El hoy es malo, pero el mañana es mío

Que el libro de Salvador Compán El hoy es malo, pero el mañana es mío empiece con dos citas, una de Antonio Machado, que precisamente contiene el nombre del volumen; y otra de César Vallejo, de España, aparta de mí este cáliz, no puede ser más significativo. Antonio Machado es el poeta homenajeado en el último capítulo. Antonio Machado vivió en esa Daza imaginaria que contiene a dos ciudades vecinas y complementarias, Úbeda y Baeza. Antonio Machado llegó allí tras la pérdida de una esposa-niña, como Vidal Lamarca, el protagonista de esta extraordinaria novela, fabula sobre aquella adolescente que fue su primer amor y de la que nada sabe, tras el estallido de la guerra, hasta un reencuentro que nos hace abrir los ojos a lo engañoso de los recuerdos y lo inútil de las quimeras. Por otra parte, los versos conmovedores del peruano («Niños del mundo, / si cae España ―digo, es un decir―…») sobrevuelan el texto como una advertencia o más bien una confirmación de lo ocurrido; planean sobre las cabezas de esos adolescentes que crecen en un ambiente triste y estancado, en un lugar presidido por el miedo y por la culpa. En ese espacio inamovible de una ciudad amurallada y de cristal como a veces se describe en su inquietante belleza.

La historia que nos narra es muy sencilla. Un hombre que trabaja en una empresa de otro al que le debe la vida. Un hombre que se dedica a la pintura. Que da clases particulares de dibujo y conoce el amor. Que siente el peso de la culpa. Una culpa terrible, de delaciones y fusilamientos en las cárceles. Un hombre que escribe su historia y le desea un final incapaz de acometer. Sí. La historia que se narra es muy sencilla. Es de nuevo la de esa guerra que no acaba, cuyas consecuencias se alargan sobre las vidas de quienes consiguieron mantenerse en este mundo aunque lleven la existencia de un espectro.

El personaje se plantea como un ser dividido, dañado en varias partes por la terrible tesitura que le ha tocado en suerte. A veces como un misterio que ni la amante Rosa Teba es capaz de sondear. Y no es el único protagonista. En realidad, es el joven Pablo Suances, uno de sus alumnos, quien cuenta buena parte de ella, quien introduce incluso un elemento de trhiller al descubrir armas donde no imaginaba, ilustraciones que pueden llegar a convertirse en realidad.

Pero no me alargo en la historia, que para mí es lo que menos importancia tiene. Es la forma inmaculada de contarla lo que más me ha atraído de este libro. La estructura fragmentaria, con saltos al pasado que permiten conocer lo que ensombrece los ojos del pintor, así como introducir ese elemento de misterio que es la vida de cualquiera. Nada termina de explicarse en el presente. A veces hay que sondear muy lejos para conocer el origen de las peores pesadillas.

No sé si a los escritores les agrada que comparemos su obra con otras, que reconozcamos el estilo o la voz de autores coetáneos, como si le debieran algo. Yo he escuchado en ocasiones a Muñoz Molina (precisamente de la zona, proclive también a imaginar su propia Mágina) en estas frases morosas y tan bien construidas que dan ganas de llorar. Porque la perfección es para mí algo emocionante a lo que siempre me he rendido. Saber que el hombre, que a veces se luce como sembrador de desdichas (léase el contenido de esta novela, o baste como muestra una frase: «―La guerra son los otros, incluso los que crees que son los tuyos».), es capaz de estas cotas de belleza me hace recuperar la fe en él.

Salvador Compán, aparte de un excelente escritor, es también aficionado a la pintura. Eso se nota en la riqueza de las descripciones (no abunda el diálogo), en el buen esbozo de cada uno de los personajes, en las alusiones a los cambios de luz sobre la piedra. Y le rinde un homenaje no solo a través de su protagonista, sino con la recuperación-homenaje de Zabatela, el artista de Quesada, con el que Lamarca guarda ciertos paralelismos y del que aprende no solo técnicas para emplear en el lienzo, sino para desenvolverse en el día a día, para olvidar y empezar de nuevo.

Y Vidal Lamarca empieza de nuevo liberado por el amor. Se hace por fin fuerte y capaz. Se enfrenta a Sebastián Lanza. Se marcha de la ciudad dormida. Y vuelve para ese homenaje perseguido a un poeta aún perseguido en plenos años sesenta confirmando esa fatal premonición vallejiana con que se cierra el libro: «―Si cae España, niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!».

No quiero pasar por alto algunas reflexiones que Compán distribuye sobre el proceso del arte, desde aquellos primeros consejos anotados de «Dibujar no es imitar: es descubrir» hasta aquel otro pensamiento del protagonista de que «solo se puede conocer la realidad con la ficción o que el arte estriba en profundizar en la apariencia de las cosas (crear es parecido a arar, hay que levantar la tierra y removerla hasta que nos enseñe sus raíces)». Eso hemos, o ha, hecho Compán con la vida de Lamarca. Con la vida de Daza. Con la vida de España.

Elena Marqués

Salvador Compán (Úbeda, 1949), dedicado con verdadera vocación a la enseñanza, es autor de las novelas El Guadalquivir no llega hasta el mar (Premio Jaén de Novela), Madrugada. (Crónica de espejos) (Premio Gabriel y Galán), Un trozo de jardín (II Premio Ciudad de Badajoz y Premio Andalucía de la Crítica), Cuaderno de viaje (finalista Premio Planeta), Tras la mirada (Planeta, 2003), Palabras insensatas que tú comprenderás (Almuzara, 2012), y este El hoy es malo, pero el mañana es mío (Espasa, 2017), además de ensayos, relatos breves y artículos en diversos medios.

 

El hoy es malo, pero el mañana es mío

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