El sintonizador

Ayer, cuando andaba planificando mi entrada de hoy, me enviaron vía WhatsApp un vídeo de lo más inquietante. Un tipo con barbas y excelente dicción explicaba las infinitas posibilidades de la inteligencia artificial. Y lo hacía a través de un ejemplo en el que prestaba su voz a un avatar con su misma jeta, pero que para nada era él mismo, de manera que, planteaba a quien quisiera oírlo, llegará un momento en que no podremos distinguir la imagen de un ser real de otro que no lo es. O sea, nos será difícil saber si lo que aparece en una pantalla es cierto o una creación más o menos maliciosa.

Si cuento esto es porque el día 3 de marzo acompañé a José Luis Ordóñez, junto al también escritor Juan Ramón Biedma, en la presentación de su nueva novela, El sintonizador, y ese fue uno de los temas que centró nuestra conversación. Porque el futuro distópico con el que normalmente disfrutábamos tanto en la literatura de ciencia ficción está ya aquí; y, si bien el progreso tiene muchísimas ventajas, los inconvenientes y peligros de un descubrimiento o un invento mal empleado en manos de esos tantos villanos que campan por las páginas de ciertas novelas, las pantallas de los mejores cines y la mayoría de los gobiernos están bien claritos. A nadie se le escapa que un invento como el sintonizador, una máquina capaz de grabar cualquier sonido emitido en cualquier parte del mundo solo con trasladarse allí y programar la fecha exacta, puede acarrear nefastas consecuencias.

Pero, más allá de esa reflexión ética sobre la ciencia y la tecnología, que da para cientos de manuales; más allá, incluso, de la cuestión filosófica de hasta qué punto es siempre bueno y conveniente conocer la Verdad, que parece la causa más noble de todas pero quién sabe, el libro de Ordóñez vuelve a ser, como otras tantas veces, un dechado de imaginación en el que se cruzan dos historias con muchos puntos en común. Una se desarrolla en el Madrid de 1837, concretamente en torno a Larra y su suicidio; la otra, en la actualidad, en un caserón frente a la costa cantábrica por donde desfilan los miembros de una acomodada familia que, como resulta habitual (nadie lo dijo mejor que Tolstoi: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera»), a pesar de su aparente normalidad, tiene su lado oscuro. En ambos casos buena parte de sus personajes son escritores, un tema que gusta al autor del corto Exorcismo casi tanto como viajar en el tiempo (recuérdese su novela anterior, Los desertores de Oxford Street, también en Algaida Editores). En ambos casos se reflexiona sobre la utilidad de las letras («La literatura hacía que todo pareciese más importante de lo que realmente era, o podía quitarle importancia a algo fundamental y básico. Esa era su magia. Esa, su debilidad»), sobre el éxito y el fracaso, sobre la eterna insatisfacción, pero también sobre el amor, y sobre la negrura del alma humana. En ambos casos parece que se produce una apropiación de la obra ajena que es, a su vez, un reconocimiento a la grandeza del otro.

Aun así (y creo que lo he avisado un poco), es la historia que se desarrolla en la actualidad la que adquiere más peso y volumen en las páginas, y de esta manera se nos permite conocer a fondo al octogenario Duque de las Letras y a su hijo Víctor, siempre a la sombra del hombre exitoso; a Elena, personaje fuerte y decidido, de mente científica y fría, tan distinta en sus razonamientos a las locuras mentales del creador (¿hablamos de nuevo de «los monstruos del escritor»?); o al secundario Magallanes, tras el que podemos adivinar varios tipos reales dedicados precisamente al oficio de encumbrar, o todo lo contrario, las obras ajenas.

Por supuesto, la historia que se desarrolla en el Madrid decimonónico que tanto desánimo causara en el escritor y periodista romántico, aunque menos elaborada, nos permite sumergirnos en la mente torturada del aspirante a suicida y, frente a ella (sí, esto va un poco de oposiciones y de contrarios), el entusiasmo juvenil de un vallisoletano recién arribado a la capital con aspiraciones en las que ya los más viejos no somos capaces de reconocernos. De su mano conocemos el ambiente literario de la época, concentrado en cafés y casinillos; y, por supuesto, los versos que despidieron a Larra en el cementerio de San Justo, versos que cerraron el quehacer de una pluma para abrirle la puerta a otra que se haría igualmente célebre. Versos que reconocen «que el poeta en su misión, / sobre la tierra que habita, / es una planta maldita / con frutos de bendición». Ahí es nada.

Resultan ciertamente interesantes esas reflexiones metaliterarias (algo también muy ordoñesiano) sobre la literatura con mayúsculas, en la que parecen no tener cabida determinados géneros, y la ambición de crear una obra maestra, casi tanto como el ambiente conseguido en ese escenario realmente dramático (en el sentido literal, como lugar donde se representa una obra teatral) que tan bien sabe trabajar el sevillano. Maestro en crear atmósferas misteriosas, deja que la amplia y trascendental conversación entre padre e hija transcurra en medio de una tormenta real y metafórica; y que sus voces avancen a la velocidad necesaria para crear la tensión y abonar el misterio. Sus diálogos, bien construidos y veraces, alternan con descripciones de gestos y espacios de tal manera que el lector se sabe allí mismo, atrapado como en una película de Hitchcock (José Luis nombró La soga en la presentación en Botica de Lectores, como si me estuviera leyendo el pensamiento), pues nadie puede negar las influencias cinematográficas en una mente que seguro que hasta en la intimidad de su hogar piensa en fotogramas.

En fin, que con El sintonizador, como en otras ocasiones, los seguidores de José Luis Ordóñez están abocados a pasar un buen mal rato, aunque sin tanta sangre y con un final que, a pesar de como anda el patio, deja abierta la puerta a la esperanza.

Elena Marqués

José Luis Ordóñez (Sevilla) ha publicado, entre otras obras, los libros de teatro De humanos y otros monstruos (El Sendero & Fundación SGAE, 2016) y El síndrome de la mujer mecánica (El Sendero & Fundación SGAE, 2019), el volumen de relatos Exorcismos (Extravertida, 2019), y las novelas Junior y la carta fantasma (Mr. Momo, 2017), Los monstruos del escritor (Pulpture, 2017) y Los desertores de Oxford Street (Algaida, 2018).

 

 

 

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