La hija del barquero

Con lo mucho que me gusta huir de la realidad, con lo que me apetece siempre tirar de la imaginación e inmiscuirme en vidas muy distintas a la mía a través de la ficción, últimamente solo me rondan proyectos biográficos.

Que no se me malinterprete. Parece que he arrancado con una queja, o una crítica, y nada más lejos de eso. Lo que quiero en verdad decir es que me doy cuenta (y las continuas vacilaciones de Raül V. Rey en las páginas de La hija del barquero sobre cómo abordar el asunto así me lo confirman) de lo difícil que es plasmar negro sobre blanco la historia de alguien de carne y hueso. Y más si ese alguien está unido al biógrafo por lazos de sangre y amor y ha sufrido tanto que a uno le gustaría inventarle una nueva existencia, un camino libre de guerras, orfandades, hambre, penurias, abandono escolar, dolor y migración.

Pero la realidad, lo comprobamos a diario, se impone con su desproporcionada dureza y supera casi siempre a la fantasía, y la novela La hija del barquero, que recrea parte de la vida de Consuelo Vaquero Rubio, abuela del autor, no es una excepción y nos sumerge en un contexto que todos los españoles tenemos la desgracia de conocer porque ha sido el espacio y el tiempo de nuestros padres y los padres de nuestros padres. Y aún lo seguirá siendo durante no se sabe cuánto porque las guerras fratricidas, las represiones y las dictaduras no se olvidan ni se perdonan de la noche a la mañana, y forjan a su paso unos personajes (debería decir «personas») fuertes como rocas que nos miran a veces «con los ojos secos de quien conoce demasiado bien las cosas», que me parece un genial ejemplo de caracterización que resume la pericia del creador de esta obra tierna y descarnada y el singular fondo que se retrata en ella.

Yo conocí a Raül con un texto completamente distinto, también ambicioso y exigente como, a poco que lo voy conociendo, todo lo que escribe y escribirá. Su Keith Landdon, memorias no autorizadas, aunque tuviera ese subtítulo, no se insertaba en ninguna variante del género ensayístico. Solo había que escuchar la voz del narrador, que era más bien un original fluir de conciencia, una descarga emocional en la que, más que recuerdos, se intentaba ordenar y quizás explicar un presente caótico y autodestructivo en un ambiente de lujo y éxito que, sin embargo, lo conducía a la infelicidad o al vacío. Nada que ver con esta segunda novela, donde, aviso a navegantes, se suceden imágenes duras (ojo: hay otro tipo de dureza y violencia en la primera), estampas de hambre, orfandad, abandono, clanes a medio hacer por la necesidad de repartir tareas y bocas («Las familias eran como un puzle de arcilla cuyas piezas iban adaptándose para encajar»), por mucho que la pluma que las trace intente suavizar ciertos puntos con su aplomo lírico («Las almas de este mundo se escurren rápidamente por el sumidero de Dios»), con sus frases aforísticas («uno defiende lo que ama y acaba amando lo que defiende»), su mirada plástica («Caminaban mirando al suelo, obviando el atardecer descolorido que quedaba suspendido de los tendederos»), su atinada calificación de cada sustantivo («este anochecer sin valor»), sus símiles sencillos pero potentes («Manolo llegaba con las manos tiznadas de calco, se las lavaba, pero siempre quedaba una sombra, como si sus manos fueran un anochecer») y, por qué no, alguna que otra anécdota sacada de la manga.

Porque algo de ficción sí que se permite en un momento dado Raül V. Rey. De hecho, hasta el oficio que da nombre a la novela creo que es inventado, o al menos eso deduje de los comentarios que el día de la presentación escuché por parte de quienes algo más que yo conocen de esta verdadera historia, pues, como explica en el capítulo inicial, «Mi bisabuela no necesitaba la barca de su futuro marido para ir desde su casa a su trabajo. Pero ya he dicho que soy escritor y tengo licencia para inventarme hechos».

Por cierto, este tipo de reflexiones metaliterarias se irán esparciendo a lo largo del texto, lo que, especialmente a mí, que ando rumiando ahora cómo emprender una tarea semejante, me resulta muy atractivo. Es como si asistiéramos en primera línea a los sucesos y al proceso de escritura de esos sucesos. Como si nos dejaran curiosear en la trastienda mental del escritor. De manera que la voz autoral nos conduce de la mano en sus cavilaciones sobre la construcción de la novela, el orden de los elementos, las elisiones, prolepsis, etcétera, y se deja escuchar junto a la del narrador, implicado en los hechos y buen conocedor del contexto (se salpican observaciones del tipo «El pueblo solo utilizaba la palabra rojo para cantar el himno; para el resto de menesteres prefería la palabra colorado, sutilezas léxicas que se habían implantado en el lenguaje sin apenas advertirlas, inocuas, inofensivas, pero nacidas del miedo»), que se siente dividido entre ser fiel a la verdad y la imposibilidad de mantenerse al margen, por lo que se cuelan comentarios e interpretaciones como esta que yo misma he pronunciado alguna vez: «Eso es ser español: desear haber nacido en cualquier otra parte».

Porque, además, por oficio e inclinación, a todos estos mimbres se añade aún otra faceta/tarea: la del documentalista/periodista que enumera ciertos hitos en un lenguaje más aséptico, recupera textos reales, como La guía de la buena esposa de Pilar Primo de Rivera, con sus espeluznantes consejos a las mujeres para una modélica y esclavizante vida marital, a la vez que recoge vivos diálogos del natural que nos dejan perlas como «la Tomasa estaba llorando en su cuarto. Decía que era de pelar cebollas, pero yo conozco todos los llantos que existen».

Pero quizás me he alejado un poco de la figura biografiada, cuya voz asume también el autor en párrafos en primera persona («No quiero que ningún hombre me explique el mundo. Quiero conocerlo yo, entenderlo yo, andarlo yo») y en invocaciones a ese tú que luego sería su marido de un extraordinario lirismo propio de una juventud que el tiempo, como todo, acabará por marchitar. Es entonces cuando aparece ante nuestros ojos la mujer fuerte y vulnerable (no son términos contradictorios) que pare a sus hijos en casa; entre ellos a su primogénita Chari, a la que quizás inconscientemente el autor presta más atención. No en vano esa joven que siente el peso de la extrañeza y el infortunio es la madre de quien escribe, que, siguiendo el patrón de las penurias del tiempo que le tocó vivir, tuvo que dejar los estudios para trabajar y llevar el pan a casa, y que ve con tristeza alejarse a la protagonista del libro en su regreso a la tierra, punto en el que la narración vuela para dejarnos un poco desamparados, con ganas de conocer más del ejemplo de entereza y ganas de vivir de Consuelo Vaquero Rubio, una mujer constructora, sin saberlo, de la verdadera Historia de España.

Elena Marqués

Raül Vaca Rey (Barcelona, 1979), licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas, es actor, crítico teatral en https://andaluciaaldia.es, autor de cortometrajes, de las obras teatrales La feria del homo sapiens, una sátira sobre la crisis económica y los factores que la determinaron, y El proceso, estrenada en el festival CENIT, en Sevilla, y de la novela Keith Landdon. Memorias no autorizadas (Extravertida Editorial).

La hija del barquero

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