La noche que Luis nos hizo hombres

Se atribuye a Eleanor Roosevelt la famosa frase de «el ayer es historia, el mañana es un misterio, el hoy es un regalo. Por eso se llama presente». Yo confieso que la escuché en la primera parte de la película infantil Kung Fu Panda, en boca del anciano maestro Oogway, famoso por su sabiduría, como una incitación simplemente a vivir.

Desde luego, en estos tiempos que corren, debe cundir bastante ese tipo de consejos, que, como todo, no es original, porque conocemos en latín sus correlatos carpe diem o collige, virgo, rosas y tengo amigos que dicen desayunar como si no hubiera un mañana. Pero negar el pasado ni es fácil ni siempre es recomendable. Al fin y al cabo, por mucho que se haya sufrido, las experiencias anteriores forjan a las personas que somos en la actualidad.

La noche que Luis nos hizo hombres, última obra, que no novela, aunque el autor la nombre así a lo largo de sus páginas, habla de eso, pero no solo. Con el fútbol como telón de fondo, y la figura legendaria de quien fuera jugador del Atleti y entrenador de La Roja, tan acostumbrado a ganar como a perder y recibir críticas, Ángel Silvelo elabora un largo monólogo interior o reflexión diarística en el que recorre la trampa de los sueños de la infancia y la adolescencia y dibuja la geografía del barrio donde se crio y fabuló con ser una estrella del balompié y vio con sus propios ojos el sabor de la derrota. No solo en su propia carne, al ser localizado por un ojeador para casi entrenar con el filial de un equipo de fútbol importante y esperar en vano la llamada que lo incluyera en sus filas, sino en una generación que, ya inmersa en los ochenta, sufrió como ninguna el lado oscuro de la movida madrileña entre heroína, desesperanza y alcohol.

Con su estilo característico, de oraciones que se enlazan y abrazan en una madeja lírica que se desenvuelve y recoge según las necesidades narrativas, citando a filósofos (con las circunstancias vitales y existenciales de Camus se identifica en más de una ocasión), periodistas, escritores, jugadores y al propio hombre que da título al libro para apoyar sus reflexiones, Silvelo intenta recuperar los días idos, sabiendo que pensarlos es imaginarlos o incluso escapar del presente y el futuro (también en aquel entonces los muchachos de Villabarrito, sin miedo al porvenir, ambicionaban ámbitos muy distintos, soñaban con la huida), para explicarse a sí mismo y justificar esas derrotas o interpretarlas en la clave correcta en la que el destino muchas veces pronuncia la última palabra. Y es que, como afirma el autor, al fin y al cabo, «los destinos se repiten mucho», y quizás la única forma de ser feliz es el disfrute de las cosas pequeñas y pelear con empeño («Esa fue mi mayor victoria en mi juventud, luchar sin descanso contra mí mismo y mi destino»). Y, como hará años más tarde, gozar con la compañía siempre fiel de la literatura.

Son muchos los temas que transitan por la intensa brevedad de estas páginas, en las que, entre otras cosas, da la vuelta al concepto del fracaso («El primer síntoma del fracaso es no volver a soñar con lo imposible tras una derrota»). Nos habla de lo etéreo del horizonte que vislumbramos en la infancia, del deseo constante de escapar al lugar opresivo en el que nacemos, del goce de la libertad que daban los entrenamientos en un campo embarrado y bacheado, así como la que concede el tránsito por el ayer. Del compañerismo, pero también de la soledad y el silencio. Del poder inaudito de los deseos. De la distorsión de la memoria con el paso del tiempo porque «la fuerza de los recuerdos se diluye cuando el que mira sobre él es un hombre distinto al joven que fue». Quizás con más verdad ahora que entonces, cuando no se era consciente de las pequeñas maravillas que nos ocurrían ni contábamos con el apoyo de ciertas lecturas, entendiendo que la verdad, nuestra verdad, es más bien una materia pegada a las paredes del corazón que algo palpable y existente. Entendiendo que «todo aquello que de algún modo pertenece a nuestro corazón es universal». Y, por supuesto, el autor habla en este libro de las elecciones que rompen para siempre ciertos caminos que jamás serán transitados.

Yo imagino que, al menos nuestra generación, se identificará bastante con la línea discursiva de Ángel Silvelo en La noche que Luis nos hizo hombres. Pertenecemos a un grupo que nos criamos en la calle, que teníamos sueños de altos vuelos, que vivíamos en barrios humildes o normalitos en una ciudad de aluvión a la que llegaba cada vez más población rural escapando de su suerte. Vivimos los años duros de la droga. (Todos conocemos a algún caído en esa causa lisérgica y maldita). Pero también éramos luchadores que contábamos con la única arma de nuestro propio esfuerzo; algo que tienen en común, junto a la emoción, el fútbol, la literatura y, por supuesto, la vida, donde proliferan los perdedores, verdaderos héroes de todo esto.

Ignoro qué hubiera sido de Ángel Silvelo si el teléfono hubiera sonado aquella tarde que tan bien describe en el libro. Posiblemente nunca lo habría escrito, ni todos los anteriores ni los que habrán de venir. Posiblemente hubiera saboreado el fracaso trufado de algunos éxitos efímeros. Pero, ya se sabe, el tiempo pone las cosas en su sitio, aunque siempre deja en nuestras cabezas y corazones recuerdos que de vez en cuando necesitamos despabilar para que no se apague del todo la llama del entusiasmo que alguna vez nos animó. Aun así, de su afición por el balompié termina diciendo: «ahora, el fútbol ante mis ojos se asemeja más a esa gran caja de música que nuestros mayores tienen en sus habitaciones. Una caja que, al abrirla, reproduce sonidos de otra época».

La literatura sirve para despertar esos recuerdos, para resucitar lo que ya no existe. Para que no mueran como otra melodía más, encerrada en una caja de música que a nadie le apetece abrir por si encuentra el vacío. Y también, como en este caso, para hacernos hombres y seguir soñando en conseguir nuestros propósitos. Y para disfrutar de la épica de lo cotidiano. ¿No os parece suficiente?

Elena Marqués

Ángel Silvelo Gabriel (Piedralaves, Ávila, 1964) es funcionario de carrera del Cuerpo de Gestión de la Administración Civil del Estado y autor de las novelas Fragmentos (Primer Premio Certamen Cultural Universidad Rey Juan Carlos 2001), Dejando pasar el tiempo (2012), Los últimos pasos de John Keats (2014), El juego de los deseos (2017) y El arte de amar (Primer Premio XXVIII Premios Otoño Villa de Chiva 2018), así como de la obra de teatro Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead (2016).

 

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