculos anclados en la monotonía y «La costumbre» (así se titula precisamente uno de sus cuentos), rupturas fingidas que nos hacen plantearnos lo que conocemos en realidad de las historias que se desarrollan a nuestro alrededor (tal vez, por qué no, también la nuestra) y los delicados límites entre la realidad y la imaginación (a «Los autos locos» os remito). Lo absurda que puede ser la vida y lo poco que nos planteamos cambiarla. Y normalmente en el seno del núcleo familiar, o más bien en lo que vienen siendo las relaciones de pareja, que, por lo que nos cuenta, tienden con demasiada asiduidad al fracaso por el mero hecho de la previsibilidad.

«A mi parecer, las relaciones estrechas se fundamentan en el desconocimiento y en la capacidad de sorpresa», asevera el narrador de «La costumbre» mientras desea el rápido agravamiento de su esposa y su muerte, mientras hace planes para una nueva vida. Quizás ese sea uno de los motivos por los que me incluyo entre los perdedores de la dedicatoria. Porque evito a toda costa la aventura y la conmoción de no saber qué pasará mañana, porque no describo con despreocupada seguridad los «Espejismos». Porque asomarse sin vértigo al barranco, al salto de El agua del buitre (también llamado «Despiernacaballos», no digo más), solo les está permitido a unos cuantos elegidos, a quienes se arriesgan a contar, y a vivir, como otros no.

Elena Marqués

Andrés Ortiz Tafur (Linares, 1972) reside en la Sierra de Segura. Es músico y colaborador en páginas de opinión de prensa escrita. Ha publicado, junto a este, tres libros de relatos: Caminos que conducen a esto (El Desván de la memoria, 2013), Yo soy la locura (Huerga & Fierro, 2015), con el que obtuvo el XXIV Premio Anual de Escritores Noveles, y Tipos duros (La Isla de Siltolá, 2016), además del poemario Mensajes en una botella que estoy acabando (Juancaballos, 2018). Galardonado en diversos certámenes literarios, algunos de sus cuentos y poemas aparecen en distintas antologías.

 

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