La casa de los gatos

Conocí a Gregorio Verdugo en una tertulia literaria. En «nuestra» tertulia, que es también, y/o sobre todo, una reunión de amigos. Gente que se congrega en torno al «vicio» común de la Literatura. Gente que lee y (alguna) escribe.

Todos esperamos de un escritor que cada libro que presente sea mejor que el anterior, pero eso no siempre ocurre. Si hablamos de un autor consagrado, a veces su nueva novela (he dicho novela, pero la obra puede pertenecer a cualquier género literario) responde a una petición expresa de una editorial; ha de cumplir unos plazos, que vuelan entre actos, entrevistas, charlas y otras ceremonias en que a veces termina desenvolviéndose su existencia. O, simplemente, sabiendo que ya tiene un nombre y un sitio reconocidos en este sucedáneo de Parnaso que es el mundo cultural de hoy, se relaja un poco y no consigue lo que los lectores esperábamos; o sea, que se supere a sí mismo.

No es el caso de Gregorio Verdugo, al que he ido conociendo en cada libro y apreciando cada vez más y valorando en ellos (a los libros me refiero ahora) su pasión no solo por contar para estar vivo (léase la cita de Manuel Vilas que antecede a la novela; léase también aquella frase de su obra La danza de los espejos enfrentados: «lo que no está escrito no figura en el mundo de los vivos»), sino por la perfección estética, por el cuidado de las palabras, un tesoro que con él está a buen recaudo; por encontrar el lugar exacto en el que encaje cada sentencia (las he llamado así, a esas frases que quedan flotando en boca de uno de los personajes, resonando como un eco en el magma narrativo que nos envuelve); por presentarnos unos personajes extraídos de la realidad[1], cercanos, potentes, únicos, en los que no puede evitar el influjo de lo sobrenatural como buen lector de nuestro comúnmente adorado (yo eso bien que lo sé) García Márquez. Tampoco el halo poético, la querencia por la metáfora, el ritmo y su contundencia, subrayada en ocasiones por frases a veces muy breves, adjetivos poderosos, descripciones plásticas; la atmósfera de catástrofe entre inundaciones (¿quién no recuerda las riadas del Tamarguillo?) y sones de guerra.

Como en Cien años de soledad, en La casa de los gatos narra Verdugo la historia de una familia a través de cuatro generaciones. Y también planea la sombra de un manuscrito[2]. En este caso, el de un antepasado que formó parte nada menos que de la Armada Invencible. Todo un orgullo para la sangre.

Porque es esta, la sangre, una de las protagonistas (por no decir «la Protagonista») de la novela, la que nos explica, la que nos construye. Ya lo anuncia otra cita al principio del libro, esta vez de Daniel Ruiz. «Porque es la sangre la que nos llama y nos hace vivir, y también la que nos arroja sobre el dolor». Y, junto a ella, otros personajes abstractos, como el amor (se van sucediendo las parejas bien avenidas a lo largo del libro, donde las mujeres ejercen un extraño poder, gozan de una rara clarividencia), el odio (la figura de Arturo el Cabezón acechando para destruir todo intento de felicidad), la amistad (entre la familia protagonista y Paco; con la bien retratada tribu de los gitanos de la plaza Cervantes, un espacio idílico-simbólico muy presente en la obra de Verdugo), la generosidad (esos trajines para matar el hambre ancestral), la libertad, representada por el tío abuelo Rodrigo a(bs)traído por el mar. Fuerzas que lo dominan todo y que quedan igualadas en la maraña de recuerdos en la cabeza del bisabuelo Lucanor, como un dios-patriarca sentado en su trono de enea en el pueblo de Castilla que vive en un tiempo-no tiempo (también el pueblo respira varado, como el barco de Francisco de Ximénez frente a las costas de Irlanda), «en un tiempo laberíntico, como el de los sueños», solo asentado a través del trazo siempre explicativo y sanador de la escritura. La escritura de este libro de la mano de su bisnieto Rodrigo, que porta el nombre de su tío pero no sabemos si su misma maldición (quizás sí: la del viaje, la de encontrar y preservar sus raíces a través de la inestabilidad del periplo), pues es ahí donde ¿termina? la novela: en el escritor-periodista (¿trasunto, un poco, del autor real?) encargado de conservar la memoria, de reunir los fragmentos de un pasado común (ay, ese elefante de amatista, perdido y encontrado entre las vueltas del destino), de poner nombre a su refugio, que no es otro que «la casa de los gatos», cuidada con tanta ternura por su abuela Rosa, espacio siempre de acogida (hermosas las visitas del desconocido en el desván), testigo de nacimientos y de muertes en un barrio ya retratado antes por Verdugo. Porque este, utilizando una primera persona implicada en los acontecimientos que narra, también en los que no conoció (pero ¿no terminan siendo la misma masa? ¿Cómo «diferenciar mis experiencias de las narraciones que escuché»), no solo nos invita a asistir prácticamente a los orígenes de este espacio sevillano y acompañar sus cambios de apariencia hasta el día de hoy (la construcción de la Escuela de Magisterio, el entorno hostil del chabolismo, la inauguración del hospital de San Juan de Dios), sino también a recorrer un tiempo que en España, desgraciadamente, ya dura demasiado.

Gregorio Verdugo González-Serna (Sevilla, 1957), licenciado en Periodismo y diplomado en Educación General Básica, es autor de los libros de relatos Cuentos de una guerra lejana (Editorial Pura Tinta, 2014) y El loco de la calle (Ediciones En Huida, 2018) y de la novela La danza de los espejos enfrentados (Editorial Seleer, 2016). Ha publicado artículos, reportajes y pequeños relatos en diferentes diarios, tanto del panorama local como nacional. Ha sido miembro fundador del equipo de periodistas que se aventuró en 2012 en el lanzamiento de Sevilla Report, medio digital local que obtuvo una mención especial de la Asociación de la Prensa de Sevilla en 2013 y donde se encuentra publicada la casi totalidad de su obra periodística.



[1] Pero también de la literatura, pues ¿no resuenan en Arturo el Cabezón actitudes y enconos propios del comisario Antúnez de El loco de la calle?

[2] Aunque habría que decir dos; también el que se elabora a la vez que lo vamos leyendo de la mano del último descendiente de la estirpe.

 

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