La pared del caracol

Desde el principio, el título del nuevo libro de Ana Isabel Alvea me enfrentó a una curiosidad, más que a un misterio. Es lo que tienen las anfibologías. ¿A qué se refiere con La pared del caracol? ¿Al muro que gana el gasterópodo con exasperante lentitud y paciencia, a la tapia por la que resbala durante el sueño? (De hecho, el poema que da título al poemario refuerza esa hipótesis.) ¿A la concha que lo reviste, que genera él mismo mientras crece para que le sirva de abrigo y protección? ¿Es esa pared la poesía que brota de Ana Alvea para defenderse del mundo en que se halla desde sus inicios en la avenida del verso?

Quizás sea ambas cosas o ninguna (apuesto por la doble interpretación como juego retórico de la autora), aunque, si seguimos a Manuel Moya, novelista, poeta, traductor, crítico literario y prologuista de este precioso compendio lírico, al fin y al cabo, y siempre refiriéndose al hecho literario, «su utilidad final no es el conocimiento, sino la esperanza», y «cada poema es, desde su propia raíz (desde su propia piel y sus entrañas, añadiría yo), una trinchera que el poeta excava contra la desesperación y frente al miedo».

Quien conozca a Ana Isabel Alvea sabe que trata con un bello animal sensible y sabio, reflexivo y lleno de amor, capaz de exudar versos sencillos y resistentes al paso del tiempo, transparentes y certeros como el calcio de un caparazón, concisos e impresionistas como un paisaje de Monet. Quien se haya acercado alguna vez a los versos de Ana Isabel Alvea reconoce su voz, identifica su coloración sumergida en el ancho e inestable piélago de la memoria.

Como en otras ocasiones, con este nuevo poemario nos regala la poeta sevillana un hermoso y profundo tríptico («El tiempo y su impronta», «De maizales y muros» y «Turbinas») en el que recorre temas trascendentales como la fugacidad de la vida y la fragilidad de nuestro tránsito, el grumoso pasado y su recate a través de la palabra, la comprensión y el conocimiento por la escritura, el dolor de saber y de saberse. Y, por supuesto, la reconstrucción, aunque no sea con hilos de oro siguiendo la técnica del kintsugi, ese arte que hace de la cicatriz motivo de belleza (¿no tiene también la poesía esa capacidad?), del yo para iniciarse de nuevo, para celebrar la bendición de estar y de crecer (léase «Tarjeta de cumpleaños»). Para despedirse de lo que araña y lacera.

Y eso tan solo en la primera parte, en la tabla que abre este cuadro en cuyo centro se erigen el sueño y/o el deseo como bisagra («Son nuestros sueños / maizales que crecen / en las hondonadas de la roca. // ¿Acaso cuando nos ilusionamos / no estamos regando / una estepa reseca?»). Es en esta sección donde reaparece la pared/el muro (¿del caracol, de la poeta?), que en este caso limita, coarta, enjaula; donde se habla de prejuicios y ciegas obediencias (léase «La banalidad del mal», léase «Adiestramiento»), de uniformidades y falta de criterio y ausencia de libertad de pensamiento (no pueden ser más actuales estos temas), de conformismos y mordazas. Del peso que ejercen y su interiorización hasta sentirse en el hombre como algo congénito.

Sin embargo, toda esa nómina de tachaduras y sombras parece ajena a la poeta, pues, aunque también la moldean en cierta medida, aunque también conoce el trágico e insalvable enfrentamiento cernudiano entre realidad y deseo (léase «Huerto») y «también somos nosotros / y nos pertenece», en la tercera sección muestra su rostro más fuerte y esperanzado, más luchador, más en sintonía con el otro (hay un tú implícito que a veces es un nosotros, un «Vosotros» de «miradas / manos / risas / abrazos» donde queremos incluirnos). Y es ahí, en ese momento, donde la luz cobra verdadero protagonismo, desde la ciudad centelleante en la noche de «Canción de verano», pasando por la «ciudad incandescente» de «Turbina», hasta el amanecer ilusionado de «La mañana». Sí, es aquí donde se nombra la luz esencial, como en un cuadro de Hopper (alguna alusión hay en el libro, más ciertas escenas iluminadas y solitarias que solo pueden recordárnoslo), es aquí donde la voz poética espera ver brotar, en un nuevo milagro machadiano, agua de un pozo seco. Donde espera la aparición del arrabal ancho, nuevo y reinventado, que solo se mostrará si nos atrevemos a dejar caer los muros que lo hurtan a nuestros ojos.

Sí, es ahí donde, al fin, la luz queda, acogedora y encendida como la casa de Rosales, en un último verso «y nos alumbra».

Elena Marqués

Ana Isabel Alvea Sánchez (Sevilla),s licenciada en Derecho y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, diplomada en Estudios Avanzados (DEA) y postgrado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, imparte talleres de creación poética, literatura universal, poesía española contemporánea y escritura creativa. Tiene publicados los poemarios Interiores (2010) y Hallarme yo en el mundo (2013). Con La pared del caracol (2020) ha obtenido el premio del XXXV Certamen Poético «Ángel Martínez Bagorri», convocado por el Ayuntamiento de Lodosa.

 

La pared del caracol

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