Keith Landdon. Memorias no autorizadas

Entre las últimas novedades literarias, donde siempre se cuela algún texto primerizo que jamás debería haberse publicado, he tenido la enorme fortuna de encontrarme con Raül Vaca Rey y su Keith Landdon. Memorias no autorizadas; una novela sincera, innovadora, arriesgada, tanto en su formato como en su contenido, que se presentó el sábado en la sevillana Sala El Cachorro y a la que le auguro un largo porvenir.

En esta obra, aparecida bajo el sello Extravertida Editorial, conocemos a un joven y atractivo actor de Hollywood, un componente del star system que goza de una vida de lujos y éxitos con la que, sin embargo, se muestra absolutamente insatisfecho. A su proceso de autodestrucción, más que de búsqueda de la felicidad, asiste el lector accediendo directamente a todo lo que le ocurre, piensa, siente y pasa por su cabeza, pues el texto ensaya el difícil procedimiento del fluir de conciencia, en el que Vaca Rey se demuestra absolutamente solvente a través de una sintaxis en ocasiones fragmentada por saltos al pasado, diálogos en estilo indirecto y flashes que interrumpen su continuo monólogo interior. Un soliloquio en el que se dirige a sí mismo en una lucha dialéctico-vital en la que tiene todas las de perder.

Sé que a algunos puede resultar paradójico el verbo «perder» en esos espacios de desorbitada ostentación que se reproducen en la obra (fiestas, hoteles de lujo…), donde Raül demuestra su viva imaginación y su vena poética (cabría hacer un largo inciso aquí para comentar la riqueza, fuerza y originalidad de sus imágenes), no exenta de inteligente ironía; pero, puesto que hablamos de séptimo arte, sería gratuito recordar que el cine no es sino una gran ficción, de imágenes, música y textos, de películas que, una vez rodadas, son sometidas a tal proceso de posproducción que no las reconocería ni la madre que la parió. Un espectáculo que nos gustaría protagonizar en muchos casos sin saber las esclavitudes que conlleva. Una mentira que termina por dominar la verdad de la existencia.

Y en esas esclavitudes, en esa falsedad, en ese vacío, en ese absurdo que experimenta y sufre el protagonista se centra su voz, hecha rabia y contradicción, desnuda como no puede estarlo una vez atraviesa las débiles puertas de un hotel o de su casa, convertida también, en más de una ocasión, en parte del plató en que se desarrolla su vida, para mostrar a un personaje que, por su complejidad, se nos convierte en un hombre de carne y hueso, por el que sentimos, ora repulsión, ora una inmensa ola de ternura.

Porque, moralmente, aunque en el libro Keith Landdon no sea juzgado (lo conocemos a través de lo que dice de sí mismo; será el lector quien posiblemente se encargue de cuestionarlo), puede hacérsenos incluso repulsivo en el uso que hace de sus semejantes, a los que trata como objetos y/o juguetes, pues así es como él, en cierto modo, muestra su poder y su rebeldía, a través de la huida del deporte, el alcohol, la droga y la dominación del sexo. Sexo en ocasiones acordado, pero, sobre todo, sexo pagado, lo que nos llevará a esa parte crítica y reivindicativa que tampoco pasa desapercibida en el libro.

Será así como conoceremos a Josh Crawford, desde la focalización externa de la tercera persona (se interrumpe momentáneamente en algunos capítulos ese yo subjetivo que coloniza la literatura de memorias), jovencísimo actor porno de un país del Este de Europa con quien Keith comparte escarceos sexuales y con el que ni siquiera puede comunicarse. Así, se convierte en un símbolo más de esa terrible soledad, ese vacío en el que nos movemos en esta sociedad donde, en teoría, todos estamos comunicados e informados. Más de lo que lo hemos estado nunca.

De ahí que la angustiosa llamada, la petición de auxilio que es, en realidad, este diario cobre tanta veracidad. Aunque, según confiesa el autor de la novela, todo lo que se cuenta es ficticio, su buen hacer, tanto en la inclusión de elementos que configuran el mundo del cine, con su filosofía propia acerca de la interpretación, como en la creación de personajes auténticos, donde caben los papeles secundarios (la madre de Landdon, Sara, Cameron, el fantasmagórico y fiel Daniel) e incluso esos extras que contribuyen a la ambientación, introducen al lector en un universo de realidades ficticias, en ese laberinto o esa celda que supone la mascarada de las grandes superproducciones y todo lo que le rodea. Entrevistas, sesiones de fotografías, actos de entrega de premios son descritos con procedimientos muy visuales, muy, como no podía ser de otra manera, cinematográficos (abro paréntesis para comentar el juego metafictivo de la inclusión de una escena que rueda Keith Landdon como metáfora de su propia vida, si es que queremos concederle una vida propia).

Reales se nos hacen también las escenas de sexo explícito (ya aviso que el libro no es apto para menores), donde se alternan la brusquedad con la caricia, necesarias para ahondar en ese personaje que guarda una tortura más en el hecho de su condición bisexual, poco adecuada en esos círculos, más que puritanos, absolutamente hipócritas. Ya se ha dicho antes: en el gran mundo del espectáculo, hay que mantener siempre las apariencias.

Quedaría por comentar, por último, que el final se nos deja abierto en una encrucijada que es también encrucijada para Keith Landdon. Quizás porque la libertad, ese derecho que le resulta tan lejano como ficticio, ha estado planeando todo el tiempo por la obra como única cualidad (¿junto al amor?) capaz de salvarnos.

Elena Marqués

Raül Vaca Rey (Barcelona, 1979) es licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas, actor, crítico teatral en https://andaluciaaldia.es, autor de cortometrajes y de las obras teatrales La feria del homo sapiens, una sátira sobre la crisis económica y los factores que la determinaron; y El proceso, estrenada en el festival CENIT, en Sevilla. Keith Landdon. Memorias no autorizadas es su primera novela.

 

Keith Landdon. Memorias no autorizadas

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