En el iris el tiempo

No vamos a quejarnos de los últimos años porque todos tenemos motivos para hacerlo. La vida se nos ha puesto patas arriba, irreconocible. Y nosotros mismos hemos cambiado. No solo en costumbres, sino también en carácter.

Una de las consecuencias de este desbarajuste, tanto colectivo como particular, en mi caso ha sido que no pude asistir a las primeras presentaciones de En el iris el tiempo, antología poética de mi querida María José Collado, cuya voz ya forma parte de mi vida.

Porque la poesía de la jerezana afincada en Sevilla, que nos regala con este libro una selección desde sus primeros pasos en la lírica (1987) hasta algunos versos inéditos de 2020, tiene ya en sus orígenes una cadencia propia, una forma particular de componerse, entre sincopada e impresionista («bajo la luna somos solo trazos»), con el dardo del adjetivo antepuesto y la sombra nostálgica de la memoria en un acecho tímido. Una estructura y unos intereses temáticos inalterados que la hacen reconocible a esos lectores incondicionales que nos asomamos a su obra sabiendo que encontraremos en ella una paz vibrante y elocuente, los signos inequívocos de quien se halla en armonía con el mundo. De quien acepta la calidad efímera de las cosas, especialmente de las más simples y pequeñas, y, por ello mismo, decide exprimirles hasta las últimas gotas de su belleza.

Y es que la poesía de Collado respira, por encima de todo, hermosura y autenticidad, nos descubre vivencias propias desde una cercanía consciente y abierta a sentidos y experiencias en las que solo podemos reconocernos. Y, con fórmulas discretas en las que trasparece el yo lírico, consigue incluirnos, en una especie de calmo panteísmo, en el todo armónico del mundo («Soy el latido redondo del árbol, / memoria, sabia encerrada / en el orbe amarillo del ámbar»), hacernos partícipes de la comunión y hermanamiento que imprime la palabra. De hecho, en esta antología ha querido recordar algunos poemas en los que expresa su vena solidaria, en los que pone voz a los que sufren, a los que migran, a los que pierden los sueños y la vida en un mismo acto de consciente dolor. A los que trazan sin quererlo «la caligrafía amarga de la calle».

También, en ese camino colaborativo en el que siempre encontraremos a Collado, ha pedido la participación de algunos de sus colegas en este círculo poético que se ensancha cada vez más en la tierra inmortal de Andalucía, cuna de escritores y sede permanente de la belleza, y entre prólogos, textos intercalados y epílogos escuchamos las voces amigas de Juan Martínez Iglesias, (AboroJuan), Tomás Sánchez Rubio, Ana Patricia Santaella, Pepi Bobis y Almudena Tarancón, grandes escritores, así como canciones de Luis G. B. a la poeta y algunas fotografías de su hijo Gustavo, con quien establece un diálogo de imágenes y palabras que solo puede calificarse de entrañable.

Porque los poemas de María José Collado respiran, por encima de todo, nostalgia e intimidad. Cualquier signo, cualquier gesto, adquiere una aureola de belleza filtrado por el ojo sensible e inteligente (recuérdese lo acertado del título, recuérdese el primer verso que abre la antología.) de la poeta, que logra detener el tiempo (véase la nota anterior), perpetuarlo, fijarlo en escenas (léase «La canción del río») esculpidas por la fuerza atinada de los términos elegidos, tan claros y directos como plurisignificativos, tan hermosos como eternos. Sus versos, que giran en torno al amor y el sexo, la pasión y la ternura, el encuentro y el reencuentro, saben celebrar los pequeños actos domésticos, al, por ejemplo, «humedecer la noche en el mar de una copa». Asistimos en la lectura de En el iris el tiempo a pequeñas historias contenidas en poemas breves pero de gran intensidad. Gotas que parecen escaparse como el agua, pero que, como esos cauces frescos y torrenciales, nos horadan en lo más hondo con sus tropos de libertad y vuelo.

Entre esas metáforas y símbolos no faltan la presencia del mar, del pájaro, de la llama y la ceniza, de la sombra y el otoño, de los ciclos vitales que se encarnan en los cambios de las estaciones y su rueda sin fin. Por otra parte, el protagonismo de la luz, ese regalo tan preciado del que no nos damos cuenta hasta que lo perdemos, «la estremecida luz que nada en las clepsidras», se anuncia también desde los mismos títulos de sus poemarios. La luna en el laberinto expandiendo su aureola argentina o ardiente soplo de cobre, las sombras que bruñen de otoño la memoria, el resol de la lumbre que aún brilla. La luz que toca y da nombre, como el dedo de Dios. La centella que dignifica («la luz de una linterna reflejada en un rostro / les devuelve la humanidad que les resta la noche»).

Sí, las imágenes de María José, sencillas y sugerentes, recurren a la fuerza primordial de los elementos, apuntan al color simbólico del azul, a su sagrada profundidad marina, a la paz que lo celeste nos transmite. A la piedra preciosa y mágica. A los objetos en sí, que adquieren un poder evocador y real, que hacen revivir a las manos que alguna vez los tocaron, que se disfuminan en frágiles bodegones donde vibra con sus tonos propios la voz de la melancolía. Y, por encima de todo, nos hacen conscientes de nuestra verdadera naturaleza, humana y mortal, la arena que nos define, pues (y con sus versos acabo)

Nacemos con la sangre hecha marea,

morimos con la sangre detenida

en los diques del tiempo.

Gracias, María José, por tu atento mirar.

Elena Marqués

María José Collado (Jerez de la Frontera, Cádiz), ganadora del IV Certamen Internacional Traspasando Fronteras en 2010, del IV Certamen Gertrudis Gómez de Avellaneda en 2019 y del I Certamen Andaluz Alpujarra en 2021, es autora, entre otros, de los poemarios La luna en el laberinto, Arde la vida bajo el cobre lunar, Tapiz de agua, Bruñidas sombras, Aún la lumbre, Centinelas del frío y Pájaros de cristal en el jardín de invierno.

 

 

 

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