La España vacía

Que uno escriba un libro y el título que elige de encabezamiento acabe por acuñarse para describir una realidad, nada más y nada menos que para nombrar a un país dentro de otro país, debe darte un subidón como autor. Lo importante, creo yo, es que el término no termine por mal utilizarse; y que, sin entenderlo, lleguemos a emplearlo para referirnos a algo que no es.

Yo soy de las lectoras que tenía una imagen idealizada y romántica de esa España vacía de pueblos de piedra donde perviven las tradiciones y los recuerdos y ululan, por sus callejas, los fantasmas y las leyendas; y me dirigí al ensayo de Sergio del Molino con la esperanza de asistir a una epifanía y confirmar esa alabanza de aldea de la que él mismo habla en algún punto de su narración. Quizás porque nunca he vivido en el yermo que contemplo al atravesar la Península y la desconexión temporal en vacaciones solo puede hacerme bien, después de un año absolutamente urbano con sus ruidos y sus prisas superpuestos a los muchos beneficios que supone vivir en plena «civilización». (Si entrecomillo el término es porque también Del Molino se ocupa con buen tino de aclarárnoslo, de analizar las complejidades de las sociedades modernas). Sin embargo, el libro La España vacía. Viaje por un país que nunca fue (ojo al subtítulo) no se queda en esa superficie pseudopoética, y, por ello, algo falsa (o, mejor dicho, incompleta), sino que, en un recorrido real por la tierra, la historia, las artes y la literatura, especialmente de aquellos caminantes (Bécquer, Machado, Azorín, Cela, Delibes, Llamazares, muy distintos a los curiosos e impertinentes románticos que pusieron en boga el género del libro de viajes) que descubrieron y crearon para nosotros el paisaje, y en una prosa pulcra, plástica, sencilla y elegante que deja traslucir al Del Molino novelista, realiza un análisis riguroso y objetivo sobre el fenómeno del éxodo rural, del Gran Trauma y el desarrollismo posterior, que construyó en tiempo récord ciudades como Madrid o Barcelona dibujando dos Españas mucho más diferentes que las de los versos del poeta: la urbana cosmopolita, falsa y babélica, apenas distinguible del resto de ciudades del mundo, y la España rural del interior, esencialmente pobre y bárbara, detenida en el tiempo (todos los de mi generación crecimos con la imagen, o leyenda, de Las Hurdes que quiso ofrecernos Buñuel, que también tiene sus interesantísimos y clarificadores epígrafes en este libro); dos Españas incapaces de entenderse y comunicarse.

El libro de Sergio del Molino parte de una absoluta libertad en su estructura. Parece que trabaja a base de asociación de ideas; que, al tirar de la madeja, un tema arrastra a otro, de manera que se confirma como lo que realmente era el ensayo en sus orígenes: ese género clásico del que hablaba Lukács (y lo cito) que aún conserva «la actitud de modestia y el sentimiento de espontaneidad y de asombro al ir descubriendo nuevas realidades».

De un acto violento parte Sergio del Molino en su ensayo, en un pueblo perdido de Gales protagonista de un atentado sin resolver, para embarcarnos con él en el viaje; en un peregrinar de interés etnográfico que recuerda a la enseñanza peripatética y romántica de la Institución Libre de Enseñanza y el excursionismo de los noventaiochistas. En esa gira nos sentamos con el autor en el asiento del copiloto y a veces lo sentimos, aunque sin abandonar la reflexión sobre su país y ofrecernos uno tras otro datos de interés que traslucen sus amplios conocimientos sobre el asunto, expresar su fina ironía, un humor inteligente que nos mantiene atentos a su palabra y al paisaje que corre tras las ventanas y se crea para nosotros, pues, en verdad, o así lo veo yo, una de las conclusiones que extrae el autor de estas líneas es que todo, incluyendo nuestro país, es pura entelequia, como las líneas imaginarias de los mapas, y hasta el pasado es inventado y adquiere carácter sagrado. «La España vacía», afirma Del Molino, «está en los mitos domésticos y está en la literatura. Por eso no es un territorio ni un país, sino un estado mental». Por eso, como toda existencia ideal, «es rotunda e inapelable». Por eso, como la memoria, una de las formas más poderosas de vida humana, permanece y se impone.

A esos mitos, muchos de ellos negativos, o más bien a refutarlos, dedica precisamente la segunda parte del libro, a mostrarnos la España brutal de Puerto Hurraco, la pobre e inculta, la árida y fea, la reaccionaria. Aunque, puestos a desmontar mitos, también el tópico de fray Antonio de Guevara o el beatus ille de toda la vida cae por tierra, pues, como expone en esos casos de Fago o del pueblo extremeño antes nombrado, bajo el verde rostro de los campos y de las comunidades pequeñas, tras la vida sencilla, auténtica y aparentemente pacífica, siempre yacen sentimientos menos puros, como la envidia, el miedo o el odio ancestrales a lo extraño (ahora lo llamamos «heterofobia»), el aburrimiento o la locura producto del aislamiento y la soledad, que desembocan en una desorbitada violencia.

No podría decir qué fragmentos me han interesado más, si aquellos de carácter antropológico que analizan tipos como el periodista de Caparroso que conserva su forma de vestir y simplemente se trasplanta a la ciudad sin renegar de sus orígenes frente a aquellos otros que terminan autoodiándose; o los que recuerdan parte de nuestra historia, como el fenómeno aún vigente del carlismo, para vincularlo, por creencias y tradición, al ruralismo más reaccionario y a la maldición de los nacionalismos acérrimos, generalmente antiurbanos por lo que supone la ciudad de ampliación de la sima del desarraigo, de pérdida de lo esencial pidaliano, de alejamiento de la España pura y verdadera. También me ha interesado especialmente la referencia a esos neorrurales de los años noventa a los que en ocasiones he soñado sumarme, pues me ha sabido Del Molino pintar con claridad sus rasgos, despojándolos de la aureola de ecologismo y buenismo a lo Thoreau de que yo los dotaba, así como los amplios fragmentos dedicados al nacimiento de las primeras bibliotecas en los pueblos y a la función evangelizadora-didáctica de las misiones pedagógicas, reducidas en verdad, si les quitamos la aureola mítica, a unos pocos días de fiesta cultural, aunque detrás latiera un verdadero proyecto de transformación social a largo plazo.

Por eso, entre otras cosas, resulta tan interesante este libro. Porque ofrece la realidad desde todas sus facetas, con sus matices, con su porción de infierno y paraíso, sin idealizaciones ni todo lo contrario. Y porque navegar por él es tan fácil que anima a seguir indagando en el tema, a continuar con la lectura. E incluso, aunque esto a veces resulte complicado, a querer un poco más a España.

Elena Marqués

Sergio del Molino (Madrid, 1979), escritor y periodista, premio Ojo Crítico y Tigre Juan, entre otros, por La hora violeta (2013), es autor también de las novelas No habrá más enemigo (2012), Lo que a nadie le importa (2014) y La mirada de los peces (2017). Su ensayo La España vacía (2016), por el que recibió el Premio de los Libreros de Madrid al Mejor Ensayo y el Premio Cálamo al Libro del Año, se convirtió en un fenómeno editorial y fue reconocido como uno de los diez mejores libros de 2016 en España. Colabora en diversos medios de comunicación, como El País, Cadena Ser, Onda Cero, Mercurio o Eñe.

La España vacía

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