El camino imperfecto

Hace poco, en la consulta del Doctor Goodfellow, mostré mi entusiasmo (creo que lo llamé directamente «enamoramiento») por la escritura del portugués José Luís Peíxoto, en concreto por su Autobiografía; un libro con fondo y hechuras saramaguianos que me hizo disfrutar mucho entre las «estrechas» fronteras de esa ancha y maravillosa ciudad que es Lisboa. Hoy acompaño al autor en sus viajes a Tailandia, destino al que yo no sé si alguna vez me animaré a llegar, pero que se me descubre como un espacio muy distinto al que me habita; un país capaz de suscitar en el autor reflexiones y pensamientos[i] que valen mucho más que la mera visión de un templo budista o el exótico saboreo de un tom yam picante. Pero ya digo que no es eso lo más interesante de El camino imperfecto, si bien la forma de describirnos olores, sabores[ii], sonidos, luces, sombras, personajes, situaciones, cielos, naturaleza (siempre verde y devoradora), resulta de un grafismo arrebatador, con hermosas metáforas (ay, esas naranjas aún colgadas del árbol hechas «planetas ácidos») y aceradas enumeraciones en las que trasparece un poeta al que aún no he leído (aunque sí que lo he leído, pues hay mucha poesía en sus textos narrativos) pero que, si nada lo entorpece (y si hay traducción, claro), pronto leeré.

Estructurado en fragmentos pequeños y desordenados, como las impresiones y recuerdos que nos asaltan a la vuelta de un sueño o de un viaje, el escritor nos ofrece unas pocas escenas de su pasado (los viajes también se producen en el tiempo de la memoria, entre la tienda del señor Heliodoro y las tardes abrasadoras del verano de Galveias, entre las matinées en la Sociedad Filarmónica y el acoso escolar) entreveradas con las instantáneas que constituyen el grueso del volumen y que nos exponen sus vivencias por el país asiático y Las Vegas, donde, posiblemente acicateado por esos extraños paquetes con que se abre el texto, unas cajas con restos humanos mandadas desde Bangkok a la capital del juego, no se olvida de recorrer los espacios relacionados con tan macabro envío.

En cualquier caso, con Peixoto y estos caóticos flashes nos adentramos, aparte de en la Tailandia que todos esperamos descubrir, la construida por el imaginario occidental, incluida la sordidez de la prostitución brindada por catálogo en el asiento de un taxi o los espectáculos de lanzamiento de pelotas de pimpón, en su propia Tailandia (hay un capítulo dedicado a las distintas visiones que un mismo lugar ofrece al viajero, punteado por el mantra «estuve en Tailandia y no es así para nada»); conocemos algunos rasgos de esos ciudadanos que tanta importancia conceden al prestigio personal y a la paciencia y la calma (como, sospechamos algunos, buena parte de los orientales); nos enteramos de su aceptación de la pobreza, de su formación monástica, del peso (¿peso liberador?) del budismo. De los límites impuestos por una realeza bien alejada de su pueblo y unas dictaduras que, como todas las dictaduras, extienden sus caprichos en normas absurdas (alguna de apariencia bien romántica, como aquel «decreto que animaba a los tailandeses a besar a sus mujeres por la mañana, antes de ir a trabajar»). Por supuesto, asistimos con él a sensoriales paseos entre sus mercados y puestos callejeros. Al calor y a los monzones. A la ausencia de prisa. A un mundo de extremos contrastes (los monjes protegiendo con sus oraciones a las bailarinas y prostitutas; su silencio ensimismado en medio de ríos humanos y luces de neón). Y nos sumergimos también en múltiples reflexiones sobre el significado del viaje y la labor de la escritura, experiencias necesariamente relacionadas («Las preguntas que tenía que responder eran: ¿Por qué escribo? ¿Por qué viajo?»), por lo que de algún modo Peixoto nos comunica parte de su biografía sentimental y de su poética, que define en determinado momento como voces y ecos que resuenan en el escritor, palabras que no son sino espejos imperfectos para descubrirse a sí mismo y descubrirse a los que ama. Y para que otros se descubran en ese azogue cambiante que es el libro. Al fin y al cabo (y cito a Peixoto, a quién si no), «escribimos lo que sabemos y somos. Más tarde, en el mismo texto, otros leen lo que saben y son».

En fin, por cosas como estas os animo a emprender un viaje (leer es también viajar, nadie puede negarlo) por El camino imperfecto de José Luís Peixoto, por este recorrido personal en el que sospecho que, sin más remedio, también vosotros terminaréis encontrándoos.

Elena Marqués

José Luís Peixoto (Galveias, 1974) es uno de los autores más destacados de la literatura portuguesa contemporánea. Su obra figura en decenas de antologías, ha sido traducida a más de veinte idiomas y es estudiada en diversas universidades. Su primera novela, Nadie nos mira, fue galardonada con el Premio José Saramago en 2001. Desde entonces ha publicado Te me moriste (2004), Cementerio de pianos (2007, Premio Cálamo Otra Mirada), Una casa en la oscuridad (2008) y Libro (2011, Premio Libro de Europa). En 2016 se incorporó a Literatura Random House, donde ha publicado Galveias (Premio Oceanos, en Brasil, y Best Translation Award por su traducción al japonés), En tu vientre (2017) y Autobiografía (2020). Además, Peixoto ha escrito libros de viajes, cuentos infantiles, teatro y poesía, donde ha sido galardonado con varios premios.



[i] Con vuestro permiso os comparto este ejemplo, por la falta que hace: «Se hacen grandes elogios a las personas que a lo largo de su vida mantuvieron una firme coherencia en sus principios. O sea, frente a las más diversas circunstancias no cambiaron de posición. Sobre este tema tengo varias preguntas. ¿Estas personas se habrán cuestionado lo suficiente? ¿Se habrán llegado a hacer esa misma pregunta a sí mismas? ¿Cuál es la frontera entre la coherencia y la tozudez? ¿Ser inflexible es una virtud?».

[ii] No puedo resistirme a reproducir este fragmento: «Entonces, en silencio, me llevé la cuchara a la boca. Tenía el sabor de una felicidad simple, antigua, venida de un tiempo súbitamente verdadero. Me llevé otra vez la cuchara a la boca. Era una felicidad que emanaba de un origen sin límite. Era una alegría sin esfuerzo». Con perdón, chúpate esta Proust, o cómete tu magdalena.

 

El camino imperfecto

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