La naturaleza y yo

De vez en cuando se hace necesario respirar aire puro, desconectar de las preocupaciones. Aunque las inquietudes están ahí siempre, pertinaces tal que las legendarias sequías, obstinadas hasta la saciedad. Parte intrínseca de una, como la miopía y los pies planos. Pero normalmente solo es en verano (lo sabéis muchos de vosotros) cuando disfruto de la naturaleza. Lo que me hace saborear su sucedáneo, pues está claro que yo me refugio en ella con los ojos del turista, del urbanita que aborrece las prisas y los bocinazos y la mala educación y un largo etcétera de feas incomodidades. Y eso, obviamente, me conduce a idealizarla, a ver solo el lado positivo, su hermosura, su aparente paz, su silencio, su «soledad sonora»; mientras que quienes viven o trabajan en ella conocen más bien su crueldad, la fuerza indomable de los elementos, lo pronto que se desgracian las cosechas, lo perniciosas que son las plagas. Y yo, cuando me lanzo a sus caminos, me limito a disfrutar de su verdor, de su frescura, de sus mágicas luciérnagas, del murmullo del regato, de la impasible humedad de las piedras sobrevoladas por libélulas azul eléctrico.

De verdad que intento a veces conjeturarle el lado malo, imaginar lo pronto que anochece en el invierno, pensar que no hay en esa Arcadia que me invento cines ni librerías, escaparates que anuncien los cambios de temporada, semáforos donde pararse a observar a los viandantes e idearles una vida estrafalaria acorde con su modo de vestir, de hablar, de mirar a los que atraviesan y se exponen a los peligros. Aun así, ni por esas se me quitan las ganas de trasladarme al campo a ver pasar las horas, lentas como una película de Garci. Digo yo que, de esa manera, parecerá, incluso, que estás viviendo el doble.

Sí, posiblemente padezco una sobredosis de literatura y debería recordarme, tras esas pequeñas pausas campestres, que la vida, en realidad, es esto, trabajar en la oficina de ocho a tres, comprar pan y papel higiénico, quitar el polvo que quité la semana pasada (pertinaz él también, como las preocupaciones y la sequía); y que esa otra retirada que cantara Fray Luis reside solo ahí, en los versos, y solo en ellos podré cultivar mi huerto y escuchar los pajarillos, sin el riesgo, además, de resbalarme en una mierda de vaca y ponerme de barro hasta las cejas. Que, aunque eche de menos el olor áspero de los rastrojos y la lluvia delicada de ciertos valles del norte, tengo la suerte de conservar algo de lo que hablamos precisamente en la presentación que os anuncié la semana pasada: intacta mi capacidad de asombro, mis ojos niños siempre dispuestos a disfrutar de la brevedad de estos encuentros. Me consolaré pensando que, si lo dijo Gracián («lo bueno, si breve...»), y él era bastante más sabio que yo, pues que seguro que tenía razón, y que en vez de sacar mi lado nostálgico debería aprender a aprovechar esos pequeños milagros de la primavera, o del otoño en este caso, para respirar y tomar fuerzas; que, citando a otro clásico (esto me lo habéis oído demasiadas veces ya), mañana será otro día.

Vivamos, pues, el presente entre alcornoques. Sean estos reales o imaginarios.

Elena Marqués

 

La naturaleza y yo

No se encontraron comentarios.

Nuevo comentario

Los libros que leo

Las voladoras

Conocí a Mónica Ojeda a través de Mandíbula. Y, si bien ya entonces me pareció una solvente novelista, como cuentista me parece algo extraordinario. Ubicada, según ella misma se define, en la línea investigadora del gótico andino, Ojeda nos regala en Las voladoras ocho relatos atravesados por la...
Leer más

Mi niñera fue la bruja Avería

Con Mi niñera fue la bruja Avería nos enfrentamos, más que a un libro de poemas, a una forma de estar en el mundo. Yo diría, más bien, a una forma de expresar el malestar con el mundo, donde su autora dice naufragar pues (y utilizo sus propias palabras), al parecer, «la deriva no termina nunca». Yo...
Leer más

Naturaleza

En un libro, todo debe significar, y las cinco citas elegidas como preludio a Naturaleza, primer poemario de José Iglesias, nos dan muchas pistas de lo que vamos a encontrar en él. Ya aviso que, en contra de lo que anuncia el título, no hay flores ni árboles aquí, ni atardeceres, ni la presencia...
Leer más

Cuaderno de laboratorio

En un documento encontrado en la página web de la Universidad del País Vasco se explica lo siguiente: «Hacer un experimento no se limita a preparar disoluciones y a realizar medidas con aparatos diversos. Cualquier científico está obligado a elaborar un informe escrito de las actividades que ha...
Leer más

Eva mitocondrial

Desde las páginas del prefacio, en el que he tenido el honor de participar, hasta el extenso canto que cierra el libro, el poemario Eva mitocondrial, de la escritora Reyes García-Doncel, que por primera vez incursiona en el género lírico, se plantea como un viaje a la feminidad, que es como decir...
Leer más

El mar, el mar

Me sumerjo en El mar, el mar tras la lectura de un breve y subjetivo prólogo de Álvaro Pombo en el que nos explica su descubrimiento de Iris Murdoch y, por medio de su obra, de la realidad de su país. Algo que puede resultar extraño no solo porque conocer la realidad a través de la ficción apunta a...
Leer más

Diles que son cadáveres

Que un libro conduce a otro por alguna mágica relación es una afirmación incontestable. Yo, después de conocer Irlanda de la mano de Javier Reverte, me he visto abocada a viajar de nuevo por ese país y, a través de una recomendación amiga que llegaba desde México, a leer a este escritor veracruzano...
Leer más

Canta Irlanda. Un viaje por la Isla Esmeralda

Cuando alguien pronuncia el nombre de Irlanda, lo primero que me viene a la cabeza es el deambular de Leopold Bloom por los barrios de Dublín con una patata en el bolsillo. Que me asalte una referencia literaria antes que un paisaje o un olor específicos puede que se deba a que, desgraciadamente,...
Leer más

La España vacía

Que uno escriba un libro y el título que elige de encabezamiento acabe por acuñarse para describir una realidad, nada más y nada menos que para nombrar a un país dentro de otro país, debe darte un subidón como autor. Lo importante, creo yo, es que el término no termine por mal utilizarse; y que,...
Leer más

Los mejores días

No recuerdo ahora quién dijo, a mediados del siglo XX, en un momento en que se cuestionaba el futuro de la novela, que, mientras existiera la familia, dicha fórmula narrativa seguiría presente. Que esta es fuente primera de inspiración lo confirma Magalí Etchebarne en Los mejores días, pues, aunque...
Leer más