El padre-hijo (de Sharon Olds)

Nunca me he atrevido a reseñar a Iván Onia. La razón es bien simple. No hay que leer lo que alguien, sorprendido e incapaz de transmitir mínimamente la punta del asombro, dice sobre Iván. Hay que leer a Iván, cada uno de sus libros. Hay que escucharlo.

A mí me gusta verlo en directo, con su acento cercano, pronunciando como si sus largos poemas no tuvieran importancia. Como si brotaran en ese momento de sus labios en una sabia improvisación de la que quiere desprenderse, la visera de la gorra cubriéndole los ojos para ocultarle su poquillo de inexplicable pudor.

Sin embargo, nada deja al azar en sus composiciones de largo aliento, todas sus imágenes contribuyen a la creación de una atmósfera propia y reconocible que, al menos para mí, cambia algo en este último libro, El padre hijo (de Sharon Olds), editado por Maclein y Parker en 2018.

En realidad, nos encontramos ante las mismas enumeraciones y amplificaciones a las que nos tiene acostumbrados; esas «metáforas orgánicas y llanas», modernas e inusitadas; esos símiles brillantes que muestran su infinita capacidad de extraer de objetos cotidianos la esencia de la extrañeza, de descubrirnos instantes que a otros ojos pasarían desapercibidos y que con él se transforman en un estallido, una súbita visión que provoca a partes iguales deslumbramiento y emoción. Como ese milagro que narra (muchos de sus poemas adquieren ese carácter narrativo-descriptivo del libro que le sirve de motivo e inspiración) en el poema «La extracción», ese construirse un cuerpo en su mágica y extraordinaria alquimia.

Del poemario El padre de la escritora estadounidense parte Iván Onia, y de él selecciona 28 composiciones, 28 citas, para oponer a la vida que acaba en aquella larga despedida esta otra que comienza en el hijo que preside el título. En este exacto recorrido, nos conduce por los distintos estadios de la espera y el nacimiento, por sus temores de que no exista el amor en los primeros días (léase «La mirada»; léase el verso con que concluye el libro; léanse los hipotéticos reproches de «Carrera»), de que se presente el sufrimiento («Soy el notario de este miedo», anuncia en «El transformado»), de que no sea capaz de asumir la enorme responsabilidad que un hijo conlleva («vas a ser padre, imbécil, da ejemplo, / di cosas serias, di cosas más serias»).

Pero, poniéndonos bíblicos, lo que preside este último poemario de Iván Onia, por encima de todo, es el amor incondicional e ilimitado, unas hermosas lecciones de ternura, además de darnos a conocer su concepto de la vida como nudo ininterrumpido hacia la muerte, pues «el que mira una cuna, mira un incendio». Explica la existencia como una línea genealógica en que padres e hijos se reemplazan en sucesivos vasos comunicantes para reconocerse en los rasgos y los gestos («Mi madre, y más allá mi abuelo, vuelven / en el iceberg de la barbilla / o el pentagrama roto de los labios»); para ayudarse a vivir y morir; para celebrar solemnes y domésticas ceremonias; para aguardarse mutuamente («eras tú, aburrido, transformado / de pez a humano, el que me esperaba»), si bien marcando esa individualidad, ese carácter único que define al ser («Era él tras haberse deshecho / de sus posibles otros»). Para ello, utiliza el diálogo, en el que se dirige al oído incomprensible del hijo antes de nacer («Cuando tu madre me preguntaba / si se escuchaba algo»), o se convierte en el hijo mismo tocando por última vez las paredes del útero materno, «su cuna mineral», con la nostalgia de las despedidas, como una lección en la que conocemos la evolución desde la vida anfibia, desde ese líquido amniótico del poema inaugural. Desde ese tapón mucoso que se desprenderá en el momento del nacimiento («Como a un timbre traslúcido llamamos / a las puertas de la vida, / atravesando ese cuajarón se llega») hasta las flemas que descansan en el vaso del anciano poco antes de la muerte, unidos por un algún hilo invisible pero real («Indeleble, algo ha de quedarnos dentro; / una blandura madre, un moco prístino») como se unen las primeras y últimas palabras de la vida (precisamente «agua») en ese «Dialecto salvaje y tuyo. Filología de la sed».

Porque, como observara Ana Alvea en su reseña a este libro en la revista Rótula, el cuerpo, completo y fragmentado, protagoniza muchos de estos versos, el cuerpo en construcción (también se construirán nuevos recuerdos, a partir de otros ya vividos, como en el poema «La fotografía que quiero»), el cuerpo sin lenguaje ni consciencia («yo dejo de existir cuando la proa toca el sueño»), el cuerpo como última fase de la evolución con ese ombligo «como un punto y seguido / en el relato de la historia humana»; la mano «como un juguete de sangre», como el punto físico de encuentro, como el gesto del Dios de Miguel Ángel creando el mundo, que se tiende hacia la cuna en un entorno acuático. Y esa presencia líquida y mineral del origen de la vida que hace referirse al niño como pez, esos olores persistentes que también definen la corporeidad y que evocan las profundidades de la tierra, la infinitud del universo con sus simbólicas correspondencias donde planea cierto panteísmo.

Se ha comentado la narratividad de algunos poemas, en los que se detiene Onia en escenas determinadas, como la del bautizo de la criatura («Esfuerzo») o ese viaje hacia el hospital por la circunvalación pedestre de la se-treinta que enlaza con otros recorridos anteriores en el poema «Carrera». En ellos se detecta un rasgo también propio del autor: su ingenio y su sentido del humor.

No pasan por alto ciertas influencias de escritores de relatos y novelas como Gabriel García Márquez («Últimos actos») o Alejo Carpentier en sus vertiginosos viajes a la semilla. También imagino a Borges en el último verso de «El nadador». No es preciso señalar que con ellos se inauguran el realismo mágico y lo neofantástico, con su fascinante y natural surrealismo, tan cercano también al estilo del poeta. De hecho, el poema que sirve como epílogo, si bien podía haberse antepuesto al resto de las composiciones, pues sirve para explicar el nacimiento de este libro, termina deshaciéndose en prosa poética, como ese Paseando a Mr. O que publicara el autor en 2017.

En fin, que poco más tengo que añadir. Lean a Iván Onia. Escúchenlo cuando tengan ocasión. Y siéntense a aguardar la bendición de su próxima obra.

Elena Marqués

Iván Onia (Sevilla, 1980) ha publicado la plaquette Tumbada cicatriz (Ediciones en Huida, 2011) y los poemarios Galería de mundo y olvido (Ediciones en Huida, 2013), Hermanos de nadie (Karima Editora, 2015), El decapitado de Ashton (Ediciones de La Isla de Siltolá, 2016, obra finalista del primer certamen de poesía Antonio Colinas) y Paseando a Míster O (Asociación Noctiluca, 2017). Mantiene el sitio web www.laspuntasdeltiempo.blogspot.com.

 

 

El padre-hijo (de Sharon Olds)

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