La nostalgia de la Mujer Anfibio

Que Galicia tiene magia es un hecho, una realidad. Si es que magia y realidad pueden conjugarse en una misma oración sin que despierte extrañeza. Aún recuerdo una ruta hace años, a través de las fragas del Eume, hasta Caaveiro. Las vistas desde un puente desde el que se entreveía el monasterio. Y cómo, imagino que por la hora y las condiciones climatológicas, fue bajando una masa de niebla pegada al río, fantasmagórica, hermosísima, lenta como una serpiente de boira, que me hizo pensar eso. Galicia tiene magia. Y su magia es real.

La nostalgia de la Mujer Anfibio, última novela de la compostelana Cristina Sánchez-Andrade (para mí la primera, lo confieso con apuro), tiene magia y mucho más. Es pura literatura en el sentido clásico. O sea, en el sentido verdadero. Hay historia. Hay fantasía. Hay personajes. (Personajes bien labrados, quiero decir). Hay acción. Hay drama. Hay poesía. Hay mar. Hay viento. Hay vida. Hay muerte. Hay deseo. (Mucho deseo sin resolver). Hay mentiras. Hay misterio. Hay profundidad. Hay sueños. Hay crítica. Hay amor. Hay maldad. Hay odio. Hay codicia. Hay tesoros escondidos. Hay secretos. Hay cartas desde Inglaterra. Hay superstición. Hay leyenda. Hay silencio. Hay culpa. Todos los ingredientes para que el resultado sea lo maravilloso que es. Y hay, también, una larga cabellera metafórica donde enredarnos como murciélagos de bruma.

Podría seguir así mucho tiempo, enlazando sustantivos, porque no me veo capaz de hacer una reseña en condiciones. Cuando algo me obnubila de esa manera, sé que debería reposarlo un poco, mirarlo con distancia, porque el entusiasmo me puede hacer decir simplezas. Pero a ver cómo salgo de esta sin despeinarme mi pelo corto.

Uno de los aspectos que me ha fascinado ha sido la maraña sensorial en la que nos vemos envueltos desde el minuto uno. Palpamos la humedad, olemos la putrefacción, escuchamos las voces y el silencio, vemos el frío. La atmósfera nos envuelve como un velo de novia que se escapa. Y la creación de esa atmósfera mágica e irreal y onírica es un elemento clave para que nos creamos el resto de la historia, donde los náufragos llegan acompañados de música, sombrero de copa y olor a limón. A ver quién podría aceptar eso en circunstancias normales.

Situada en la isla de Sálvora, donde en 1921 se produjo una gran tragedia marítima («el Titanic gallego» lo llamaron), para luego saltar a tierra firme, al pueblo de Oguiño, donde el tiempo parece detenido (aunque recorremos hitos históricos, como la muerte de Franco y las primeras elecciones democráticas tras la dictadura, que nos recuerdan que estamos en el siglo xx), Sánchez-Andrade nos presenta un personaje de primeras extraño, Lucha Amorodio (al escribirlo me he dado cuenta de lo que contiene el apellido), y su vida marcada por la esclavitud (yo me entiendo) y el naufragio del Santa Isabel justo la noche antes de su boda. El punto de partida ya es fascinante, y mucho más lo que viene después. Cómo esa mujer guarda durante décadas su amor secreto por un hombre rescatado de las aguas. El nacimiento de su hija, con la maldición de la diferencia, en una sociedad cerrada donde los destinos están trazados desde siempre y salirse del camino está penado con la amenaza del infierno. La llegada de su nieta, Cristal (lo dicho sobre los nombres), y su empeño por saber la verdad. El desfile de vecinos, un personaje colectivo que actúa en algún momento como el coro de las tragedias clásicas, entre los que destacan la curandera Soliña (otro expresivo hipocorístico) y la costurera Ollomol, que no sé si describir como ser tragicómico, un cíclope femenino fabricando siempre su tela de araña de maledicencia y mojigatería a la que a veces odiamos y de la que en ocasiones sentimos lástima porque son personajes tan bien trazados, tan humanos, que los aceptamos como tales. Como hombres y mujeres de carne y hueso sometidos a los zarandeos de la vida y el tiempo, a su propia mediocridad, a su miedo enquistado, a su resignación a la adversidad, pero también a sus heridas y secretos.

Precisamente es el advenimiento del jipi Stadust lo que viene a rescatarles los recuerdos, enterrados durante años por una suerte de hechizo que los sumergió en la enfermedad del olvido, y esto da pie a que nos paremos a reflexionar sobre el significado verdadero de la memoria, sobre su existencia real o, como todo, inventada. «¿Qué es la memoria y hasta qué punto la entendemos? ¿Es una ficción creada por cada uno de nosotros para poder sobrevivir?», dice. Porque las vidas pueden sostenerse en una mentira continuada, en la idealización de seres lejanos o quién sabe si inexistentes, en la persecución de evanescentes deseos como única manera de nadar en la esperanza y de guardar un pequeño territorio de libertad.

Pero lo que convierte esta historia, que bien podría ser leyenda (imagino que la propia literatura de esa región, de rica tradición oral, ejerce también su peso e influencia. Como lo hace el esperpento valleinclanesco, que aquí llega a su culmen en el «cameo» de Santiago Carrillo), en literatura con mayúsculas y en pura magia es la forma de narrar, la medida adjetivación, las vívidas comparaciones (todo el mundo siente «esas horas lentas, interminables como una baba amarilla»), la estructura estudiadísima y perfecta, la conjunción de poesía y tremendismo, la suerte de realismo mágico heredado más de Cunqueiro que de allende los océanos, la caracterización de los personajes con descripciones tan certeras como «ese mirar con que el hombre mira el mirar de las vacas que miran las cosas» o «indiferente como una piedra cubierta de musgo», que precisamente van dedicados al mismo personaje…

En fin, que no puedo disimular mi entusiasmo por este libro mágico que no hace falta recomendar porque se recomienda él solo. Un disfrute. Una encantadora sobredosis de Literatura.

Elena Marqués

Cristina Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968), escritora, crítica literaria y traductora, fue galardonada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 2004 con Ya no pisa la tierra tu rey y en 2020 con el Premio Setenil por su obra El niño que comía lana. Ha publicado, entre otros, las novelas Los escarpines de Kristina de Noruega y Las Inviernas, los libros de cuentos Somos dos barcos y Los locos de Valencia y el poemario Llenos los niños de árboles.

 

La nostalgia de la Mujer Anfibio

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