Historia de una novela

Que Thomas Wolfe es uno de los escritores más grandes del siglo xx nadie lo pone en duda. Que es posible conocerlo más o menos bien a través de su obra, extensa a pesar de su corta vida, tampoco se nos esconde. («Como ya he dicho, tengo la convicción de que todo trabajo creativo serio debe ser en el fondo autobiográfico», suelta allá por la página 13 del libro que estoy reseñando). Para completarnos el panorama, en 2016 Michael Grandage hizo una película, que no es que recibiera muy buenas críticas, pero esa no es la cuestión, que relataba la relación del escritor con el editor Max Perkins, su descubridor y amigo, y ahí también tuvimos oportunidad de perfilar algo más la imagen del señor Wolfe y recordar su fuerte carácter e inmenso talento, su enorme capacidad de observación y de retención (gozaba de una memoria prodigiosa, más o menos como la mía), su fragorosa verbosidad, su lucha a brazo partido con los textos y con cada una de las palabras que los componían. Su resistencia a podar y a cortar, consciente como debía de ser de que cualquier cosa que escribía tenía una potencia fabulosa. Y, por encima de todo, su formidable, casi sobrenatural, capacidad de trabajo. Porque alguien con ese «apetito malsano de devorar el cuerpo entero de la experiencia humana, de intentar contarlo todo, de experimentar más de lo que puede soportar una vida o de lo que es capaz de albergar en sus límites una obra de arte» solo puede calificarse como «excesivo».

Sin embargo, es con la lectura de la breve Historia de una novela (Periférica, 2021), crónica o memoria del largo proceso de la creación de Del tiempo y el río, como uno lo escucha con su voz más sincera, quizás también menos elaborada, y hablando precisamente de todas esas cuestiones que tanto lo obsesionaron. De inquietudes que quienes aspiramos, no a convertirnos en Thomas Wolfe, porque eso sería una pretensión imposible, pero sí a aprender trucos, fórmulas infalibles, lo que sea (incluso vender el alma al diablo, pero esa es otra historia), que nos permitan progresar en nuestra lucha cotidiana con la ficción y los sustantivos y las interminables correcciones en que debe convertirse todo intento de transformar documentos en literatura, de modelar el caos hasta hacerlo legible y, por qué no, comercializable, buscamos con fervor e impaciencia. Pero no he encontrado nada que se le parezca.

Ignoro si para ese tipo de consejos y enseñanzas se crearon precisamente los talleres de escritura creativa, que empezarán a funcionar ahora en distintos y variados espacios si es que han cesado su actividad en algún momento. Tampoco me voy a ir por los cerros de Úbeda con ese asunto porque lo que quiero contar es lo que sí he aprendido a lo largo de estas escasas cien páginas de Historia de una novela que se leen de un tirón y que te conducen, de la mano algo errática del escritor, por distintas ciudades y reflexiones que voy a reproducir aquí no tanto para construirme una especie de decálogo al que echar un ojo de vez en cuando, sino porque nada mejor que sus propias palabras para expresar lo que más de uno pensamos y sentimos.

Lo primero que quiero destacar es algo que hemos escuchado mil veces en esos talleres de los que he hablado antes: hay que escribir sobre lo que conocemos (aunque con afán de trascendencia universal, añadiría yo, pues los problemas de un hombre suelen ser los de todos los hombres). Y es precisamente lo que hizo Wolfe en su primer libro: basarse en la vida de su pueblo natal, perfectamente reconocible para todos y cada uno de sus habitantes, lo que le supuso un fuerte rechazo de sus vecinos, poco habituados a ese tipo de elucubraciones de teoría literaria e incapaces de distinguir en aquella ficción más que su propia realidad distorsionada y/o ridiculizada. Esta observación lo lleva a reflexionar sobre los materiales sobre los que debe partirse para escribir y la forma de tratarlos. Una cuestión esencial, está claro, en el planteamiento de toda obra, que apunta tanto a fondo como forma.

Me interesa también mucho el pudor que manifiesta antes de publicar, consciente de que se está exponiendo. La lucha entre ese miramiento y las ganas de triunfar, que se convierte en un peso mayor, de enorme responsabilidad, a la hora de afrontar su segunda obra. Pues ¿qué ocurre si termina siendo peor que la primera?

También me siento identificada con eso que dice de que «uno jamás escribe una novela para recordarla, sino para olvidarse de ella». Nada resulta más molesto (a lo mejor soy un bicho raro, pero me gusta pensar que en eso soy tan rara como Wolfe, que quería «ser un hombre famoso y a la vez quería seguir llevando una existencia oscura y discreta») que te pregunten por algo que has escrito, contestar sobre sus posibles interpretaciones. Prefiero que cada lector entable su conversación con el libro, no conmigo. Son las páginas las que deben hablar.

Y, por supuesto, comulgo con la necesidad de encontrar la voz adecuada para contar según qué, que Wolfe resume en «una vez comprendí esto, comprendí también que mi deber ahora consistía en hallar una lengua para expresar lo que conocía pero no podía formular», así como con la importancia de la pasión por el oficio, que expresa con una frase que compartí hace poco porque me parece muy acertada: «ahora creo que, al menos en lo que al arte respecta, el alcance ilimitado de la experiencia humana no es tan importante como la profundidad y la intensidad con que se viven las cosas».

Pero si he nombrado la cinta de Grandage es porque buena parte de este libro la ocupa la figura no menos valiosa de Max Perkins, descubridor del talento no solo de Wolfe, sino de otros gigantes como Hemingway o F. Scott Fitzgerald, hombre inteligente y paciente capaz de lidiar con una personalidad intempestiva como la del autor de El ángel que nos mira y ayudarlo en la tarea de dar por concluidas sus novelas, que es algo difícil para alguien tan exigente y con tantas cosas que transmitir. Es emocionante descubrir en las propias palabras del autor el agradecimiento y el cariño, así como encontrarnos con un editor que realmente conoce su papel, ama la Literatura y, encima, consigue que esta alcance al mayor número de lectores posibles. En unos momentos en que parece que todos llevamos un editor dentro (hay casi tantas empresas que se dedican a «imprimir» como bares), disfrutamos de la implicación, el trabajo, la vocación, el acompañamiento de un verdadero experto en el extraordinario oficio de la publicación de libros: un hombre clarividente que, en la sombra, contribuyó a construir una obra de arte con humildad, tenacidad y discreción, sabiendo que su nombre se perdería en la noche de los tiempos.

Por eso me gusta hoy hablar de esto en mi ventana, tanto de la película como de estos párrafos de Historia de una novela que rescatan al hombre invisible que fue Max Perkins. Alguien del que rompieron el molde al nacer y del que necesitaríamos unos cuantos en el desorden literario y pseudoliterario en que estamos, seguramente por vanidad, irremediablemente cayendo.

Elena Marqués

Thomas Clayton Wolfe (Asheville, 1900-Baltimore, 1938) fue profesor en la Universidad de Nueva York y escribió varias obras dramáticas, muchos cuentos y cuatro novelas largas, de las que solo vio publicadas dos: El ángel que nos mira (1929) y Del tiempo y el río (1935).

 

 

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