La palabra del día

Buscando hoy un término en el diccionario de la Real Academia en su versión digital, algo que hago por costumbre para no utilizar o escribir erróneamente ningún vocablo de los que el trabajo o el placer me invitan a teclear, me he parado a descubrir la palabra del día, que en este caso desconocemos a este lado del océano porque la emplean solo en parte de Centroamérica y en Perú: recesar.

Aunque el prefijo nos incline a suponer que dicho término hace referencia a la reiteración de una acción que a más de uno nos gustaría se cumpliera con frecuencia, en especial en su uso transitivo («Destituir o deponer a alguien del cargo que ejerce»), sus dos acepciones hablan de «Clausurar una cámara legislativa, una universidad, etc.» y de cesar temporalmente en sus actividades una corporación; ambas acciones muy concretas que apuntan a organismos en los que no tengo ninguna mano. En cualquier caso, eso me ha hecho reflexionar sobre qué clausuraría yo sin que me temblara el pulso.

Aparte de lo que todos estamos pensando (porque, si medimos su utilidad, le encontramos bien poca), y apoyando así a mi amiga Amelia Pérez de Villar, escritora y traductora que sabe de lo que habla, yo clausuraría todas aquellas editoriales que envían a la imprenta (es un decir) textos que dan bastante apuro, por no decir vergüenza ajena; páginas, en especial de autodenominados escritores, que no colocan una coma en su sitio; comentarios en redes sociales que, aparte de compuestos con salva sea la parte, traslucen odio e ignorancia; libros que, con estas temperaturas, ni siquiera servirían para encender la chimenea; concursos literarios cuyas bases están redactadas con no pocos errores, lo que abre la desconfianza con respecto a quién juzgará los textos recibidos y si distinguirá los usos correctos del gerundio de los que atentan a los hígados de cualquier bien nacido y bien hablado. Clausuraría los castings y me dedicaría a hacer selecciones de toda la vida; eliminaría los diminutivos tipo «flamenquito» o «marisquito» que viene a significar que ni lo que escuchas es flamenco ni lo que comes son gambas, así como los dobletes a lo «españoles y españolas» mientras estas sigan recibiendo menos salario por el mismo trabajo y los «barones» de los partidos políticos no incluyan a las «baronesas» en sus discursos de tres al cuarto.

Pero, ya dejando a un lado esas cuestiones lingüístico-filológicas que tanto me impacientan, mi lista aún es amplia, y borraría del mapa los chiringuitos que emiten reguetón; despeñaría por un barranco las motos con escape libre y los botes de fijador que permiten la arquitectura de ciertos peinados imposibles; eliminaría la publicidad engañosa tipo precio reducido pero solo si te llevas siete productos más y aquella en que tras los botes de limpieza sonríe una buena ama de casa y no un amo de su hogar; suprimiría los plásticos de los libros que te impiden echar una ojeada para decidir si los compras o no; zarandearía a las personas que trabajan en una tienda y, mientras se forma una cola que les da la vuelta a siete percheros, no abre la caja para atender a nadie; estudiaría seriamente la redundancia de semáforos en las rotondas y la utilidad de la rotonda en sí misma, sobre todo cuando la sucesión de ellas tiende al infinito; multaría el uso del claxon para celebrar triunfos deportivos teniendo en cuenta que las ordenanzas sobre contaminación acústica hablan de que está prohibido hasta avisar al despistado que no ha visto que el semáforo lleva un rato en verde y hay niños que se duermen a las diez...

En fin, la lista puede ser bastante larga dependiendo del día. Hoy es lunes y no quiero abrumar con mis manías, pues me pongo a tiro de que más de uno me mande a vivir a mitad del campo o a freír puñetas (palabra que debería ocupar su lugar en la solapa derecha del diccionario antes comentado para quien aún desconozca su origen) y no le falten motivos.

De todas formas, es normal que hoy, con esta entrada, también más de uno se haya sentido molesto o simplemente atañido. Qué le vamos a hacer. Igual porque se cumple eso que dicen, que al hacernos mayores se nos acentúa la intransigencia; pero, para ser positivos por una vez, señal de que aún estamos creciendo.

Elena Marqués

La palabra del día

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