J'accuse...!

Sé que me repito, pero esta es mi ventana, en la que me acodo porque para eso abono religiosamente el dominio y porque aquí puedo decir lo que me dé la real gana. Sin ofender, por supuesto, pero tampoco dejándome tocar las narices más de la cuenta. Además, no obligo a nadie a leerlo, como sí que me obligan a mí a comulgar con ruedas de molino.

Soy correctora de textos en el Parlamento de Andalucía, un trabajo devaluado e inservible para el que me hicieron superar cuatro exámenes y estudiar un buen puñado de temas específicos sobre lingüística, lengua española, edición, tipografía, impresión y otras zarandajas al parecer menores; esto es, que uno puede saltarse a la torera con todo el desprecio que la ignorancia y la soberbia (no quiero colocarlos como rasgos hispánicos por antonomasia, pero ahí queda expuesto) traen normalmente consigo.

Desde que llegué hace ya 24 años me di cuenta de que nadie nos quería allí, a ese cuerpo técnico incómodo que ubica el dedito encima del texto para detectar errores que la mayoría no está dispuesto a reconocer porque es ponerlos en evidencia, pues todo el mundo cree que eso lo hace cualquiera, que sabe escribir como Javier Marías y que da igual la manera en que se formulen las cosas mientras se entiendan o malentiendan aunque después más de uno se queje por ello, porque un texto es ambiguo o expresa lo contrario de lo que quería expresar y ahora, vaya por Dios, ya no tiene remedio y la que has liao, pollito. Podría poner tantos ejemplos que bostezo de solo pensarlo.

Por supuesto, a un letrado (al que habría que hacerle notar, aunque suene vanidoso, que casi más letras manejo yo) es imposible meterle en la cabeza que su uso del gerundio raya en la burricie, o que la mayúscula tiene un sentido que se le escapa y no es precisamente el de conceder categoría a términos de su disciplina (por esa regla de tres, todos los manuales científicos se escribirían sin apearse en ningún momento de ella), y que más les valdría pasear a Magistrados, Jueces y Fiscales de Andalucía ante los cuadros de las Postrimerías de Valdés Leal para que vieran en qué acabarán. Ya se lo adelanto yo: de igual manera que los Fontaneros, los Albañiles e incluso los devaluados e inservibles Correctores de Textos.

Tampoco estaría mal hacerles reconocer que los documentos procedentes de determinadas instancias, léase Consejo de Gobierno por decir algo, pueden contener errores porque están hechos por humanos, no dictados por la divinidad, y que su redactor o redactora o redactores o redactoras o la progenie que los parió no poseen un conocimiento intrínseco y secular que los coloque por encima del bien y del mal como para que te digan «eso es mejor no tocarlo».

No sé para quién será mejor, pero, desde luego, no lo es para nuestra lengua ni para quienes, sabiendo cómo habría que expresar las cosas correctamente, se tienen que resignar a dejarlas mal porque a ver quién echa a pelear una autoridad con otra. Vamos, eso es otro decir, porque autoridad, como creo que queda claro, no se nos reconoce ninguna y Ellos (sí, en este caso veo precisa la mayúscula, aun contraviniendo el epígrafe 4.2.4.3 de OLE 2010), ya digo, son los que no se equivocan nunca.

En este punto (uy, espinoso asunto el de la puntuación, que no se usa ad libitum, sino con una función fundamental: estructurar y/o jerarquizar las partes del discurso para que se entienda) os recuerdo que Sheldon Cooper entregó a Stephen Hawking un trabajo que contenía un desliz aritmético en la página 2. O sea, que hasta los genios yerran.

Y no vale apuntar que ese es un personaje ficticio porque de ficciones precisamente, másteres y teefeemes imaginarios o incluso fantasmales, está la política llena. Así que, como a estas caóticas alturas no podemos saber qué es real y qué no, hasta tales cotas ha llegado la esquizofrenia a la que nos tienen sometidos y ni siquiera está en vuestra mano comprobar si lo que cuento es cierto o me lo estoy inventando, pues ahí dejo eso también, como quien no quiere la cosa.

En fin, lo último a lo que me he enfrentado en esta tarea absurda por la que me pagan (y no abundo, para no aburriros, en esa bonita parte de que ya he corregido dos veces, con cinco años de diferencia, una serie de textos que aún no han sido cambiados por quienes deben hacerlo, pues yo técnicamente no tengo capacidad ni quiero tenerla: a cada cual lo suyo) es a una oración que someto a esta sencillísima encuesta. Solo debéis contestar sí o no (si la oración concluye o no, quiero decir; no he de caer yo en lo mismo que critico), a ver lo que sale. Pero es que necesito que me ayudéis a entender la organización mental de quien escribe «El Servicio de Informática tiene problemas estructurales desde los años noventa que se han tratado de solucionar y mejorar de diferentes formas, sobre todo porque adaptar un servicio dedicado a las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), en continuo cambio y evolución, pues nada tienen que ver los servicios y requerimientos de los años noventa con respecto a los de hoy en día, en una estructura administrativa que, por lo general, necesita adaptaciones a un ritmo mucho más lento» y asegura por los cojones del anticristo que está acabada y bien acabada mientras yo apostaría todos mis cromos de Panini a que cojea como la reina del supuesto calambur quevedesco. Aun así, prometo que si la inmensa mayoría considera que la idea está perfectamente cerrada y que no falta ningún verbo me callo, me apeo del onagro y me dedico a la cría y tuneado de patos-de-colores-para-mercadillo-ilegal-de-animales. Así haría feliz a un puñado de niños y no perdería el tiempo intentando solventar errores de estilo y gramaticales (no hablo de los ortográficos porque eso ya me da vergüenza ajena) de quienes, en lo que se refiere al manejo de la lengua, evidencian la misma habilidad que demuestro yo en el tiro con arco.

Para mí que, a pesar de la reconocida relación intrínseca entre lenguaje y pensamiento comparable al célebre dilema del huevo y la gallina (qué fue antes, el cascarón o la plumífera, la idea o su manifestación), algo huele a podrido en Dinamarca, entendiendo por Dinamarca la cabeza de quienes dejan oraciones en suspenso pero no ven nada raro en ello, te cuestionan sistemáticamente el uso de las mayúsculas, no entienden que los signos de puntuación no se echan como la sal en el arroz, y encima dicen que es que los correctores somos muy tiquismiquis.

No sé si mi tiquismiquismo me va a suponer un expediente por airear tanta mierda acumulada en mi ventana, pero sí que me ha abierto el apetito para seguir hablando de ello y otros temas más peliagudos. (O sea, que igual esta entrada continúa más adelante). Porque, si habéis leído entre líneas, ¿quién me asegura que esto que estoy sufriendo en silencio como las hemorroides no es un delito y tiene nombre (aunque no me guste escribirlo por ser un anglicismo) y se llama moobing?

Elena Marqués

J'accuse...!

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