Este invierno que al final llegó por adelantado

No soy de colgar en esta ventana mis poemas. No lo veo el lugar adecuado, como si temiera que pudieran despeñarse patinillo abajo, desgraciarse contra el suelo al perderse entre los recovecos de la red. Quizás sufrir algún hurto, algún comentario desafortunado sobre lo mal poeta que soy, que es algo que sé, como también que los hay mucho peores y menos pudorosos en esos asuntos de airear versos. Pero da la casualidad de que escribí estos dos o tres días antes de que cobraran sentido, como si las palabras se me hubieran anticipado, como si el sentido mágico de los sonidos pudieran convocar la realidad y dejarla desvalida ante nuestros ojos. Ante nuestros ojos de niños eternos.

Así que, por una vez y sin que sirva de precedente, ahí los tiendo, al sol frío de este invierno que al final llegó por adelantado.

 

Si se nos concediera la lengua de los pájaros

o poblar el costado de la ciudad tendida

sin miedo a que el deseo nos despoje de Dios,

si el amor nos colmara los labios prematuros

de palabras feraces como estambres de lluvia,

si se nos ofreciera el cáliz desarmado de la voz de los niños

y el arduo aprendizaje de la espera y la luz,

si el tacto transparente que acuna la crisálida

nos amansara el ceño,

si se nos otorgara el óbolo inocente del verano

y el lazo deslucido que envuelve la memoria ardiera como flores,

no mantendría la muerte su nombre doloroso

ni el deber de guardarnos en su cuenco de agua.

 

A la memoria de Ernesto Marqués Riancho

Elena Marqués

Este invierno que al final llegó por adelantado

Gracias

Gracias prima,simplemente gracias.Allí donde esté su alma, siempre nos guiará.Gracias.

De los dones

El único comentario desafortunado que se me ocurre (y se me ocurre ya al leer la innecesaria introducción) es que no deberías nunca disculparte por adelantado, y menos en tu propia casa. Será, quizá, que, aunque reconozco mi soberbia (y esa sí que es siempre inoportuna), no entiendo de humildades; ni tampoco de méritos no esculpidos a fuerza de voluntad y constancia, pues casi siempre nos han sido concedidos por las cualidades que adquirimos a través de la herencia genética y la educación a la que tuvimos o dejamos de tener acceso. En tu caso, la palabra , en prosa o en verso, es un don. Tu trabajo y mimo la acarician y esponjan hasta la belleza absoluta y tu generosidad al compartirla no merece que la veles con excusas ni humildades.
Gracias, Elena.

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