El tiempo no es el tiempo

Me viene que ni al pelo el título del relato que me ha traído a la Muy Noble, Docta y Sabia 25 años después de visitarla por vez primera. Ya en aquella ocasión, a la vuelta, me di a escribir una crónica intitulada «De commo emprendieron viatge a la real çibdad de Sallamanca diez ricos homnes sevillanzos, y de quanto les aconteció y ovo lugar commo se verá en lo que se sigue», con la que mis amigos conocieron mis inclinaciones literarias y mi relativa facilidad para el verso largo. En tiradas de rima asonante, como los cantares de gesta, pues no otra cosa era aquello que el relato de una de nuestras primeras aventuras peregrinas, les regalé el manuscrito de nuestra invernal proeza, hábilmente envejecido con la plancha y amarrado con una cinta antigua que encontré en casa de mi abuela para darle fingida autenticidad.

Han pasado los años y mis pies se han conducido por las mismas calles de entonces. He visitado sus catedrales, admirado el altar mayor de Nicolás Florentino, la cúpula gallonada desde el huerto de Calisto y Melibea en una noche heladora. He buscado astronautas, dragones y ranas por las fachadas platerescas; recordado los versos de fray Luis en las primeras liras de nuestra literatura; imaginado la música de Salinas frente al órgano realejo con el árbol de Jessé labrado («El aire se serena / y viste de hermosura y luz no usada, / Salinas, cuando suena / la música estremada, / por vuestra sabia mano gobernada»); soñado bajo el cielo de Salamanca (el real y el atribuido a Fernando Gallego, expuesto desde 2012 en una de las aulas de las Escuelas Menores). He tomado un Val de Reyes de Fariñas en la taberna Dionisos (porque no solo de iglesias románicas y palacios renacentistas vive el hombre) e incluso, para rememorar aquel primer viaje, nos hemos atrevido a subir a la Peña de Francia, con el hielo por alfombra, y a pasear por las calles empedradas de La Alberca, donde obligados quedamos a calentar nuestros cuerpos con vino de la tierra y patatas meneás.

Pero con tanto recuerdo me estoy desviando del tema.

Si Salamanca es, para mí, la ciudad más hermosa de este país extraordinario es por su espíritu. Cuna de la primera universidad en España, toda ella está impregnada del amor al conocimiento. El edificio de las Escuelas Mayores, con su magnífica biblioteca y las aulas donde impartieron sus enseñanzas los más célebres profesores; la institución que gozó del privilegio de tener por tres veces como rector a don Miguel de Unamuno (pintada en rojo sangre su divisa en la fachada de la casa-museo: «Primero la verdad que la paz»), abre sus puertas bajo el lema «Tempus distinctum. Aequabilis Domus» (o sea, «Distintos tiempos. La misma casa»), y creo que mejor no puede estar escogido.

Todo avanza a una velocidad de vértigo. La ciencia nos sorprende cada día con buenas noticias. Pero estamos tan seguros y confiados en el progreso como un hecho que nos corresponde que a veces nos olvidamos de lo que eso conlleva.

Los salmantinos, sin embargo, lo tienen muy claro. Mantienen inconmovible la pasión por el saber; tienen en su Universidad su mayor joya, pues de ella han de egresar las mejores mentes que nos conduzcan siempre hacia delante.

Caminar por los pasillos de sus históricos edificios, con sus vítores de fechas recientes, nos deben hacer caer en la cuenta de que esta nuestra España, que a veces podemos considerar un proyecto malogrado, crece gracias al estudio y al esfuerzo, al trabajo y la constancia. Y también de que seguimos siendo los mismos que obtenían el grado en aquellas aulas tras una dura prueba que ahora, posiblemente, ninguno de nosotros seríamos capaces de superar. Y un poquito de humildad no nos viene nada mal de vez en cuando. Parar el tiempo y reflexionar debería ser una tarea diaria.

Sí, allí el tiempo se detiene en la calle del Arcediano, en el Tormes dócil bajo los ojos del puente, en la figura del Lazarillo y el ciego que nos recuerdan otro de los libros fundamentales en nuestra literatura. (Su anónimo autor quizás no sospechara jamás que en 2016 aún seguiría arrancando risas y sonrisas y que la imagen del pícaro, por desgracia, se podía llegar a convertir en la imagen de España.) El tiempo se detiene en el palacio de Anaya, en la hospedería de Churriguera, en la monumentalidad de las torres de la Clerecía, en las bóvedas estrelladas de San Benito, en los dulces del convento de las Dueñas, en la refinada crestería del Palacio de Monterrey. El tiempo se detiene en las pinturas murales de la rotonda de San Marcos, bajo la puerta románica de San Martín en la plaza del Corrillo. Y, sobre todo, en el mayor sueño de piedra y armonía que el hombre pueda alguna vez contemplar tras atravesar sus arcadas y tener por cierto que ha llegado al centro del mundo.

Pero los sueños se acaban y, como en aquella crónica que les he referido al principio («Ya las luzes se divisan i ya la torre almohade / se levanta como faro que acoge a aquel que la ame»), la vuelta a casa se impone. Fui a recoger un premio en la Fundación Gaceta (el más importante diario de Salamanca, que reafirma un año más su apuesta por la cultura) por mi relato «El tiempo no es el tiempo», pero yo ya adivinaba un galardón mucho mayor, y no era otro que encontrarme de nuevo con Torrente Ballester en el Novelty y con las calles mojadas y la airosa torre del Clavero, y esa luz mágica de la arenisca y el deseo insobornable de volver a leer a los clásicos, pues es cierto eso de «El que quiera saber, que vaya a Salamanca» (aunque también «Quod natura non dat, Salmantica non praestat»).

Así que no perdáis el tiempo, o carpe diem (me lo digo a mí misma), y disfrutad y aprended de cada instante.

Besos.

Elena Marqués

El tiempo no es el tiempo

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