El aire de Chanel

Que a mí el mundo de la moda me interesa más bien poco no tengo ni que decirlo. Basta verme andar por esas calles de Dios con pantalones heredados de mis hijas, camisetas agujereadas por el gato y el pelo siempre cortado y/o recogido en función exclusivamente de mi comodidad. Los zapatos, ni los menciono. Si pudiera, acudiría en pantuflas hasta a una entrega de premios. Mis pies no se hicieron para andar de puntillas, sino a grandes zancadas para llegar más rápido adónde.

Sin embargo, el hecho de que el autor de este libro fuera Paul Morand, escritor, lo sé, algo controvertido por su relación con el régimen de Vichy, pero al que nadie puede dejar de reconocerle su pulcritud de estilo, su curiosidad infinita y el ser, además, testigo excepcional de una época fascinante desde todos los puntos de vista, me llevó a hacerme con él aprovechando que volvía a aparecer de nuevo en Tusquets en su colección de bolsillo. O sea, al módico precio de unas cuantas cervezas.

Pues bien, como explica el autor en el prólogo, el libro responde a una reelaboración, tres décadas después (¿qué se habrá perdido por el camino?), de las notas tomadas en sus encuentros con la diseñadora y amiga exiliada en un hotel de Saint-Moritz allá por 1946, esto es, muchos años antes de que la famosa auvernesa nos dijera «au revoir», aunque no definitivamente.

Se trata, entonces, de una especie de crónica o diario que repasa la extraordinaria vida de Gabrielle «Coco» Chanel desde que escapara literalmente de su desagradable familia (me imagino a sus tías como unas brujas, aunque, teniendo en cuenta los modales de la criatura, igual no eran tan tremendas, sino simplemente sensatas) hasta ese momento de plenitud o más bien decadencia en que se confiesa con todo lujo de detalles y nos da la oportunidad de ahondar en su carácter (debería ser simplemente demoniaco) y, sobre todo, en su terrible soledad. Que digo yo que la segunda bien podía ser consecuencia directa del primero, así como de su deseo de ser libre, de no someterse a nada ni a nadie, que es algo difícil de conseguir y más aún cuando uno se dedica a vender algo. Y especialmente si ese algo es tan efímero como la moda y tan etéreo como un perfume que se lleva el viento.

Desde luego, por lo que acabo de leer, más todo lo que películas, revistas y documentales se han encargado de contarnos sobre ella, la vida de esta mujer fea y algo destartalada, autodidacta e inteligente (aunque esto último ella lo niegue en más de una ocasión, y no creo que por falsa modestia), tuvo que ser fascinante. No solo conoció a artistas tan prestigiosos como Picasso, Sert, Reverdy, Iribe, Diaghilev, Stravinsky, del que fue amante, sino que se codeó y vivió, casi desde la adolescencia, con hombres riquísimos (Boy Capel, muerto tempranamente en accidente, fue uno de los pocos a los que verdaderamente amó) que se dedicaron a complacer cada uno de sus caprichos; aristócratas como el duque de Westminster capaces de recrear para ella una caza del zorro a la francesa en una noche solo por darle gusto. Siendo, como ella se describe, algo antisocial (eso de que se escondiera de sus clientas me hace mucha gracia), aunque, al mismo tiempo, extremadamente trabajadora y generosa (una mecenas en toda regla), está claro que su personalidad debía ser tan fuerte y atrayente que era imposible resistirse.

Yo, desde luego, he disfrutado mucho escuchando casi en directo (el libro está escrito en primera persona, como un largo monólogo bien ordenado por personajes y temáticas) a alguien que se ha convertido en una leyenda. Me doy cuenta, después de recorrer su biografía y los contradictorios laberintos de su cabeza, que para trascender y alcanzar ese estatus de intemporalidad e incluso de eternidad hay que ser de una determinada madera, no necesariamente noble. Que supiera acertar, en una época de cambios y de guerras, con la fórmula para vestirnos durante generaciones (porque la mayoría de sus ideas llegaron para quedarse, y se reconoce el éxito de una persona por los imitadores que deja a su paso), imponiendo la austeridad de la que procedía y cambiando las gemas por bisutería, desde luego que me empuja a enamorarme de ella. Ya digo que la pluma de Morand ha contribuido a ello, pues no sé qué parte de esas sentencias tan interesantes y útiles como las que a continuación reproduciré corresponde a cada cual; a quién deben atribuirse sutiles reflexiones como «cuántos habladores empedernidos no son en el fondo más que unos silenciosos que temen al silencio» o «Un recuerdo tiene que tener una conclusión moral; es su razón de ser, si no se queda en palabrería».

Lo que sí observo es que todo se nos cuenta demasiado rápido, especialmente al final, donde se concentran las confesiones más íntimas («Mi vida sólo ha sido una infancia prolongada. En ello se reconocen precisamente los destinos donde la poesía desempeña un papel»). Aunque me imagino que las notas tomadas mandaban y que poca invención añadía Morand de su cosecha por pura admiración y respeto a la memoria de quien explica, por ejemplo: «Siempre he detestado que pongan orden en mi desorden, o en mi espíritu. El orden es un fenómeno subjetivo». De hecho, aunque es evidente que el escritor y diplomático, con su buen hacer, intervino bastante para rehacer esos apuntes tras sus careos con la diseñadora (la excelente descripción, más moral que física, de algunos personajes a él se la atribuyo), consigue hacernos creer que es ella quien nos habla, y eso hay que destacarlo como un mérito más de este pequeño libro que, aun escrito hace ya décadas, sigue despertando interés. Seguramente porque nos recuerda que hemos de morir, que el éxito va en demasiadas ocasiones acompañado de soledad y que no es oro todo lo que reluce. Igual solo es bisutería.

Elena Marqués

Paul Morand (París, 1888-1976), escritor y diplomático, viajero incansable, frecuentó el mundo literario y musical de su tiempo. Su obra se compone de novelas, relatos, poesía, piezas dramáticas, ensayos y crónicas de viajes.

 

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